“Hago una literatura chiquita, donde lo autorreferencial es fundamental”

Hernán Casciari, que visitó la ciudad para realizar tres presentaciones de “Una obra en construcción”, tuvo un extenso diálogo con El Marplatense, donde habló de su vida y su visión como escritor.

Por Redacción

domingo 29 de enero, 2017

“Mi literatura es chiquita”. Las palabras salen de la boca de Hernán Casciari. El periodista lo mira atónito, levanta las cejas y con expresión de sorpresa reflexiona. El entrevistador es reemplazado por el lector. Si se tratase de uno de sus cuentos sería válido pensar en el recurso de la falsa modestia o en ese narrador irónico que se burla de sí mismo, pero esto no es ficción. Sus palabras son sinceras. La pregunta es evidente, ¿qué es ser un gran escritor?

De visita por Mar del Plata, “Una obra en construcción” es una excusa para disfrutar de la playa y el casino con su familia. Como si se tratase de una familia imaginada por Fiódor Dostoievski, los Casciari se mueven en grupo, hacia donde el azar los depare. Sus presentaciones tienen una finalidad recreativa: visitar ciudades que se caracterizan por sus tradicionales salas de juego como Mar del Plata, Mendoza, Rosario, Montevideo y Punta del Este.

Al mismo tiempo, la obra de teatro es la excusa para la entrevista. Descontracturado y sincero, Casciari responde respetuosamente a todas las preguntas sobre su vida y la literatura, que no son lo mismo, pero en su caso están muy vinculadas. Se toma su tiempo, se muestra seguro y hace gala de su verborragia de un modo natural.

"Venía leyendo cuentos en universidades y en ferias del libro en Latinoamérica y España. Una vez en Argentina se me ocurrió decirle a mi vieja, a mi hermana y a mi cuñado que, en algunos cuentos donde participaban como personaje, subieran. Pero para hacerlo una o dos veces. Yo creo que el engranaje familiar funcionó de una manera muy rara porque nos llevamos bien, cosa que no era probable, y a la gente le gustó porque se llenan los teatros y nos da ganas de seguir haciéndolo. Yo puedo pagarles a ellos para que durante unas noches dejen de hacer su trabajo. Nadie es actor. Funciona por diversión y por una cuestión económica porque empieza a funcionar”, explica Casciari a El Marplatense sobre el origen de las presentaciones en teatros que, dada la fuerte presencia de la autorreferencia en su narrativa breve, cuentan con la participación de familiares y amigos.

En ese sentido, el escritor de 45 años señala: “Empezamos a hacer cosas en Buenos Aires muy esporádicamente y salimos solamente a lugares donde tenemos ganas de estar un rato. Generalmente donde hay casinos cerca. Tengo una familia que es muy timbera. Termina la función y nos vamos todos al casino y estamos casi toda la noche ahí. Vamos dos o tres días a lugares donde hay playa. Acá en Mar del Plata si bien arriba del escenario somos ocho o nueve, todos vienen con sus respectivas familias. Somos 34. La excusa es la obra. Hay un micro de gira, hay una Play Station adentro del colectivo. Es más una diversión para ellos que otra cosa”.

En relación a la realización de este tipo de espectáculos, Casciari reconoce la importancia de sus participaciones en distintos ciclos radiales. "Influyó haber hecho unos micros de cuentos leídos en Vorterix, que me dieron la sensación de que podía leer en voz alta. Ése fue el germen. Salir a leer cuentos en universidades tiene que ver con que empecé a leer para Pergolini esas cosas desde mi casa. Y más cerca de esto tiene que ver con cierta exposición involuntaria que tengo en Perros de la Calle para que la gente vaya al teatro, sino quién va a saber que estoy haciendo teatro”, confiesa.

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Atento a la recepción de sus producciones, Casciari piensa como lector y actúa como consumidor de productos culturales. Anclado en su tiempo, tiene total conciencia de los beneficios del uso de la tecnología.

Foto: Luciano Menardo.

-¿Cómo te llevás con los nuevos formatos?

-En algún punto ser escritor era una cosa en el siglo pasado y empieza a ser otra. No podés quedarte en el libro. Si te quedás en el libro, la gente está en otro lado. Yo puse mis cuentos en Spotify porque soy usuario de Spotify. Me empecé a dar cuenta de que la gente se bajaba los pedacitos que yo colgaba en Youtube para escuchar en el auto, que los tenían que descargar y ponerlos en un pendrive. Los puse en Spotify y funcionó. Explotó en Spotify ese formato que a mí me sirve muchísimo para difundir la obra, para que después se venda un libro más o la gente vaya a ver la función de teatro. Hay como un entramado en red de los diferentes formatos, que en un punto van goteando como la miel, una supervivencia económica, un rédito.

-Previamente ya tenías una presencia constante en Internet a través del blog de Orsai.

-Yo soy primero lector. Como consumidor de contenidos, yo noto que me estoy distrayendo de un formato, el libro, y entro a prestarles atención a otros como espectador. El generador de contenidos que también soy se interesa por ese formato. Si como lector vos te empezás a quedar dormido con esto y te gustan otras lucecitas, vas a buscar qué hay ahí. Eso pasó con el blog. Un montón de gente lo hicimos. No importa dónde está la historia, si está en un papel o dónde. Hoy al que consume la historia no le importa dónde está, si está en una serie de televisión o un libro. Tampoco tiene mucho sentido imponer los formatos por prestigiosos o por demasiado populares y darles categorías. Si te cuentan una historia, no importa dónde.

-En tu rol de lector, ¿qué es lo que más te inspira y te lleva a pensar cómo va a ser la recepción de ese texto? ¿Tenés esa mirada atenta a todo lo que consumís culturalmente?

-Tengo la mirada atenta en el tiempo que tenemos, sobre todo el tiempo de distracción. Lo que noto es que hay muchos más dispositivos, muchos más altavoces. En todos hay alguien que te quiere comunicar algo. Vos tenés que empezar a darte cuenta de que no podés largar un primer párrafo de descripción. Hoy no podés empezar así porque la gente se fue corriendo a los diez segundos. Eso lo sabe el que narra, el que lee. Hay una especie de contrato tácito que va cambiando con los tiempos, en donde hay que sintetizar, y hoy se sabe fehacientemente que si no empezaste una frase contundente, que te haga pensar en lo que va a venir, nadie te sigue. Entonces, sos otro escritor. Estar atento a los cambios paulatinos de los tiempos es otro oficio que debe tener el escritor. Las cosas cambian a una velocidad mucho más alarmante que hace 50 años. Tener conciencia de ese cambio forma parte del oficio.

-En tu caso siempre fuiste bastante autogestivo con editorial Orsai y la publicación de tus libros. ¿Eso te da cierta libertad a la hora de hacer la selección de textos?

-Sí. También es una enseñanza de los tiempos. Podés afianzarte en tanto y en cuanto estés muy atento a esos cambios vertiginosos que van ocurriéndole al consumidor de contenidos. No es de casualidad. Hay un poco de azar, pero también de dejarse llevar por esa marea nueva. ¿Qué carajo hace éste llevándose un 15% de lo mío si tengo Internet donde yo puedo hacer tal cosa o tal otra.

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Si se hace un repaso por la obra de Hernán Casciari, el escritor argentino ha publicado más de una decena de libros. La mayoría son volúmenes de narrativa breve, donde el autor reúne relatos y cuentos, que previamente fueron publicados en el blog de Orsai. Entre sus publicaciones figuran tres novelas: Más respeto que soy tu madre (2005), Diario de una mujer gorda (2016) y El pibe que arruinaba las fotos (2009). Sin embargo, Casciari es contundente: “En los últimos quince años no escribí novelas. Por lo menos no anticipándome al género. Escribí desde el 2003 a hoy textos cortos en el blog todo el tiempo. Nunca hice otra cosa. Después lo que hago es compilar”.

“Tengo una treinta de cuentos de lo que odié ser inmigrante en España. Los junté y armé un libro de cuentos. Le pongo un enlace a cada cuento y le pongo novela. Nunca escribí una novela. Un día descubrí que había un corpus de unos doscientos y pico de páginas que me servían para sacar un libro. No es que me llevo bien o mal con los géneros. Me llevo muy bien con la pereza”, describe en relación a su forma de concebir los libros.

Foto: Luciano Menardo.

-Hablaste de tu etapa en España y lo que odiabas de ser inmigrante. ¿De qué manera funcionan la decepción y la nostalgia en ese corpus de textos?

 -Cuando quiero volver y tengo una hija, decido quedarme para poder criarla y entonces no vuelvo. Al mismo tiempo sigo extrañando y teniendo nostalgia por un lugar al que todavía no puedo volver. Desde ese punto empieza a generarse una literatura de decepción. Siempre con la conciencia absoluta de que es una exageración. Más allá del chiste es doloroso no estar en el lugar que tenés ganas de estar por la razón que sea.

-Justamente la ironía y el humor son dos elementos que están muy presentes en tus textos. Muchas veces aparece ese sujeto de la enunciación que se ríe de sí mismo.

-Claro, sí. Hay mucho de eso. En lo que escribo siempre trato de utilizarme, que el personaje mío sea el que la sufra y no el héroe. Es un género en sí mismo. Elegir ser el antihéroe para empatizar mejor desde otro lugar.

-Hablando de esa primera persona, también está constantemente lo autorreferencial.  

-Ése es un mal de nuestro tiempo. Yo sé que tengo una limitación muy grande en lo que escribo con la posibilidad de desdoblarme o utilizar una tercera persona. Me da mucha paja tener que pensar en usar una tercera persona. Me resulta mucho más fácil, más simple y mucho más empático con el otro salir desde el yo. Justamente es lo que hace el que no es un gran escritor. Para ser un gran escritor tenés que saber salirte del yo y convencer al otro desde otro lugar. Sé que es así. Me gusta mucho ser lector de esa otra literatura, pero yo hago una cosa más popular, más simple, más frescaLo que hago es una literatura chiquita, en donde lo autorreferencial es fundamental.

-Por otra parte, también tenés referencias a la alta literatura. Vemos constantemente filtraciones de Borges y la mención de tu pasión por la literatura de Borges.

-Bueno, pero yo puedo ponerte mi pasión por la lectura de Skierka y eso no significa que tenga algo de Skierka, ni de Borges.

-Por supuesto, pero se ven determinados procedimientos literarios...

-Sí. Como lector soy o he sido mucho más exquisito que como narrador. No puedo jugar en las grandes ligas como narrador, como lector sí. Como lector me ha gustado siempre una literatura que solía jugar en su momento en las grandes ligas.

-¿Qué lee Casciari?

-No, ahora nada. Por eso siempre te hablo en pasado. En la juventud leí lo que había que leer, lo que estaba bien leer. Estaban en mi casa los libros de Sidney Sheldon que leía mi vieja y yo no los tocaba ni con un palo. Iba buscar en grupos de amigos referencias literarias que eran las correctas. Leí correctamente, con mucho viso de autodidacta, sin haber ido a Puan, ni a estudiar Letras, pero con mucha corrección. Leí Chesterton, Chejov, Kafka, Cortázar y entendía que un libro en inglés estaba traducido por tal y elegía el libro por el traductor. Había cierto sibaritismo en la lectura, que no me dura, me aburrí. Pero durante muchos años leí y soñé ser un escritor de esos y después no. Me di cuenta de que no lo iba a ser y terminé escribiendo lo que escribo.

-Mercedes y Barcelona, los lugares donde viviste están muy presentes en tus textos. ¿Esto tiene que ver con tus experiencias y cómo llevás lo autoreferencial a los textos?

-Tiene que ver con que si quisiera escribir una historia que ocurre en Stalingrado tendría que estudiar. Mercedes, Barcelona, posiblemente muy pronto Villa Urquiza, es la pereza de saber de lo que estás hablando y no tener que entrar a Wikipedia a ver cuál es la calle más transitada de Stalingrado, qué temperatura haría en febrero, cómo son las casas, cómo entrás en una panadería y cuál es el pan que más se pide. Borges decía una cosa lindísima que podía reconocer cuándo un libro árabe era apócrifo o real porque en el libro árabe real no había camellos (N de la R: el ejemplo citado se encuentra en el ensayo “El escritor argentino y la tradición”, Discusión, 1932). Es alucinante. Cuando yo escribo de Mercedes no hablo ni de la temperatura de Mercedes, ni del clima, ni de cómo son las viejas de Mercedes porque sé que es verdad. Si tuviera que hablar de Stalingrado voy a poner un montón de cosas que son las que hace Sabina cuando canta una canción en Argentina. Pone a Evita, al Che Guevara, la boina roja, el obelisco, pone un montón de pelotudeces turísticas que las vio en Wikipedia. Yo prefiero no tener esos problemas o no ser tan bueno como Piglia, que realmente escribe sobre Stalingrado sin haber estado y nadie se da cuenta de que nunca estuvo. Eso es ser un gran escritor.

-Se ha dado recientemente el fallecimiento de Ricardo Piglia, ¿con pérdidas como ésta se producen cortes de época entre los escritores del siglo XX y las nuevas camadas?

-Cuando supe de la muerte de Piglia no lo viví como cuando supe de la muerte del Flaco Spinetta. A mí nunca me pasó, más que con Cortázar en la adolescencia, de tener fanatismo por un escritor. En cambio sí por un músico. No tengo por la literatura un gran apasionamiento, como sí tengo por la música o el fútbol.

-¿De qué manera volcás el fútbol en los textos? ¿Es una excusa para contar otra cosa?

-Es una excusa, no porque no me guste, pero es una excusa para poder contar desde un lugar popular otra cosa, que es más íntima o que me costaría mucho contar con otra metáfora. El fútbol es una metáfora buenísima en este país. Podés contar cosas utilizando eso como nexo, recuperar ciertas identidades, tener la identidad particular de un club. A mí me funciona desde ese lado. En lo personal siempre me funcionó como un canal de comunicación con mi viejo y también uso esa estructura para explicar que el fútbol sólo me importa por eso. Poder contar eso es también minimizar un poco el fútbol. O decir que lo que más me interesa del mejor jugador del mundo hoy es que tenía los ojos parecidos a mi perro de la infancia. Es poder volver desde ahí, que lo conoce todo el mundo, a otro lugar y contar ese otro lugar.

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Pese a su extensa estadía en Barcelona, Casciari nunca olvidó sus raíces. La distancia, la nostalgia y la decepción lo llevaron a idealizar su patria. Su argentinidad afloró en el extranjero y le dio el impulso necesario para pegar la vuelta. Desde hace un año vive en Argentina con su pareja, quien está embarazada de su segunda hija -Nina, de 12 años, es la mayor y vive en Barcelona-. Su plan es quedarse en el país.

“La influencia de 15 años viviendo afuera, sin muchas ganas de vivir afuera, te hace idealizar mucho el lugar al que querés volver. Esa idealización puede ser pésima o puede hacerte escribir literatura. A mí me sirvió para canalizar y para pensar más en cosas en las que difícilmente hubiera pensado viviendo acá. Idiosincrasias que me reconciliaron mucho con el que soy. Ésa es la influencia que yo tuve. Una influencia de tiempo al pedo para pensar quiénes somos, por qué somos así, para decidir que prefiero ser así. Y esa decisión que se toma es una influencia en tu literatura, en tu tristeza, en la alegría que te da volver y en las ganas que tenés de tener un hijo que haya nacido acá”, remató.

-¿Cómo encontraste Argentina?

 -Tampoco me había ido en lo sentimental. El primer diario que abrís de Internet, el país de ese diario, vos sos de ahí. No importa dónde estés, ni lo que estés haciendo.

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