No hay verdadera asociación sino entre hombres libres e iguales. Giuseppe Mazzini

Corría el año 1994 y en la ciudad de Santa Fe volvían a reunirse, como hacía más de un siglo, los constituyentes.

¿Estaban por organizar un país? No creo.

Unos trabajaban para darle la reelección a Menen, otros viendo que no era posible frenarla, trataban de incorporar asignaturas pendientes a la Carta Magna. En definitiva, cónclave de soñadores, pragmáticos, y oportunistas. Todo en su medida y armoniosamente, como decía el General, que también hizo lo propio en el año 1949. Carlitos no podía ser menos y se dio el gusto, tuvo una  nueva Constitución y  un segundo mandato.-

Años más tarde, Cristina vio frustrado el deseo  de reelección eterna, Massa mediante, pero eso es otra historia.

Entre muchas, pero muchas cosas virtuosas para un texto constitucional, la reforma encumbró a los partidos políticos como pilares del sistema. Estaba fresca la noche de la dictadura y los coletazos de los cuarteles durante los primeros años de la recuperada democracia.

Entre los nuevos derechos y garantías se plasmó el artículo 38 que nos dice:

“Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático. Su creación y el ejercicio de sus actividades son libres dentro del respeto a esta Constitución, la que garantiza su organización y funcionamiento democráticos, la representación de las minorías, la competencia para la postulación de candidatos a cargos públicos electivos, el acceso a la información pública y la difusión de sus ideas. El Estado contribuye al sostenimiento económico de sus actividades y de la capacitación de sus dirigentes. Los partidos políticos deberán dar publicidad del origen y destino de sus fondos y patrimonio.”

El sistema funciona con un precepto  que remite a las leyes que reglamentan su ejercicio.

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Aquí interviene el Parlamento, tomando el mandato constitucional  para llevarlo al plano de la cotidianidad y eficacia.

El legislador, lejos de rebajar el rol trascendental asignado a los partidos políticos, buscó apoyo en otra premisa constitucional: Asociarse con fines útiles. De inmediato también dijo lo suyo.

La ley garantiza el libre funcionamiento, remarca  que son el vehículo necesario para la formulación y realización de la política nacional.

Por si fuera poco, le asigna en forma EXCLUSIVA, la nominación de candidatos para cargos públicos electivos.

El partido político se convierte así, en una entidad de interés público, de raigambre constitucional, donde se promueve la participación de los ciudadanos en la vida democrática, contribuye a la integración de la representación nacional, sobre la base de individuos que se organizan porque comparten intereses, visiones de la realidad, principios, valores, proyectos, y objetivos comunes.

Diría mi madre, entre el dicho y el hecho hay un buen trecho.

Nos vemos tentados en afirmar que la ley aspira un horizonte rayano en lo utópico, pero no es el caso, el diseño tiene claros efectos operativos y de funcionamiento.

¿Romanticismo? Bien, gracias.

Entramos al 2001. A nadie se le escapa que la crisis tuvo innumerables secuelas, entre ellas se destacan con estridencia,  la legitimidad y representatividad de los partidos políticos.

Una vez más se trataba del recurrente y exasperante  ejercicio argentino de empezar de nuevo.

Sucesión de Presidentes, elección de los mismos desde el Congreso. Finalmente votamos y ganó  Néstor Kirchner. De la debilidad de origen al fortalecimiento de la figura presidencial e  irrupción del Frente para la Victoria como la organización nuclear  de la vida política argentina.

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A pesar de ello, en el 2009 se produce una alteración al nuevo orden. Ocurrió lo inimaginable: derrota en las urnas del oficialismo gobernante. Impensado resultado que lleva a un cambio en la legislación.

El 14 de agosto de 2011 se puso en práctica, por primera vez en la Argentina, el sistema de primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO), incorporado formalmente en la Ley de Democratización de la Representación Política, la Transparencia y la Equidad Electoral (Nro. 26.571), sancionada en diciembre del año 2009.

Diría mi padre, éramos pocos y parió la chancha.

Sumado a su estructura reglamentaria las primarias tienen carácter obligatorio y vinculante. Se abre la puerta de los partidos políticos para que la ciudadanía en su conjunto, independientemente de su filiación y preferencia, pueda decidir lista definitiva que se presenta a consideración general.

Un monumento de ingeniería política, que con otras finalidades trascendentes, llevaría a la selección de candidatos, ordenar y racionalizar el sistema de partidos y tornar más representativos a sus componentes, todo eso bajo el empoderamiento del ciudadano.

Pienso una vez más, en aquello del dicho y el hecho.

Solo queda una forma de elegir candidatos, que encima si me preguntan a la luz de la competencia, es nula, cara y mala.

Al ciudadano lejos de fortalecerlo, lo han ido deslegitimando, y bajo apariencia de participación, la elección se produce entre cuatro paredes.

A juzgar por esta nueva convocatoria, la regla en las alianzas políticas, oficialismos u oposiciones es a lista única. Quien no está conforme, marcha a otro espacio.

Hemos pasado del EMPODERAMIENTO al DESAPODERAMIENTO del ciudadano.

Hoy nadie duda que la práctica política va en dirección contraria al postulado. ¿Error de diagnóstico o consecuencia sabida y deseada, pero no confesada? Le ayudo un poco, si busca ingenuos, se equivocó de sitio.

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En estos días entramos en un festival de frentes, agrupaciones, alianzas, que claro está, no funcionan bajo la pretensión de la Constitución y las leyes.

Atrás han quedado, las escuelas cívicas, las asambleas, los foros, los talleres, las sedes partidarias.

¿Esta realidad consagra el rol a los partidos como solares excluyentes de la participación y fragua del sistema democrático? La respuesta inequívicamente, es NO.

El denominador común de las organizaciones partidarias es el fraccionamiento, la división, para unirse a los fragmentos de otra parte de un todo que también se atomizó.

Ha ocurrido una suerte de Big Bang con sus organizaciones. Fragmentos de estrellas que se repelen y se atraen.

A la luz de los acontecimientos, la palabra que mejor define en estas horas a los partidos políticos y sus líderes, es DIÁSPORA.

Término asociado a la tradición del pueblo de Israel. Nos indica la dispersión de grupos sociales, étnicos o religiosos que han abandonado su lugar de procedencia originaria y que se encuentran repartidos por el mundo.

Ésta es la postal que brinda la política argentina frente un nuevo turno electoral. Lejos del mandato constitucional, más lejos de la gente.

De no cambiarse el rumbo, será irrefutable la sentencia de Rafael Barrett, se parecen tanto unos a otros los partidos, que la única manera de distinguirlos es ponerles un color.

 

Mag. Alberto Fabián Rodríguez

Abogado, docente, mediador y periodista.

Secretario de Comunicación y Relaciones Públicas

Universidad Nacional de Mar del Plata

 

 


Aclaración: los conceptos vertidos de quienes opinan son absoluta responsabilidad del firmante.


 

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