Lo mejor y lo peor del documental de Natalia Oreiro en Netflix

Con dirección se Martín Sastre, se muestra la intimidad de la gira que la uruguaya realizó por Rusia hace seis años. Tiene imágenes conmovedoras que retratan a fondo la idolatría, la admiración y el fanatismo, pero decae en el intento por exagerar el sufrimiento de su trabajo y ciertos aspectos de su personalidad.

Por Redacción

viernes 14 de agosto, 2020

La frase se repite hace años, casi como una leyenda urbana: en Rusia, Natalia Oreiro es Gardel. Una curiosidad de la que por aquí no había pruebas concretas hasta el estreno en Netflix de Nasha Natasha, de Martín Sastre, el documental que sigue a la actriz y cantante en una gira por el país más extenso del mundo en 2014. Después de verlo no queda otra que admitir que aquella frase no era un mito: en Rusia, Natalia Oreiro es Gardel.

Y no sólo por la constante confusión en torno a su origen (muchas de sus fanáticas creen que es argentina). Según se cuenta en la película, el fenómeno ruso de Oreiro tiene sus raíces en la exportación hasta esas tierras, hace más de veinte años, de Muñeca brava, la telenovela de Telefe que ella coprotagonizaba junto a Facundo Arana. El programa, que se estrenó cuando sólo había pasado una década de la caída del Muro, fue un boom. Desde entonces, su cara y su voz son parte de la educación sentimental de una generación de rusas.

“Lo que te pasa en la infancia te queda marcado en el corazón, y la mayoría de las personas que vienen a verme crecieron conmigo”, es la respuesta que encuentra la protagonista después de mucho preguntarse el porqué de lo que pasa con ella en Rusia. Es decir, un equivalente a lo que, por ejemplo, los Parchís fueron para toda una camada de argentinos.

Del lado de las admiradoras, la clave viene de parte de Aigul Safiulena, una periodista rusa radicada en Buenos Aires. El suyo es el testimonio más revelador: según su teoría, los programas de Natalia Oreiro ayudaron a desenterrar la sensibilidad del alma rusa, en especial su costado femenino, sepultada bajo la imagen de fortaleza masculina que quería irradiar la Unión Soviética.

“Yo tenía doce años -recuerda- y, cuando llegó la Muñeca brava, para nosotras fue ‘Mirá, es una chica como nosotras’, es una chica de la otra esquina, que podría ser mi amiga. Por un lado es muy linda y graciosa, pero por otro lado tiene carácter”.

En un sentido parecido va otra entrevistada, Angelina Knyazeva: “En Rusia, en aquellos tiempos, lo que pasaba era que el país era más cerrado. Y todos los personajes que había en las telenovelas eran chicas que lloraban. Pero éste era diferente, era muy segura de sí misma, y todas queríamos ser así”.

Esta faceta sociológica, que permite un acercamiento poco convencional a ese enigma que es Rusia, es lo mejor de Nasha Natasha (en castellano, Nuestra Natalia). Safiulena habla, por ejemplo, de la dificultad de gran parte de la población de viajar por la vastedad del país y, por eso, el aprecio que les provoca alguien que se toma la molestia de ir hasta sus ciudades.

O de la importancia sentimental que para los rusos tienen los regalos: a su ídola le obsequian de todo, desde un oso de peluche gigante, que va arrastrando como puede por todos los hoteles, hasta almohadones y matrioshkas con su cara, la de su hijo y de su marido, Ricardo Mollo.

Al mismo tiempo que muestra la huella que la uruguaya deja en Rusia, el documental repasa su historia personal. Hay algunas imágenes de archivo curiosas, como su insólita primera publicidad, de tampones, o su triunfo en el concurso de Súper Paquita de Xuxa. Y otras inéditas, como su casamiento con Mollo a bordo de un barco, o escenas domésticas en las que se luce su hijo, el adorable Merlín Atahualpa.

Esas chispas de gracia e interés se desvanecen cuando se intenta dotar a la gira de épica existencial -cada uno de los cinco “capítulos” empieza con la grandilocuencia de un texto de Eduardo Galeano recitado en ruso por una voz en off- y el foco del documental se pone sobre las cualidades de la propia Natalia Oreiro. Todo se tiñe de un contraproducente culto a su personalidad y se transforma en un producto más que oficial, de ribetes publicitarios.

Entre el frenético montaje de muestras de fervor de las fanáticas, se intercalan escenas introspectivas, que retratan a la cantante en la soledad de los hoteles, y entrevistas a familiares, amigos, compañeros de ruta y a ella misma. Como si se intentara replicar el efecto “chica de barrio” que tuvo en Rusia su personaje de Muñeca brava, muchas de esas imágenes y testimonios tienen como propósito destacar su humildad y sencillez, y lo que consiguen es exactamente lo contrario.

Lo mismo va para el subrayado de su condición de trabajadora. Es cierto que existe la fantasía popular de que las giras son alocados viajes de placer, cuando la realidad es que implican altas dosis de sacrificio y esfuerzo. Pero para señalarlo, se elige el forzado camino de mostrarla sufriendo por su propia decisión de estar un mes lejos de su hijo –de entonces dos años- o diciendo frases como “no existe el éxito sin el trabajo” mientras remienda con sus manos uno de los trajes de su espectáculo.

Una sensación de puesta en escena artificial que, valga la paradoja, lleva a añorarla en ficciones como Infancia clandestina o Gilda, dos películas en las que Natalia Oreiro derribaba prejuicios y mostraba su talento con autenticidad.

Fuente: Clarín

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