El milagro de Quilmes: de casi no hacer Liga a una campaña histórica

El “Cervecero” vivió el último receso atravesado por la incertidumbre. Salió tarde al mercado y contrató lo que pudo, pero encontró química de equipo y acertó un pleno con Eric Flor. Javier Bianchelli lo metió entre los cuatro mejores, como ya lo habían hecho “Huevo” Sánchez y Leandro Ramella

Por Redacción

jueves 15 de junio, 2017

El 15 de junio de 2016 la dirigencia de Quilmes confirmaba que el club seguiría en la Liga Nacional de Básquetbol y ponía fin a varias semanas de incertidumbre. La venta de plaza por no poder afrontar los costos de una competencia onerosa había sido una posibilidad, aunque sus hinchas no quisieron ni imaginarla. En pocas horas, el club anunció que un hombre de la casa como Javier Bianchelli sería el entrenador y que se armaría un equipo austero.

“Tenemos que empezar a priorizar el club”, le dijo Bianchelli a El Marplatense apenas aceptó el desafío. El entrenador le dio la capitanía a Luca Vildoza y entendió que la responsabilidad de liderar adentro y afuera de la cancha iba a potenciar al pibe antes de dar el salto al Baskonia. Llegó Cavaco como un viejo conocido y se mantuvo a Ivory Clark, ese extranjero que juega con el compromiso de un nacional. El equipo se completó con jugadores de rol y de mucho oficio como Ariel Eslava y Enzo Ruiz, mientras que Iván Basualdo llegó para energizar el juego interior. “Olu” Famutimi fue apuntado como el extranjero de calidad del equipo. Y la apuesta sub 23 fue un tal Eric Flor, un chico que venía de ser campeón con San Lorenzo pero que quería demostrarse a sí mismo que podía jugar más minutos en la Liga.

La historia empezó mal. Derrota por paliza contra Peñarol en el debut, flojos rendimientos de Famutimi y una serie de seis derrotas consecutivas en la primera fase.  Hasta que llegó Tracy Robinson a fines de octubre y el equipo se equilibró. Los roles quedaron más claros: el perímetro, una desorganización organizada, mostró todo su poder de fuego. Flor fue la revelación y se convirtió en el mejor ladero para las aventuras de Vildoza. El estilo del equipo, aguerrido para defender y audaz para tomar tiros de riesgo en ataque, contagió a la gente, que se terminó de identificar con las dos victorias seguidas en los clásicos. Pero la deuda como visitante (apenas 7 victorias y 21 derrotas) le impedía proyectarse a playoffs. Sin embargo, en abril cortó una racha de cinco derrotas seguidas en Formosa y el objetivo pasó a ser más ambicioso. El sprint final permitió concretar la sorpresa: Quilmes se aseguró su lugar en la postemporada con una fecha de antelación.

Hasta ahí, se trataba de un equipo modesto, que había superado sus expectativas con mucha química. La épica apareció en playoffs. Duro de matar, Quilmes se levantó del cachetazo inicial sufrido en Bahía Blanca (estrepitosa caída 91-50) y ganó una serie en la que descubrió esa extraña comodidad de vivir al límite. A este equipo hay que dejarlo volar. No necesita seguridad ni previsibilidad. Cuando la tiene, juega atado. Lo sufrió en el tercer juego de la serie ante Ferro y perdió. Contra las cuerdas, otra vez reaccionó. A puro triple. Con un Flor inconmensurable (metió 87 puntos entre los últimos dos partidos de la serie), líder de una verdadera hazaña en el quinto juego en Caballito.

Por tercera vez en su historia, Quilmes se metió entre los cuatro mejores de la Liga. Como Oscar “Huevo” Sánchez en la 2001/02 y Leandro Ramella en la 2014/15, Bianchelli se mete en la galería de los entrenadores exitosos del club. Este presente del equipo, en gran parte, se debe a su trabajo artesanal. Un año después de asegurar su continuidad en la competencia, Quilmes concretó un milagro. La campaña es un verdadero sueño del que ningún quilmeño quiere despertar.

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