26° C
Clear
Clear

“Muchas familias armenias vivieron una doble tragedia”

Cristian Sirouyan detalla en el libro “Veintidós vidas”, los desaparecidos de la colectividad durante la dictadura. Uno de los casos fue el del marplatense Juan Carlos Abachian.

Por LP

sábado 3 de junio, 2017

El libro “Veintidós vidas, los desaparecidos armenios de la dictadura ’76-‘83”, del periodista Cristian Sirouyan, recopila las historias de vida, entre las que se encuentra la del marplatense Juan Carlos Abachian.

La presentación del libro será este domingo a las 18 en la Asociación de Residentes Armenios de Mar del Plata, ubicada en 11 de septiembre 3680, con acceso libre y gratuito.

“Este trabajo de investigación reflexiona sobre la doble tragedia que marca de por vida al puñado de familias de la colectividad signadas por la pérdida de su ser querido. Todas ellas –al igual que los armenios dispersos en su diáspora en todo el mundo- también arrastran la herida abierta por otra tragedia, el genocidio cometido por el Estado turco a principios del siglo XX”, explica Sirouyan a El Marplatense.

-¿Cómo surgió la idea de realizar este libro?

El primer paso, el disparador que tengo registro como idea, es que fue siempre un tema muy tabú, sobre todo en la colectividad armenia. Cuando estudiaba en un colegio armenio en Valentín Alsina, fue en plena época de la dictadura. Ahí tuve el conocimiento de una persona desaparecida de origen armenio, que era la hermana de una compañera de colegio. Siempre ese tema fue tan poco abordado, y veía el hermetismo con el que se manchaba la propia hermana. Era mirada de reojo, señalada, en una época de mucho prejuicio, ya que sostenían que en algo raro andaría. Luego, con el advenimiento de la democracia, descubrí que había otros apellidos armenios que habían sido asesinados o desaparecidos. Hace unos 15 años arranqué con la idea de investigar uno por uno estos casos para volcarlo en un libro, porque encontré que no había ningún testimonio ni documentación especifica.

Me llamó la atención el hecho de que se trataba de 22 familias que cargaban con una doble tragedia, ya que todos los armenios del mundo poseen la mochila de ser descendientes de las víctimas del genocidio de 1915. Y en el caso de estas familias, no sólo portan ese dolor de por vida, sino también la de tener un ser asesinado o desaparecido en Argentina, en otro contexto de lesa humanidad.

Travesías, refugiados y sueños de futuro

“Los barcos a vapor que amarraban en Buenos Aires después de completar agotadoras travesías desde los puertos del Mediterráneo depositaban a los refugiados armenios en un escenario que les resultaba absolutamente extraño, un nuevo mundo, generoso e inabarcable, donde la única opción era empezar a rehacer sus vidas desde cero. Al principio cundía el dolor del desarraigo y la subsistencia de los armenios recién llegados quedó supeditada a rutinas sacrificadas que arrastraban a toda la familia.

 Mientras tanto, iban superando los escollos en el camino a la integración a una sociedad que percibían cada vez más amable y solidaria. De a poco, en el hermético círculo de la colectividad asomó un horizonte de prosperidad. Los nubarrones de la tragedia afloraban a la par de cada proyecto de vida, pero aquí la vida comunitaria florecía envuelta en una inquebrantable atmósfera de paz, tal vez la más pieza que más valoraban en la tierra del exilio.

Para una veintena de familias de origen armenio, ese ideal de vida recuperado iba a recibir una nueva estocada. Esta vez serían los represores de la Triple A y de las dictaduras establecidas en el Cono Sur, que reinaron entre los años ‘70 y ‘80, los verdugos que se encargarían de reabrir sus llagas más lacerantes.

 Seguramente, las efímeras existencias de los 22 asesinados y desaparecidos de origen armenio de la Argentina y Uruguay fueron atravesadas por la impronta revolucionaria inoculada por el Che en Cuba y expandida hacia el resto del continente, la irrefrenable explosión del Cordobazo y las turbulencias que encendieron las pasiones de toda una generación en torno a la lucha por el retorno de Perón al país tras 18 años de exilio Pero en ellos también seguían haciendo estragos las marcas indelebles dejadas por la intolerancia y el odio de los turcos sobre los cuerpos lacerados de sus antepasados. La histórica demanda de Verdad y Justicia los impulsó a tomar parte de esa cruzada colectiva en pos de un mundo más equitativo.

Este modesto recorte de la inconmensurable tragedia de la Argentina signada por los 30 mil desaparecidos y la enorme legión de exiliados y presos políticos que alcanzaron a sobrevivir a la masacre pretende rescatar del olvido, cuanto menos, algún aspecto de esas 22 vidas jóvenes, silenciadas por los crueles modos de la intolerancia.

Sus pensamientos y acciones se hacen voz a través de los relatos de familiares, amigos, compañeros de estudio, militancia o infortunio en el infernal submundo de los centros de tortura y exterminio. Cada testimonio brindado para este libro entrega una mirada personal –cargada de pasión, nostalgia, tristeza y el esbozo de alguna mueca alegre- sobre ese ser añorado, una poderosa presencia cuatro décadas atrás que se mantiene inalterada. Pervive aún hoy a través de sus rutinas austeras, los recurrentes pecados de juventud, las charlas íntimas entre hermanos y la firme decisión de renunciar a los privilegios de la vida burguesa para socorrer a los más necesitados.

Un inesperado halo luminoso emana de estas historias, que el dolor más profundo se empeña en sostener. El avance de los juicios por los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura parece haber insuflado en los últimos años un aire esperanzador a la mayoría de los familiares de los desaparecidos armenios, pese a que nunca cejaron en su arduo derrotero en pos de una reparación”, relata.

 “Veintidos vidas”

Juan Carlos Abachian, Alfredo Manachian, Amanda y Rosa Assadourian, Ana María Gueuverian, Angélica Beatriz Toundaian, Antonio Alberto Hanigian Díaz, Antonio y Gregorio Dadurian, Arpí Zeta Yeramian, Elena Kalaidjian, Juan Carlos y Nora Mardikian, María Bedoian, María Ester Goulecozian, María Luisa Luisa Karaian, Martín Toursarkissian, Miguel Bezayan, Miguel Keledjian,  Rosa Kazgudemian, Segundo Chejenian y Valentina Keheyan son los protagonistas de las historias que describe Sirouyan en su libro.

-¿Al investigar los casos, qué fue descubriendo?

Hay muchos puntos en común, matices y también diferencias entre las historias. Es un reflejo de lo que pasó con toda una generación de una época. Jóvenes entre 20 y 25 años en su amplia mayoría, algunos militantes políticos, otros formaban parte de organizaciones guerrilleras, y también estudiantes secundarios, universitarios y profesionales recibidos. En lo que todos coinciden es en el largo padecimiento de sus familiares, hasta el día de hoy.

El caso de Juan Carlos Abachian

“El marplatense Juan Carlos Abachian, era un destacado rugbier en sus tiempos de adolescencia y juventud, que fue a estudiar abogacía en La Plata”, comenta sobre el caso de quien fuera secuestrado el 27 de diciembre de 1976 y recién en diciembre de 2012, su familia supo que uno de los responsables de su desaparición fue Miguel Etchecolatz, pero no se supo su destino final.

La hermana de Juan Carlos es la reconocida agente de prensa marplatense Marta Abachian, quien, al momento del secuestro, tenía 13 años.

“Admiraba profundamente a mi hermano mayor, era el que me protegía, el que siempre tenía un gesto de cariño hacia mí. El que se indignaba con las injusticias y andaba visitando barrios llevando cosas de la alacena que le sacaba a mi madre y andá a saber con qué mensajes de esperanza”, recuerda.

“Esa noche de septiembre de 1976 volvía con mis padres de un partido de básquet donde jugaba mi otro hermano. El final se había demorado por una discusión entre los directores técnicos y meses después, supe que a ellos les debía la vida toda mi familia. En la esquina de Funes y Rio Negro había tres encapuchados con ametralladoras que desviaban el tránsito. A media cuadra estaba su casa. Mi padre dijo: ´esto es para nosotros´ y no lo entendí en el momento. Lo entendí horas más tarde, cuando volví a casa. Las copas y platos de porcelana que atesoraba mi mamá estaban hechos añicos en el piso. Las paredes, armarios y la puerta corrediza del comedor, baleadas. Todo estaba roto y sucio. Corrí a mi pieza: mis cuadernos, mi guitarra, mis libros, todo lo que había guardado prolijamente para ir a clase al otro día, estaba roto y diseminado por el piso. En ese momento, fue lo que más me dolió. Hasta que entendí que estaban buscando a mi hermano. Y tuve miedo”.

 


Comentarios