Carmen Ledda Barreiro: "Mucha gente sigue prisionera del terror"

A 41 años de la última Dictadura Militar, la referente de Abuelas de Plaza de Mayo Mar del Plata, rememoró la búsqueda inquebrantable que sostiene sobre su hija Silvia y su nieto. "Amar a un nieto que no se conoce es muy fuerte", expresó.

Por Redacción

viernes 24 de marzo, 2017

A 41 años de la última Dictadura Militar, su fuerza y su lucha se mantienen inquebrantables. Ni el paso de las décadas de aquel infierno que sufrió en carne propia, perforó esa esperanza férrea que está impregnada en su piel, ya como una marca distinguible e imborrable. La posibilidad de reencontrarse con su hija y de mirar por primera vez a los ojos a ese niño, a ese adolescente, y a ese hombre que tantas veces imaginó y aun imagina como su nieto, es lo que la obliga cada día a dar nuevas batallas. Es sólo el amor de una madre y una abuela, el que puede desafiar el tiempo y el destino.

Carmen Ledda Barreiro es la madre de Silvia, Antonio y Fabián Muñoz, quien tenía apenas 9 años en aquellos días negros. Antonio era militante en la Unión de Estudiantes Secundarios, mientras que Silvia se encontraba en la Juventud Universitaria Peronista. Ambos fueron apresados en 1976, pero tuvieron recorridos distintos.

Tras haber pasado por los penales de la ciudad de La Plata, Devoto, Caseros y Sierra Chica, Antonio logró la libertad en 1981. Sin embargo, para Silvia, que estaba embarazada, fue distinto el camino. La joven dio a luz en el denominado "Pozo de Banfield" y, hasta la fecha, tanto ella como su hijo permanecen desaparecidos.

En tanto, Carmen, Fabián, y Alberto, su esposo, también debieron vivir en diversas provincias, alejadas de su Mar del Plata natal. Recién a principios de 1978 lograrían retornar a la ciudad, pero los secuestraron a poco más de una semana de su arribo. Se los trasladó al Centro Clandestino de Detención conocido como “La Cueva”. La libertad para ella y su familia llegó el 18 de abril y desde entonces mantiene, con sus 81 años, una búsqueda que no entiende distancias.

En un extenso diálogo con El Marplatense, la referente de Abuelas de Plaza de Mayo Mar del Plata brindó sus reflexiones en la nueva conmemoración de una de las fechas más oscuras para la historia argentina y reconstruyó fragmentos personales de aquellos años signados por el terror.

- ¿Cuál es la reflexión que hace en esta fecha?

- Parece una pregunta simple, pero es muy compleja. Personalmente, creo que a todas las madres nos pasa lo mismo, es como que el tiempo no hubiera pasado. No es pasado porque estamos buscando a los nietos y los nietos son desaparecidos con vida. Hay que analizar la palabra desaparecido: ellos no están. Videla lo dijo bien. Mi nieto puede estar en cualquier parte y yo lo estoy buscando. Eso no es pasado; es presente.

Mucha gente sabe cosas y todavía no se anima a decirlas aunque parezca mentira. Ese es el efecto que hace el terrorismo de Estado en una población. Todo ha cambiado, nuestros nietos son grandes ahora. Y cada vez somos menos las abuelas, pero por suerte cada vez tenemos más colaboradores. Es gente muy joven, responsable y que se ha hecho carne en la búsqueda nuestra. Hay que tomar la posta. La búsqueda sigue porque la familia biológica existe, los espera, los ama.

- Y es vital sostener esa lucha con los jóvenes, con la "cuarta generación"...

- El equipo genético nuestro viene dos veces por año a Mar del Plata para extracción de sangre por ADN. Y tuvimos, la verdad, una experiencia asombrosa hace ya dos años, cuando posibles nietos que venían a buscar su identidad, siempre en ese estado de angustia terrible con el que llegan muchos a la cita, vinieron con los hijos de la mano. Uno tenía 15 años y el otro 16.

En ese momento mamá o papá les explicaban y les decían que sí, que seguro eran hijos de otra persona, entonces los chicos les respondieron: “Si vos no sabes quién sos, yo tampoco se quién soy”. Así de fuerte es. Por eso las charlas nuestras en las escuelas secundarias y primarias, cuando hablamos de la cuarta generación tienen un eco extraordinario.

Por suerte hay cada vez más consciencia. Las generaciones que nacieron en democracia están despojadas del miedo y son totalmente libres. Ellos han contagiado a mucha gente con esa actitud y después eso se ve en la plaza.

- ¿Se ha sentido en algún momento prisionera de ese miedo que comentaba antes?

- Con mi marido estuvimos desaparecidos cuando ya hacía dos años que había desaparecido mi hija y mi nieto tenía entonces casi dos años. Somos una familia donde todos llegamos a estar desaparecidos en un momento dado, salvo mi hijo más chico que tenía nueve años.

En el '75 lo desaparecieron a mi hijo con su novia, que estaba embarazada, y desde ese momento empezamos la búsqueda. Eso de que la gente desaparecía era algo totalmente increíble. Los encontramos finalmente en Mendoza pero no podíamos volver a casa. Esta gente que fue condenada por la CNU había entrado y torturado a mi hijo más chico para que habláramos sobre dónde estaban los mayores. Desde ese año que hemos sufrido el terror. Mi hijo estuvo siete años preso hasta que lo declararon inocente.

Estuvimos en muchas provincias y tardamos dos años en volver a Mar del Plata porque nos perseguían a pesar de que nuestros hijos no estaban. Cuando volvimos en el '78, a los diez días nos secuestraron. Estuvimos en "La cueva" y lo puedo simplificar diciendo que estuvimos en el infierno. Pero volvimos.

Cuando pude caminar, después de varias operaciones, yo ya estaba en la plaza en el mismo año. Yo no tengo miedo, y nunca lo tuve. Todo esto que hicieron lo hicieron para paralizar. Mi marido era un hombre de trabajo, común, respetado, conocido, y que se comente repentinamente "sabés que desapareció Muñoz y su señora", es algo que va corriendo y siembra el terror. Porque si eso le había pasado a Muñoz y a su señora también me podría pasar a mí. Ese miedo era el que le impedía a la gente acercarse. Nos veían con el pañuelo blanco en la calle San Martín y no se querían acercar a nosotras, eramos peligrosas.

Yo amo a mi nieto desde que nació en el campo de concentración. Desde que sobrevivientes me vinieron a contar que en el pozo de Banfield había nacido, yo lo amo. Y lo fui amando a través del tiempo. Me lo imaginaba gateando, caminando, después en el jardín de infantes, después en la escuela, después en la secundaria, y así. Amar a un nieto que no se conoce es muy fuerte.

- ¿Y cómo ve usted este intento de relativizar el número de los desaparecidos?

- No me sorprende. Es algo que ellos no pueden resolver. Los argentinos siempre nos tiramos tierra encima. En la Argentina se lograron los juicios a los genocidas con condenas. No espero otra cosa, y no estoy asombrada de que lo hayan dicho porque no es la primera vez que lo dicen. Ahora, que lo digan desde un gobierno democrático sí es alarmante.

En realidad son más de 30 mil. La gente aún hoy tiene mucho miedo. Nosotros no tenemos 500 nietos, tenemos más. Aunque no se pueda creer, hay mucha gente que no hizo la denuncia de sus desaparecidos por eso.

- ¿Cree que todavía hay mucha gente que ha quedado prisionera de ese terror?

- Totalmente, lo hay. Nosotros tenemos filiales en Rosario, Córdoba y Mar del Plata, pero no hay más al norte, como en Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del estero. Entonces la gente no dice nada, se queda ahí y envejece con el dolor. Se resigna.

Hay una cosa que puedo decir: la resignación no hace historia. Nunca hay que resignarse en nada. Cuando la lucha es justa, nunca hay que resignarse. A 41 años del golpe, todavía la sociedad tiene temor y por eso tenemos que estar todos en la plaza.

- ¿Cómo hace el corazón de Abuelas para latir con la misma fuerza?

- Las Abuelas tenemos algo peculiar y es que tenemos que mantener las ganas de compartir, de la risa, porque imagínate cuando yo encuentre a mi nieto. No puede ser que encuentre una vieja amargada, que ya no pueda compartir nada, ni ternura ni amor ni comida. Entonces eso nos mantiene. Los jóvenes acá son muchos y nos contagian de su alegría. En la filial hay muy buena onda.

 

 


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