Noche de los Lápices: “Uno se puede reconstruir sino olvida”

Se cumplen 41 años del nefasto operativo policial que estuvo a cargo de Miguel Etchecolatz y Ramón Camps. Gustavo Calotti es uno de los cuatros estudiantes sobrevivientes de la tragedia y vive en Mar del Plata desde el 2010. En un nuevo aniversario de esta fecha, brindó sus reflexiones a El Marplatense: “Sin memoria no somos nada, ni como individuos ni como pueblo”.

Por Redacción

sábado 16 de septiembre, 2017

Gustavo Atilio Calotti tiene 58 años y es una voz que no calla. Sus recuerdos, tampoco. El dolor, sí, también está presente: hace décadas que lo está. Pero no lo esconde ni lo oculta. No es una espina que prefiere olvidar. Es un pasado que ya enfrentó y superó. Y sobre el que fundó nuevos cimientos y reconstruyó su vida.

Esa vida que reconstruyó lo trajo a Mar del Plata, donde vive con su familia desde el 2010. Hace 17 años, sin embargo, ya había definido su retorno al país. Después de lo que fue un largo exilio. Gustavo Calotti es uno de los cuatro estudiantes sobrevivientes de una de las noches más oscuras y trágicas que marcaron al país.

Los secuestros, las torturas, los asesinatos y las desapariciones que realizaron los miembros de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, al mando de los represores Miguel Etchecolatz y Ramón Camps, en la denominada “Noche de las lápices”, abrieron una de esas profundas sangrías que aún no cicatrizan en la historia argentina.

Y con apenas 17 años, y estudiando en el quinto año del Colegio Nacional de La Plata, y trabajando en la oficina de Tesorería de la fuerza policial bonaerense, Gustavo fue uno de los blancos elegidos por los militares. Emilce Moler, Pablo Díaz y Patricia Miranda, son los otros tres nombres de los estudiantes que completan la nómina de sobrevivientes.

De aquel nefasto operativo policial permanecen desaparecidos María Claudia Falcone, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, Horacio Ángel Ungaro, Francisco López Muntaner y Claudio De Acha.

Calotti fue querellante y resultó también un testigo clave en los juicios que se realizaron contra los represores de los jóvenes estudiantes. “Los estudiantes secundarios no éramos el único blanco. Los militares hacían desaparecer a todo aquel que era opositor o que pudiese convertirse virtualmente en uno”, recordó.

Al cumplirse 41 años de lo que fue esa trágica noche, Gustavo dialogó con El Marplatense y brindó su reflexión, en una nueva conmemoración por el Día de los Derechos de los Estudiantes Secundarios.

– ¿Cómo se dio la elección de volver al país y elegir Mar del Plata?

– A mí me detuvieron el 11 de septiembre. Estuve preso hasta junio del ’79. Salí en libertad y tuve que exiliarme porque iban a matarme evidentemente. Formé mi familia, tengo toda mi carrera como profesional y docente en Francia, y en un momento, después de un tiempo, decidí vivir de nuevo en Argentina. Elegí Mar del Plata porque es una ciudad que me gusta y porque, para mí, vivir al lado del mar realmente no tiene precio.

En el año 2008 compré la casa acá en Mar del Plata. En Argentina ya había vuelto en el 2000, pero con algunos saltos y escapadas de nuevo por temas de trabajo. Pero desde el 2010 puedo decir que ya me instalé acá.

– ¿Qué tan difícil fue elegir volver al país?

– La verdad que esas decisiones son siempre difíciles de tomar. Porque en realidad no sabemos qué nos va a pasar, cómo nos va a ir, y es muy difícil. Y por supuesto que volver a vivir en un país como Argentina no resulta una elección fácil. No solamente por los temas políticos, que yo creo que uno como tuvo una militancia y que sufrió por eso, vive la política de una manera visceral. Las cosas cotidianas del país uno las sufre en carne propia.

– ¿Cómo sobrellevó ese proceso para reconstruir su vida?

– Yo pienso que uno, sobre todo, se reconstruye sino olvida. La mejor terapia para reconstruirse es recordar, tener buena memoria porque así se puede llegar a lograr con el tiempo cicatrizar y subsanar esas heridas, que de todos modos siempre van a quedar.

Pero de esa manera uno aprende a convivir con esas heridas que quedan. Es algo fundamental. No se trata de ocultarse a uno mismo lo que a uno le pasó, sino de pensarlo y repensarlo. Creo que esa es una buena manera de autoayudarse.

– La memoria es vital…

– Sí, es siempre importante conservar la memoria. Sin memoria no somos nada, ni como individuos ni como pueblo. La memoria colectiva de un hecho puntual, como es esta “Noche de los Lápices” y como en Mar del Plata fue la “Noche de las Corbatas”, es importante mantenerla.

Pero lo que también creo es que tampoco hay que hacer un rito de estas cuestiones. Sí hay que saber que las cosas han pasado y obviamente tener muy presente que esto es algo que puede volver a pasar de nuevo.

– ¿Qué reflexión se hace en esta fecha y con el contexto actual que atraviesa a la Argentina?

– Lo que decíamos nos trae justamente a la realidad que vivimos hoy con el joven Santiago Maldonado, porque acá nadie está exento. Hace 11 años que también desapareció Julio López y lo tenemos muy presente. Hoy desaparece Santiago Maldonado, y como sociedad tenemos que ser conscientes de que todos, más allá de las banderías políticas que haya, debemos impedir que este tipo de cosas queden en el pasado.

 

 

 


 

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