“Los estudiantes nos pueden enseñar cuestiones de la realidad tecnológica”

Miriam Kap es profesora de la materia Didáctica General en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Frente al cambio cultural, la educadora analizó las problemáticas que enfrentan los docentes en la actualidad, los nuevos modos de formación y el espacio que ocupan las nuevas tecnologías en el ámbito educativo.

Por Redacción

domingo 28 de mayo, 2017

A lo largo del siglo XX, los modos de entender la educación han cambiado. Las palabras de Paulo Freire tienen una vigencia casi imperecedera: “El enseñar no existe sin el aprender”. En Cartas a quien pretende enseñar, el destacado pedagogo brasileño explicaba que “el enseñar y el aprender se van dando de manera tal que, por un lado, quien enseña aprende porque reconoce un conocimiento antes aprendido y, por el otro, porque observando la manera como la curiosidad del alumno aprendiz trabaja para aprehender lo que se le está enseñando, sin lo cual no aprende, el educador se ayuda a descubrir dudas, aciertos y errores”.

La educación es un tema siempre presente en las agendas de debate de nuestro país. El sistema educativo, las instituciones, los docentes y los alumnos conforman un ámbito heterogéneo, donde conviven tiempos y paradigmas diferentes.

Miriam Kap es profesora adjunta regular de la materia Didáctica General en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata y es asesora pedagógica en la misma casa de altos estudios. En diálogo con Radio Mitre Mar del Plata, la formadora de futuros docentes analizó el contexto actual de la educación, las problemáticas que enfrentan los educadores en la actualidad, los nuevos modos de formación y el espacio que ocupan las nuevas tecnologías en el ámbito educativo.

-¿Qué problemáticas enfrentan los nuevos docentes en las aulas?

-El problema de la docencia viene desde hace muchos años e implica una reflexión acerca de lo que la sociedad quiere como profesores. Qué pretende de los profesores en relación a un proyecto de país, un proyecto de Nación. La docencia hoy, mucho más en el contexto actual, está en jaque y hay que recuperarla como actividad que requiere de tiempos de formación y permite abrir espacios de creación, posibilidad, cambios y reflexiones.

-¿De qué manera la sociedad vislumbra el rol docente?

-Algunos están pensando, a partir de las cuestiones de los últimos tiempos, que cualquier persona podría ejercer la docencia y, sin embargo, la elección de la docencia y la actividad de maestros y profesores comporta en sí un compromiso con valores, con una ética, con una cuestión epistemológica que va más allá de la transmisión lineal de un contenido específico. Implica, para los nuevos docentes, el desafío de pensar el conocimiento como un acto de creación y de emancipación, que no se cristaliza en una clase. Partimos de la base de que el ejercicio docente también es una profesión. Y como cualquier profesión tiene una implicancia muy importante en su propia formación y en su propia reflexión. Es decir, todos aquellos jóvenes que hoy se están formando como docentes y los actuales profesores tienen una formación pedagógica que implica poder ver el aula de maneras diferentes y contemplar, por ejemplo, la diversidad cultural y no sólo la cuestión de los contenidos presentes a ser enseñados. Nosotros estamos pensando en un profesor que promueva una centralidad en los sujetos y en sus prácticas, con empatía, pensando en el otro, tratando de que ninguno quede excluido. Todo esto no es tan sencillo de apropiarse como conceptos o como miradas. Para esto, muchos profesores se forman durante años y siguen formándose sistemáticamente, porque la profesión del docente es una profesión que requiere aprendizajes continuos que permitan comprender contextos diferentes y complejos.

-¿Cómo ha visto la evolución de la formación docente y del ejercicio docente en los últimos años con toda la coyuntura social del país?

-La enseñanza es una actividad fuertemente política. Yo creo que esto habría que dejarlo claro, en el sentido de las negociaciones de sentido, las tensiones y los intereses encontrados que ocurren al interior de las instituciones educativas.  Desde el año 2007, hubo un gran cambio en el diseño curricular de la formación docente, a nivel nacional y provincial, con un diseño curricular prescriptivo. En esa transformación curricular realmente se optó por la democratización del conocimiento, por la diversificación de estrategias de enseñanza, por la comprensión de la heterogeneidad en los aprendizajes y por la inclusión de formas culturales diferentes que permiten enriquecer el aula y el trabajo cotidiano. Esto implica, también, la necesidad de un trabajo de reflexión del docente sobre su práctica, de revisión sobre sus acciones, de rediseños de sus clases, un ejercicio de imaginación que le permita crear otros modos de estar en el aula junto a sus estudiantes. Pero para esto los profesores necesitamos disponer de espacios de reflexión institucionalizados, regulares, colaborativos, en red. Hace un tiempo atrás -y actualmente- en los sistemas de educación superior no universitarios se instituyó un espacio de reflexión, talleres de reflexión entre los docentes y los estudiantes que permitía ir reformulando las planificaciones y provocar encuentros de saberes y experiencias en el marco de la formación docente. Esto era realmente muy enriquecedor. En la medida que esto no se burocratice y se transforme en una planificación más, realmente da la posibilidad de pensar en la docencia como una praxis.

-¿Cómo es la adaptación a ese contexto?

-Yo creo que hay un trabajo muy grande que estamos haciendo los docentes, intentando incluir esa coyuntura tan particular y es necesario poner en valor el oficio de enseñar. Con acciones como exigir un voluntariado, reemplazar a docentes con un voluntario sin formación pedagógica, se menosprecia fuertemente el oficio o la profesión del docente, que es una profesión totalmente reflexiva, dinámica, crítica y actualizada. Es necesario conocer la disciplina, pero no es suficiente. Es necesario conocer la materia que uno va a dar, pero no es suficiente. La complejidad de lo que ocurre en la sociedad, obviamente siempre presente en el aula, implica tomar decisiones fundamentadas, decisiones que implican resolver problemas inesperados, de comprender la diversidad, de producir nuevos saberes en comunidad. Es necesario poner de relieve la importancia social de la docencia, de la formación docente, de la reflexión, la re escritura y rediseño de las clases y esto sólo podrá ocurrir si tenemos el tiempo de planificar, de pensar, de formarnos, de crear conocimiento entre pares, de considerar las contingencias en espacios de prácticas siempre fuertemente indeterminados. Es, por supuesto, un trabajo colaborativo entre los docentes y con toda la comunidad educativa.

-¿Cómo debe ser considerado el proceso evaluativo?

-Cuando pensamos en evaluación no podemos pensarla como un producto, sino como un proceso complejo que implica juicios, opciones, elecciones y, por supuesto, relaciones de poder. Concebir los sistemas de evaluación simplemente como el resultado de la aplicación de una prueba aséptica y objetiva implica negar la dimensión de intencionalidad o de posicionamiento teórico que ella conlleva en su diseño. La evaluación es, principalmente, una oportunidad para tomar decisiones y tiene que brindar retroalimentación a todos los actores institucionales: a los estudiantes, a los docentes, a los directivos, al Estado. Toda evaluación debe explicitar, a priori, qué me están evaluando, con qué fines y con qué criterios. Si no me centro en el producto final de la prueba, en la última foto, si comprendo que la evaluación es un proceso formativo no determinante, paulatino, transformador, en capas y co-construido, entonces la evaluación se convierte en un desafío, en una oportunidad de aprendizajes tanto para los docentes como para los estudiantes, que nos permite pensar en un proyecto educativo, de comunidad y, por supuesto, de sociedad.

-Frente al cambio cultural y los nuevos paradigmas, ¿cómo se forma a los futuros educadores?  

-Las tecnologías que implican conectividad transforman nuestra subjetividad y se convierten en un modo de organizar formas totalmente inéditas de estar con otros, de pensar con otros, de actuar colaborativamente y en red.  Las tecnologías, en general, conformaron un entorno en donde nuestras sensibilidades se expanden más allá de la frontera de la presencia o de la ausencia y un nuevo modo de interacciones posible se abre en el aula. En los ámbitos tanto centrales como periféricos, urbanos o rurales, es cada vez más inusual encontrar jóvenes, incluso diría que no hay casi adultos, que no sepan al menos qué es WhatsApp, un chat, Facebook. Entonces, aceptar que estas tecnologías son parte del aula y pensar en incluirlas en los diseños didácticos, con intencionalidad pedagógica, como entornos facilitadores de los aprendizajes es uno de los desafíos que hoy tiene la formación docente. Actualmente no es la mayoría de los docentes la que incluye estas tecnologías en el aula o las consideran como parte de un ecosistema comunicativo. Esto no ocurre de modo lineal por una falta de formación, sino porque la complejidad de la tarea docente los confronta, en muchos casos, con los saberes de sus estudiantes, producidos en otros espacios fuera de su intervención y, por lo tanto, con cuestiones que tienen que ver con su identidad, con la imagen de sí mismos frente al saber y con las relaciones de poder dentro del aula. Hoy nos encontramos con estudiantes que nos pueden enseñar a nosotros algunas cuestiones de la realidad tecnológica que desconocíamos y, por lo tanto, la asimetría centrada en los saberes se pierde. Esto es un factor fundamental en la formación docente porque lo que hay que hacer es recuperar las prácticas cotidianas de estos profesores para que en estas prácticas cotidianas y en consonancia con el mismo lenguaje de los jóvenes, puedan pensar en nuevas estrategias.

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