"Hay una pata civil que fue responsable y falta juzgar"

A Yamila Zavala Rodríguez los militares le mataron a su padre y le secuestraron a su madre, aún desaparecida. En diálogo con El Marplatense, contó la parte más dura de su historia y rescató la resistencia de madres y abuelas en los momentos más duros: “Nadie nos quitó la alegría”, reconoció

Por Redacción

viernes 24 de marzo, 2017

Yamila Zavala Rodríguez tenía 4 años cuando vio a los militares matar a su padre y secuestrar a su madre, en la esquina de Lambaré y Corrientes, en Capital Federal. Yamila, que se crió en Mar del Plata con sus abuelos maternos, nunca se olvidará del horror que vivió en la tarde del 22 de diciembre de 1976 junto a su hermana Jimena. Una tarde trágica, que la involucró en una eterna lucha por la verdad, la memoria y la justicia.

Miguel Domingo Zavala Rodríguez, papá de Yamila, era abogado. Fue diputado del FREJULI y luego fundó el Partido Peronista Auténtico, mientras que Olga, la mamá, era licenciada en Ciencias de la Educación y militaba en la Juventud Peronista. “Eran militantes, querían transformar la realidad”, reconoció Yamila, que hoy es abogada querellante en delitos de lesa humanidad e integra la Comisión Provincial de la Memoria.

“El 24 de marzo y el 2 de abril son feriados que significan muchísimo para el pueblo argentino. Son cosas que no queremos que pasen nunca más. Al ningunearse los temas, en esa intención que hubo de trasladar los feriados como si nada, hubo como una batalla cultural que se ganó. Hubo una reacción para dejar en claro que eso no se tocaba y por suerte se volvió atrás en la decisión”, explicó Yamila. “Son dos fechas emblemáticas para todos los argentinos, más allá de las ideas políticas. Son cosas muy feas que pasaron en nuestro país”, agregó en diálogo con El Marplatense.

-¿Creés que cada vez hay más conciencia sobre lo que pasó en la dictadura?

-Es una batalla cultural que se da constantemente, que no se gana nunca, en la que hay que seguir machacando. La dictadura cívico militar es algo tristísimo, porque las fuerzas armadas hacen un plan sistemático para exterminar a la población civil. Creo que se avanzó mucho. Desde los juicios, Argentina es un ejemplo a nivel internacional en derechos humanos. Después de las leyes de obediencia debida y punto final habían dejado todo en la impunidad y en el silencio. En mi caso, pasé la primara, la secundaria y también la universidad en un ámbito donde no se hablaba del tema. Era tabú. Eso es doloroso. Era algo que pertenecía a un sector, algo reservado para quienes habíamos sufrido directamente el terrorismo de Estado. Pero desde 2003, con la anulación de las leyes de obediencia debida y punto final, bajo un concepto de mandato histórico y una comprensión histórica de la lucha de los organismos, se avanzó en los juicios, se instaló el tema y se hicieron un montón de cosas que fueron muy importantes a nivel nacional e internacional. Porque lo que logramos acá, que los mismos jueces de nuestro país puedan juzgar a los genocidas, es un ejemplo en el mundo. Hasta hoy se los sigue juzgando, aunque todavía hay una pata civil que fue responsable y falta juzgar.

-¿Cómo fue tu crianza con tus abuelos?

-Yo tenía casi 4 años cuando pasó lo de mis viejos en Buenos aires. Después me vine a vivir a Mar del Plata con mis abuelos maternos, que tenían una salud mental y una fortaleza increíble. Tenían mucha sabiduría de la vida, eran muy “grossos”. Uno a veces puede pensar que los abuelos no entienden cosas de la juventud, pero ellos no fueron el caso: entendían todo, nos daban libertad. Yo hice mucha natación, el deporte me sirvió mucho. Fui campeona argentina y el deporte me ayudó mucho. Mis abuelos tenían esa visión y me llevaron a pileta desde que me encontraron a los 4 años. El deporte es un ordenador social, estoy convencida de eso. Te ubica, te concentra…

 -¿Cuál fue tu etapa mas difícil?

-El momento más difícil fue la adolescencia, ese momento en que uno está más sensible a todo y tiene más inquietudes. Además, uno va construyendo su historia. Yo estuve en el hecho donde mataron a mi viejo y secuestraron a mi vieja. A mi y a mi hermana nos llevaron tres meses al orfanato Riglos, estuvimos desaparecidas, a disposición del ejército. Yo me acuerdo del hecho, pero no de esos tres meses. De grande, volví a ese lugar, cuando estaba en la facultad. Yo soy abogada y necesito el respaldo de la documentación. Siempre quise ser abogada, desde que nací. Entonces, fui al lugar a los 22 años, ahí en Lambaré y Corrientes. Era todo igual, pero más chiquito. La calle, que yo la recordaba más grande, era más finita; había una farmacia que estaba igual, vieja, antigua. Había un hall, que estaba igual. Era lo mismo que tenía en mi cabeza. Y también volví al Riglos, por un trabajo que hicieron los chicos de la escuela pública en Moreno, en Jóvenes y Memoria. Yo conozco parte de mi historia en el instituto Riglos a partir de un laburo que hacen en la escuela unos chicos que hablan del instituto como un mito de que era un orfanato con chicos desaparecidos, pero que era un mito de la zona. Es de jóvenes y memorias de la Comisión Provincial de la Memoria. Ahora soy miembro. Son cosas causales que se van generando.

-Cuando nadie tocaba el tema, ¿sentías sensación de injusticia?

-Sí, el silencio ante las injusticias o algo que pasó como país es feo. Es difícil cuando nadie dice nada. Además, uno va construyendo. Cuando me hablaban de mis viejos me decían cosas como: “Tu mamá era espectacular, siempre luchando por los pobres”. Y yo cuando era adolescente e iba creciendo, pensaba: “Acá hay algo más, debe haber algo más”. Y claramente, eran militantes, querían transformar la realidad.

-Igualmente, debe ser difícil afrontar la indiferencia del entorno…

-Esos años de silencio fueron duros. Por algo fueron las marchas de la resistencia. Yo soy abogada de Abuelas y siempre reclamamos por la identidad, por buscar a los nietos. Pero por la lucha de los organismos, de las madres y las abuelas durante ese tiempo, fue que se pudo lograr justicia en Argentina. Más allá de las decisiones políticas que fueron acertadas, mediante el reclamo que tomó Néstor Kirchner. Pero la base fue la lucha de los organismos porque, por ejemplo, Uruguay no pudo hacerlo. No tuvo las madres, tampoco tuvo las abuelas. La Corte dijo que eran delitos prescriptibles y chau. Por eso tienen el reconocimiento que tienen a nivel nacional e internacional.

-¿Qué pensás de la actual coyuntura en Mar del Plata?

-Lo que está pasando hoy en Mar del Plata es que no hay gestión, desde la vulneración de derechos, desde los derechos humanos, los centros culturales, el deporte… Es como que para todo hay un “no”. Yo creo que si el Estado no te da los derechos, es complicado.

-En este contexto, ¿creés que hay lugar para transmitir todas estas cuestiones de derechos humanos y generar conciencia en las escuelas?

-Sí, en las escuelas siempre depende de que los directores habiliten y se pueda charlar del tema. También depende de la impronta del docente, porque hay docentes que desconocen algunas situaciones. Pero se da, yo he ido a un montón de escuelas y lo que perciben los chicos es terrible. Yo daba las charlas desde lo teórico, no desde lo autorreferencial. Pero con el tiempo me di cuenta que los chicos necesitan que le cuentes tu historia para que les llegue. Lo mismo pasa con los soldados de Malvinas: verlos a ellos contando la historia, es otra cosa.  Cuando yo cuento mi historia, parece que le pasó a otro, porque de sólo pensar que matan a tu viejo… Pero bueno, acá estamos, estoy casada, tengo mi familia, nos desarrollamos, militamos. Creo que nadie nos quitó lo que buscamos, que es ser feliz y poder hacer feliz a otro. Nadie nos quitó la alegría.

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