Zoe e Isabel, dos usuarias de aceite de cannabis de la ciudad

Zoe tiene 10 años; Isabel, 81. A las dos les cambió la vida desde que empezaron a consumir aceite cannábico. Sus testimonios.

Por Redacción

domingo 4 de diciembre, 2016

Hace poco menos de dos semanas, la Cámara de Diputados de la Nación dio media sanción al proyecto de ley que autoriza al Estado a importar y distribuir aceite de cannabis para pacientes que certifiquen a través de un médico la necesidad de utilizar el olio para el tipo de patología sufrida.

A pesar de lo novedoso de la medida, en Mar del Plata son muchas las personas que utilizan este preparado para distintos tipos de enfermedades: epilepsia refractaria, cáncer, mal de párkinson, VIH y esclerosis múltiple, entre otros. El uso terapéutico, a pesar de haber sido recientemente regulado, es frecuente en casos donde la medicina convencional no brindó el resultado esperado.

El Marplatense pudo contactarse con dos casos de usuarios de aceite de cannabis de la ciudad y escuchar su testimonio: el primero es el de Silvia, la mamá de Zoe, una nena de 10 años con autismo que recurrió a las gotas para evitar medicamentos de laboratorio para “bajar” la ansiedad típica de esta patología y, según lo que ella misma dice, le fue “muy bien”, y el otro, es el de Isabel, una bisabuela de 81 años que buscando infructuosamente paliar un fuerte dolor abdominal, comenzó a consumir aceite de cannabis y recuperó “las ganas de vivir”.

“Dormir nos cambió la vida”

Después de pensarlo mucho, Silvia se animó a contar su experiencia. Ella es la mamá de Zoe, una nena de 10 años que, desde hace dos meses, toma dos gotitas de aceite de cannabis por día y, desde entonces, duerme ocho horas y va al colegio feliz, contenta, como cualquier nena de su edad. Zoe tiene Trastorno Espectro Autista (TEA) diagnosticado desde antes de cumplir su segundo año de vida y su desarrollo siempre estuvo acompañado por múltiples terapias que le permitieran mantener una vida “normal”, como la de Catalina, su hermana melliza.

“Al año y siete meses Zoe empezó a perder las habilidades y el lenguaje adquirido, dejó de hablar lo poquito que hablaba para volver a balbucear, dejó de mirarnos y empezó a tener rutinas dentro de la casa. Su evolución se había detenido en el tiempo”, recuerda Silvia. “Dejó de llorar, de reír, de hacer sonidos: se le apagó la computadora”, precisa.

Antes de que Zoe cumpliera dos años, un neurólogo le dijo a Silvia que su hija tenía autismo. “Ahí empezamos la aventura”, dice. Aventura que tuvo como escenarios principales los consultorios de terapistas ocupacionales, psicólogos, fonoaudiólogos y psicopedagogas para buscar darle a Zoe la mejor calidad de vida posible. En ese contexto, Silvia vio con sus propios ojos los avances de un nene con esclerosis múltiple que visitaba los mismos profesionales que Zoe. Cuando la mamá de ese nene le dijo que los cambios se debían al consumo de aceite de cannabis, no lo podía creer: “De hecho, yo ni sabía que existía una planta medicinal, pensaba que eso existía solo para fumar ‘porro'”, rememora.

Pero le ganó la curiosidad y el deseo de ver mejor a su hija. Casualmente, Zoe estaba teniendo ciertas “conductas disruptivas” que complicaban su vida en sociedad y, también, la familiar. No quería ir al colegio, ni sentarse a comer a la mesa, mucho menos ir al colegio o visitar a alguno de sus médicos. En ese marco, los terapeutas sugirieron que, si su conducta y ansiedad no bajaban, había que comenzar a pensar en medicarla, pero Silvia se negó. Y recordó la experiencia de otra mamá con aceite de cannabis. Zoe no tomó nunca ningún tipo de medicamento, y “siempre fue una nena feliz”.

Después de mucho leer, investigar y preguntar, Silvia asistió a una reunión donde otras mamás exponían sus experiencias con aceite cannábico en sus hijos con epilepsia, por ejemplo. A pesar de que ninguna habló de autismo, Silvia salió de la charla “fascinada”, como ella misma dice, y “decidida a buscar ‘eso'”. Y lo encontró.

Zoe no recibió un aceite cualquiera. Antes de administrárselo, Silvia describió minuciosamente cómo era su hija y qué tipo de conductas tenía. “Toma una gotita a la mañana y otra a la noche, y eso es lo único que ingiere”. “Mi hija dormía muy poco: se acostaba a las 22, a eso de las 2 se pasaba a mi cama, donde dormía una o dos horas más y ya se levantaba para empezar el día, a eso de las 4”, recuerda la mamá. “Con mi marido nos turnábamos para quedarnos con ella, porque no era posible dejarla sola”, recuerda. “Ahora, Zoe, duerme ocho horas diariamente, incluso, cada tanto, duerme la siesta también”. Y dice “ahora” para referirse a lo que sucede en su casa desde hace poco más de dos meses: se duerme todas las noches. Y eso es una novedad.

“A la media hora de haberle dado la primera gotita, Zoe estaba inmersa en un sueño profundo por primera vez en su vida. La mirábamos y no lo podíamos creer”, recuerda Silvia con una sonrisa que le cubre gran parte de la cara. “Dormir nos cambió la vida”, remarca, feliz.

Apenas tres días después de esa primera noche de sueño, la acompañante terapéutica de Zoe le dijo: “No sé qué estás haciendo con tu hija, pero me estás trayendo otra nena: no quiere salir del aula, no golpea las cosas, no grita más, trabaja contenta, está feliz”. Silvia no le contó nada de la nueva medicación a ninguno de los terapeutas con el objetivo de no influenciar las devoluciones de los especialistas. “Todos los profesionales me dijeron que el cambio que veían era fantástico”, indica.

De todos modos, Silvia reconoce que el aceite cannábico “no es mágico”, pero que sí les hizo “muy bien” y mejoró la calidad de vida de Zoe y de toda la familia. “Tiré todos mis prejuicios a la basura, me animé y me fue bárbaro”, asegura, pero hace hincapié en que tuvo “mucha suerte” por la celeridad del progreso e instó a otras mamás decididas a implementar esta medicación a no darse por vencidas: “Hay tanta variedad de plantas que es lógico que no funcione desde siempre como me pasó a mí”.

Hoy, Zoe, además de seguir siendo esa “nena feliz” que siempre fue, está “presente, conectada con el mundo y con todo lo que sucede a su alrededor”.

Isabel, la bisabuela que se animó

Isabel tiene 81 años y un dolor constante en la zona abdominal que la aqueja desde hace años. “Estás mejor que yo”, le dicen todos los médicos que intentaron determinar el origen de esa dolencia, consternados por no poder hallarlo. Estudios. Estudios. Más estudios. Nadie, nunca, pudo decirle qué sucedía, pero eso ya parece no importarle, porque, cansada ya de intentar dar con el remedio preciso, se animó a probar aceite de cannabis. Pero el intentó fracasó: el dolor sigue igual que antes, el olio palió mínimamente esa dolencia, pero, por lo que dice y por lo que puede verse comparándola con fotos de un año atrás, le fue bien. “Le devolvió quince años de vida”, dice radiante Sonia, su hija.

“Mi mamá era como una bolsita: la ponías acá, la llevabas allá, y ella se quedaba donde la pusieras. No quería comer, no leía más, no entendía lo que veía en las novelas, se le mezclaban las situaciones. Sentía que había dicho ‘Hasta acá llegué’ y se había ido de la vida”, recuerda Sonia, e Isabel la interrumpe porque siente que no está contando todo: “Estoy leyendo un libro y viendo tres novelas a la vez”, agrega, orgullosa.

“Volvió a la lucidez, disfruta de la lectura, come, se combina la ropa, tiene memoria, proyecta viajes, es otra mujer”, sostiene su hija, quien cuenta que su mamá comenzó hace un año a tomar tres gotitas de aceite cannábico por la mañana, otras tres por la tarde y la misma cantidad antes de dormir. Actualmente, aumentaron la dosis en cinco gotas, lo que Isabel precisa para estar bien.

Isabel y Sonia, quienes más que madre e hija, parecen ser amigas, están ansiosas por enumerar todos los cambios registrados. Lo bien que está, los viajes que planean, el amor que sienten por todos los nietos y bisnietos de la familia, cuánto las apoya un familiar médico que visitaron hace poco. “¿Qué le hiciste a tu madre? ¡Está nueva!”, dice Sonia que le preguntan quienes conocen a Isabel.

“Antes no recordaba ni qué había hecho por la mañana, ahora me cuenta con lujo de detalles pasajes de la novela histórica que está leyendo o diálogos de la novela de la tarde”, dice extasiada, Sonia, e Isabel, al lado de ella, no la deja mentir: hasta imita los movimientos que imaginó que hacían los protagonistas del libro en las últimas hojas leídas.

“Hace un tiempo, un familiar nos contó de alguien que conocía que usaba estas gotitas para dolores de cáncer y le hacían bien. Por eso, movimos ‘cielo y tierra’ para conseguirlo y lo logramos”, recuerda Sonia. “Al principio, uno está ‘desnudo’, totalmente ciego, ahora ya sabemos. Yo nunca consumí nada, pero no nos asusta: a las personas les hace bien porque es una hierba medicinal como cualquier otra”, indica. De todos modos, a pesar de tener esta concepción, no todos los familiares de ambas están al tanto de que Isabel toma aceite. “Si se lo dijéramos, pensarían que se está drogando”, se anima a anticipar.

“Su actitud cambió, es realmente impresionante, estoy feliz”, dice Sonia, e Isabel agrega: “Sí, me cambió la vida: tengo ganas de salir, de comprarme cosas, de irme de viaje. Antes no me pasaba”. “Había perdido la gracia de la vida”, diagnostica, segura, su hija. “No tenía ganas de vivir”, retruca Isabel.

En diciembre del año pasado, Isabel tomó sus primeras gotitas y el primer cambio visible fue haber vuelto a la lectura, hábito que tenía abandonado desde hacía años, a pesar de haber sido una asidua lectora durante toda su vida. Recién en julio, Sonia notó que su madre “se despertó al mundo otra vez”.

A pesar de lo paulatino de los cambios, tanto Sonia como Isabel siguieron apostando: “Sé que es una hierba medicinal que no hace un efecto de golpe como un remedio de laboratorio, por eso seguí confiando y finalmente surgió el cambio”, argumenta la más joven.

“No la dejo ni loca”, dice, Isabel, lamentándose profundamente por no haber podido darle de estas gotitas a su hermano, muerto hace tres años debido a un doloroso cáncer: “Habría muerto más tranquilo”, presagia, en vano, la coqueta señora que, gracias a estas gotitas, y como ella misma dice, volvió a vivir.

 


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