Adiós al Señor Gol, el área lo extrañará

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No era alto, pero en el área su cabezazo era letal. No era corpulento, pero en el área ganaba siempre por posicionamiento y por zorro. No era una flecha en el pique corto, pero a los defensores los pasaba como alambre caído, pisaba el área y facturaba. No era quizás el jugador más ágil,  pero el oportunismo, su olfato, su anticipo  y sus movimientos en el área lo hacían único. Convirtió casi siempre en las 18 yardas, con cualquier camiseta, aquí y en Tandil, aquí y en Cipolletti, aquí y en Chacarita. Siempre en su hábitat, en su zona, en el lugar más confortable pero a su vez el más difícil, el más determinante, donde sólo algunos se destacan: el área.

Las tardes de  domingo con fútbol, luego de un opulento almuerzo, eran parte de la religión. Era una fiesta, formaba parte de una hermosa costumbre. Desde México y Belgrano el papá casinero resignaba su  obligatoria siesta y con su robusto y también colorado hijo, se dirigían cual procesión, al mítico e inigualable estadio “General San Martín”. Tardes generalmente frescas pero soleadas. La “Noblex” Carina preparada estaba ya para seguir al “Gordo” Muñoz y su singular operativo multicanchas, en verdaderas gestas periodísticas que hoy serían prácticamente inigualables de efectuar. Algo así como 20 cuadras nos separaban del templo. Era gratificante ese tramo. El hombre, con la modorra a flor de piel luego de los dos platos de canelones de verdura que preparó y le sirvió Esther, siempre regado con un discreto vino tinto, empezaba a hacer daño, pero la caminata y el espectáculo prometedor parecían ir dejando atrás ese estado. El nene, que taladró los oídos del viejo para llegar temprano a la cancha, ya va pensando en la hamburguesa con salsa de aquel puesto debajo de la popular que se va comer dentro de una hora. Pero aquel pibe y su padre venían ya con “paladar negro”, uno con San Lorenzo de Almagro y una retina que ya había visto a Pontoni, Martino, Farro y el “nene” Sanfilipo y el heredero de esa cultura que venía dulce con una decena de años con Copas Libertadores ganadas, cosa que su papá no alcanzó a ver.

Ya en Champagnat y Colón los primeros ruidos venían flotando en el aire. El murmullo de una hipotética multitud, y el andar acompasado de feligreses que se dirigían al mismo lugar marcaban el ámbito. El “San Martín” se erigía como un faro. Hacía él nos rumbeábamos cual autómatas. Las pulsaciones ya por Alberti alcanzaban niveles de riesgo. Las publicidades de los viejos parlantes presagiaban la inmediatez. Faltaba sólo ingresar al “monumento histórico”. Aquel equipo del 73’ garantizaba calidad y fútbol. El mundo “patanegra” se frotaba las manos ante lo que venía. Mar del Plata futbolero y sin camiseta que produjeran grietas ideológicas, iba a la cancha, la llenaba. Don Valentín Guerrero tenía un césped que era orgullo del país y hasta tenía adiestrado a los históricos teros que se posaban cerca de “la Garay” y valga la paradoja, en el lugar que más le gustaba a nuestro referente en cuestión.

Los dos “san lorenzos” se enfrentaban. De un lado el equipo del “Toto” Lorenzo que venía de ganar en el 72’ Metro y Nacional. Figueroa, Scotta, Villar, Rosl, Irusta, Telch, Coco, Veglio, Ayala, Fisher,Heredia y  tantos más. El “santo de acá” con Lucangioli, Videla, Mascareño, D’estefano, Gianini, Messina, Zurita, Mosconi, el “Negro” Loyola, Barú, Tehiser y el ariete que venía de la sierra. Un 4-3 final para San Lorenzo de Mar del Plata. Lujo, goles, emoción, cancha llena y un equipo que, ganara o perdiera, daba espectáculo. En ese cotejo, “la llamarada” venía arrolladora desde la movediza y pisó su tierra, su casa, su lugar de trabajo varias veces, marcando terreno, mostrando credenciales de “artillero serial”. El país ya lo conocía.

Tres años después, decidió colgar los botines. Pero el papá y su niño seguían yendo a las canchas de la ciudad, ávidos de gloria y goles. El negro y rojo nos convocaba. La cancha de River, la de Nación, la de Colegiales, la vieja cancha de Independiente y “Ministerio” en el puerto en la “manzana de los circos” eran nuestros destinos en bicicleta, en colectivo, nada ni nadie nos paraba a excepción cuando al viejo lo mandaban a los casinos nacionales del interior.

El goleador había perdido el apetito, su voracidad estaba dormida. San Lorenzo, animador permanente de los torneos locales, no tenía DT y el artillero se sienta en el banco para adiestrar a los otrora compañeros. Los resultados empezaron a ser esquivos y el DT consideró que el área lo extrañaba. Allí pateó el tablero e hizo algo que en esas épocas parecía imposible: asumió el doble rol.  Jugador y técnico. Como si nada hubiera ocurrido, el “Quito” Galay, el “pucho” Mascareño y Juan Vicente Miccio perfeccionaron su andar y nutrieron con los mejores centros al goleador, se asociaron al amigo del área. El torneo local terminaba de otra forma. El goleador había vuelto. San Lorenzo debía dirimir en dos partidos en el San Martín  ante su eterno clásico: Kimberley, quien jugaba el Nacional. San Lorenzo empata primero 2-2 y luego golea en gran producción. El Nacional empezaba a las dos semanas. No había tiempo para nada, poco se podía reforzar. San Lorenzo hace una pálida campaña, pero el ariete se destacaba sobre el resto.  Marchetti y el “hacha” Ludueña tenían 12 conquistas.

La “llamarada” tandilense 11. La última fecha del torneo se había hecho durante la tarde. En Mar del Plata, diluvió. San Lorenzo enfrentaba a Huracán de Comodoro Rivadavia de la “pantera” Rodriguez, Alí, Sayago, Valenzuela y Marcelino Britapaja ocupando el final de la tabla. ¿Expectativas por el partido?…pocas. Sólo que el “9” metiera el gol que lo llevara al olimpo de los goleadores nacionales. El aguacero dejó el “San Martín” a la miseria, el partido fue a la noche.  Poca gente, sólo un grupo de seguidores que fue a ver al goleador. El partido se moría y el “pichichi” nacional parecía una quimera. Pero el olfato no se agotaba y cual cazador ciego fue en busca de su presa: el arco, la red. Y de tanto ir por la zona de confort, una pelota casi perdida queda detrás del flaco Rodríguez y en el arco de “la Garay” como si fuera una película de aventuras, el héroe colorado puso la punta de su botín derecho y llegó al pináculo de su obra: ser el goleador Nacional con el de River y el de Talleres. Poco importaba haber quedado último. Su estandarte, su figura, su símbolo, su emblema, su goleador, el amigo del área, había logrado su máximo propósito.

Norberto Omar “llamarada” “colorado” Eresuma se convertía en leyenda y prolongaba su ya exitosa carrera en otras entidades de su ciudad postiza e incluso toca tangencialmente su tierra natal.  Diez años de aquella gesta irrepetible, deja las canchas y empieza su carrera ahora si como entrenador.

El kiosco de la calle Alberti, sus amigos de Camet, su maestría luego aplicada a la docencia de sus colegas, marcaron sus últimos momentos emparentados con el fútbol.

El amigo del área, el máximo goleador del balompié vernáculo nos dejó a los 72 años. Muchos dirán que no tuvo suerte en el fútbol grande, que incluso era más jugador que Morette, Curioni o el mismísimo  Carlos Bianchi. Su sello inconfundible dejó un legado de seriedad y conducta en un campo de juego. Dos o tres veces en su carrera gritó lo que más y mejor sabía hacer: los goles.

Raro, ya que su amiga el área, su compinche la red y su instrumento el balón siempre fueron sus aliados. Hoy quizás en el más allá, impregnado de recuerdos, el Cholo Davino, el Rulo Santechia, el negro Pacheco, el bicho Mosconi y el negro Loyola estén tirando paredes y el colorado ahora si festeje, sabiendo que su romance seguirá intacto con el gol.

 


 

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