Se atribuye a Albert Einstein la frase: “No podemos pretender que las cosas cambien si seguimos haciendo siempre lo mismo”.

Pensaba entonces, mientras terminaba el 2016, en la posibilidad que tenemos de hacer las cosas de forma diferente en lo que hace a la llamada “judicialización” de la salud.

¿Por qué? ¿Con qué finalidad? En primer lugar, porque todos somos pacientes, actuales o potenciales y, aunque nos veamos sanos en apariencia, la salud, como ese estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades” (OMS, 1948), es un ideal muy alto.

La salud es el motor que nos permite realizar las actividades de la vida diaria, pero –así como el agua- recién cuando nos falta, nos damos cuenta de su importancia.

Y  entonces, comienza el llamado proceso salud-enfermedad-atención/cuidado, y nos introducimos en el sistema sanitario, que se caracteriza en nuestro país por su complejidad y fragmentación (niveles de atención, jurisdicciones, subsistemas: público, privado y de la seguridad social, etc.), con una diversidad de actores que lo complejizan aún más: pacientes, familiares, organizaciones de pacientes, equipo de salud, profesionales, administrativos, ministerios, organismos de control, efectores, prestadores, financiadores, proveedores, y seguramente el lector podrá agregar muchos más.

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Pero una cualidad que siempre destacamos, porque consideramos una nota esencial, es que las organizaciones que componen el sistema sanitario,  se describen como espacios de alto contenido emocional o de alta vulnerabilidad vital, y que abarca tanto a pacientes y familiares como a los integrantes del equipo de salud.

Sin embargo, si al último eslabón del proceso –atención/cuidado- lo analizamos un poco más, nos vamos a encontrar con conceptos como el acceso a la atención de la salud y la cobertura de las prestaciones que de ello se derivan.

Cuando estos últimos faltan o fallan, también nos damos cuenta de su importancia -que en este caso se vincula con la vulneración de derechos fundamentales- y comienza entonces otro proceso (en términos amplios) con los financiadores de nuestra salud: empresas de medicina prepaga, obras sociales, mutuales, y el Estado mismo como garante último de la salud de sus ciudadanos.

Ese proceso puede luego judicializarse o no, y allí el punto central que hoy propongo como alternativa basada en el diálogo y la interacción entre todos los involucrados y es muy simple: debemos dialogar más.

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Y con ello generar intercambios de información de los que resulte la posibilidad de efectuar reconocimientos mutuos, desarrollar la empatía –aquello de ponerse en el lugar del otro-, arribar a acuerdos en beneficio de todos los involucrados y en definitiva de la sociedad toda.

Hay muchos ejemplos que muestran el grado de satisfacción de las personas que se comprometen en el diálogo pacífico y colaborativo, más adelante les contaré alguno que ayude a comprender mejor que el camino del diálogo nunca será negativo.

Dice el doctor Facundo Manes que “La gracia de la armonía es alcanzarla no solo cuando tenemos ideas comunes, que resulta más confortable, sino también posiciones divergentes”. Y allí es donde está el verdadero desafío.

Y en esa propuesta el rol de los profesionales del Derecho es fundamental, debemos asistir esos diálogos, cooperando y colaborando, sin pretender encuadrar siempre el caso en una norma, la que muchas veces –casi siempre-, dependerá de las necesidades e intereses de esas partes, en ese lugar, y en ese tiempo determinado en que se encuentren en conflicto.

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Es por ello que insistimos y nos parece necesario realizar procesos de cambio dentro de las organizaciones –de toda índole- que comiencen a incluir mecanismos colaborativos para gestionar las diferencias, porque de eso se trata, de prevenir, gestionar y -en su caso- resolver adecuadamente las diferencias, no evitarlas, tampoco negarlas, y mucho menos escalarlas.

Cuando hablamos de estos temas, resulta clarificador citar el siguiente párrafo del Dr. Daniel Flichtentrei:

“El intelectual de nuestros días debería ser un anfibio capaz de sobrevivir en ambientes diversos. Ya no es posible pensar el mundo sin las descripciones densas de las ciencias ni encontrar un sentido a la experiencia de vivir sin la sensibilidad y los valores de las humanidades. Hay puentes que comienzan a trazarse. Alguien debería tener el valor de atravesarlos.” (Del prólogo de “La Piedra de la Cordura”, ed. Marketing & Research, 2012).

 

Ana Inés Diaz – Abogada Mediadora


Aclaración: los conceptos vertidos de quienes opinan son absoluta responsabilidad del firmante.


 

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