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“No sé si voy a ser campeón del mundo, pero sí un campeón de la vida”

Braian Gómez encontró en el boxeo una forma de salir de las drogas y la mala vida. Ahora lucha constantemente buscando reinventarse.

Por Redacción

miércoles 23 de mayo, 2018

Braian Gómez tiene una historia de vida dura, la cual no puede cambiar, es la que le tocó. Tiene apenas 23 años, pero vivió mucho más que cualquier otro pibe de su edad. Por suerte, gracias a la ayuda del Club Alvarado, de gente que se acercó y no le soltó la mano, la pudo revertir, se reinventó a sí mismo y hoy es feliz, recuperó la sonrisa, la alegría, las ganas de soñar, de proyectar y batalla día a día contra el flagelo de la droga.

Cuando el Gimnasio Alvarado saca pecho con la frase “Un pibe más entrenando, un pibe menos en la calle”, es porque tiene una connotación real. En épocas de “vacas flacas” y tantas cosas a mano que hacen que los niños tomen caminos equivocados, el rol de las instituciones es determinante para educar y formar no sólo buenos deportistas, sino, especialmente, buenas personas. Y el boxeador del club, con una vida de lucha, encontró en Alvarado el lugar de contención que le faltó y hoy pasó un nuevo round de pie en la pelea más importante que le tocó afrontar. “No sé si voy a ser campeón del mundo, pero sí voy a ser un campeón de la vida”, resumió.

Muchas veces es fácil, lejos de esas realidades, juzgar a los chicos que terminan cayendo en la droga y la delincuencia. Hilando fino, viendo sus historias, todo se vuelve más entendible, lógico. Braian nació en Buenos Aires y a los tres años se vino a vivir con sus padres a Mar del Plata. Tres meses después, su papá se fue y nunca más supo nada de él. Su mamá rehizo su vida y tuvo tres hermanos menores. Hizo la escuela primaria como cualquier niño, con la diferencia que cuando volvía salía con su padrastro a vender papa para ayudar en la economía familiar. De a poco, todo se empezó a desmoronar. La madre y su pareja, ambos con problemas con el alcohol, empezaron a vivir situaciones de violencia, la situación en su casa no daba para más y eligió el peor camino. “Cuando terminé la primaria me cansé de esa vida. Trabajaba para dar una mano, jugaba al fútbol en una escuelita de barrio, pero llegaba a mi casa y era un infierno, sentía que no me valoraban nada. A los 11 empecé a fumar marihuana, a los 12 probé la cocaína y me fui de mi casa, dejé el colegio, viví en la calle, en la casa de uno, de otro, me sentía a salvo en todos lados menos en mi casa”, recuerda.

Pero eso no fue todo, una cosa lleva a la otra, el contexto y la edad, las debilidades, fueron empeorando el camino. “A los 14 años empecé a delinquir, trabajaba, pero a la par me quería sentir aceptado en otros lugares. Siempre fue como un tema para mí sentirme aceptado y caí en eso como una forma de mostrar que servía para algo. A los 15 volví a mi casa, me había mandado una cagada donde trabajaba en los puestos ambulantes de Luro y me echaron”, cuenta Gómez. “Ese mismo año me dieron un balazo, volvía de jugar al fútbol, paró un auto y me pegaron en la espalda, justo me agaché y me recorrió entre tejido y la piel y todavía tengo la bala alojada ahí. Uno siempre tiene lo que se merece, yo andaba haciendo cagadas y me merecería eso. Por suerte no acabó con mi vida”.

Más allá de querer hacer mejor las cosas, estaba bien un par de meses y recaía. A los 16 años fue una de las peores etapas. “No me importaba otra cosa que consumir. Me mentía a mí mismo, salía a robar ‘para comer’, pero la realidad es que nunca lo usaba para comida. Encima, me fui a vivir con los hijos de mi padrastro que eran más grande, que habían estado presos y comencé a delinquir con ellos, cada vez más cada vez peor”, se lamenta. Lo único que lo mantuvo latente, fue que siempre, en algún momento de lucidez, le hacía un click la cabeza y pensaba que tenía que cambiar su vida. Ver como gente conocida había terminado mal (presos o muertos) con la vida que él estaba llevando, lo hacía creer que tenía que vivir de otra manera. Pero era muy fácil pensarlo, pero difícil hacerlo. La droga seguía siendo mella en su vida y sufrió un duro golpe cuando, con 18 años recién cumplidos, fue detenido: “Conocí la cárcel y me agarró miedo, mi cabeza empezó a jugar de otra forma y ahí conocí al “Turco” (Roura). Lo vi un día abajo, en el club, y lo frené, le dije que quería hacer algo distinto, que tenía que empezar a entrenar. Y me abrió las puertas de par en par, giró mi cabeza. Daba clases muy motivadoras, me enseñó a ser persona, a quererme más. Eso me motivó a otras cosas, empecé la escuela, venía al gimnasio, me sentía contenido. Me alejé de la delincuencia. Seguía consumiendo, pero con menos frecuencia”.

Ese fue el cambio que más le sirvió. Si bien no podía frenar su adicción, había encontrado una motivación en otro lado. Fue pieza clave en el reacondicionamiento del espacio en la planta baja donde funcionaba anteriormente el Gimnasio Alvarado. Llegaron Roberto y Gabriel Villalobo, empezó a entrenar boxeo y debutó como amateur, consiguiendo esa valoración que buscaba en las cosas malas, en algo bueno. Pero… apenas una semana después de esa pelea, lo encontraron con un arma y nuevamente cayó en prisión. Otro duro golpe, salida rápida y a empezar de nuevo. Ese recomienzo, fue acompañado. Se puso en pareja y fueron dos años en los que se sintió bien. Siempre con una debilidad: “Seguía entrenando, boxeando, pero me seguía drogando. no entendía por qué, mi novia me preguntaba y no le podía responder. La separación fue muy dura, había encontrado alguien que me quería, con la que habíamos planificado muchas cosas, una chica que me ayudó mucho y perderla por errores míos fue muy doloroso”, contó.

La vida de Braian fueron altos y bajos constantes. Tras la separación volvió a su casa materna y el contexto era el de siempre. O peor. Su mamá seguía con su problema de adicción al alcohol, pero dos de sus hermanos menores también habían caído en la droga. Entonces, consiguió una casa que le prestó una señora de la escuela donde iba y, lo que parecía ser un resurgir, se volvió una pesadilla. “Me fui a vivir solo y ahí se desencadenó la peor racha de consumo de mi vida. Perdí el trabajo (en la empresa 9 de Julio), vendí el auto que me había comprado con mucho esfuerzo, herramientas, ropa, me quedé sin nada”, relata con los ojos rojos. Y otra vez la familia. Aunque sabía que no le podían dar más de lo que le daban, estar en su casa le daba otra tranquilidad y volvió a Las Torres. Mientras, “mantenía una doble vida. Venía al Gimnasio, daba clases para 30, 40 personas y cuando salía hacía cualquier cosa. No me podía mirar al espejo, era como si tuviera una careta”. Después, estuvo un par de meses bien, se preparó para volver a pelear y lo hizo en buena forma en Miramar. Sin embargo, lo que debía ser una alegría, se le volvió en contra: “Ese día, cuando gané, dije consumo hoy y no consumo más”. Obviamente, no pasó. Como suele suceder con las adicciones, cuando al cuerpo no le das las sustancias que está acostumbrado, ante la abstinencia, en la recaída, exige más. En septiembre de 2017, hizo el click definitivo. Atravesaba un mal momento tenía que volver a pelear, consumió hasta dos días antes y llegó muy mal al combate. El ambiente que frecuentaba no era el mejor y “me veía preso o muerto en cualquier momento”. A eso, el dolor que le generaba fallarle a la gente del Gimnasio, que lo veía con otra imagen, porque “quizá lo sospechaban, pero yo nunca tuve los huevos de decírselos. Siempre se lo dije a los que sabía que no me iban a decir nada. Si lo planteaba acá, no me lo iban a aceptar y, con razón, me iban a pedir que haga algo”, supone.

Uno de esos momentos de lucidez que ya había tenido pero no le habían permitido llegar tan lejos, lo usó de la mejor forma. Y ahí se dio un quiebre en su vida. Se dio cuenta que a la droga nadie la maneja, que eso es mentirse, y que para poder luchar contra eso, se necesita mucha voluntad propia y ayuda de especialistas. “Hablé con Magaly Pueblas que trabaja en Posada del Inti y le dije que me quería internar. El 6 de octubre me internaron y fue muy difícil, era dejar atrás lo malo, pero también el gimnasio, entrenar, me aislaron por dos meses en la Comunidad Antártida Argentina. Sólo me dejaban salir para terminar el colegio, con el compromiso de unos compañeros de la escuela que me iban a buscar y después me llevaban”. Además de que le sirvió para desintoxicarse (hoy hace 8 meses que no consume), aprendió por qué lo hacía y hoy reconoce que “aprendí lo que era una adicción. yo pensé que me drogaba porque me gustaba y no, eran muchos dolores, muchas frustraciones, cosas que quería tapar con consumo. Hoy lo defino como cobardía, si vuelvo a caer, es porque soy un cobarde que no me animo a enfrentar las cosas que tengo que enfrentar. Pero a los 15 años, quién me iba a decir que no me animaba a enfrentar la vida, si no tenía valores, no tenía enseñanzas buenas. Todo lo que aprendí, bueno y malo, fue en la calle”.

Si bien su lucha es “renovar un contrato diario”, uno de sus máximos objetivos es ayudar a su hermano menor, de 13 años, que es el único de la familia que aún no cayó en las garras de la droga. “Trato de hablar mucho con él, es una edad difícil, es en la que yo empecé y me veo reflejado en muchas cosas. Le digo que no se guarde nada, que hable, porque las adicciones vienen de no hablar, de no sacar los dolores que tenemos adentro. Trato de contarle mi experiencia, que busque la vida por el lado bueno, que hay otra manera de pasar el dolor, se puede estudiar, trabajar, hacer deportes, progresar en la vida. Que vea que a mí me tocó vivir esto, pero lo pude cambiar, ante la adversidad uno se tiene que engrandecer y sacar lo mejor. Pero no es fácil, por lo general se repite todo, es una cadena: mi mamá es adicta, nosotros somos adictos”. Hoy, con sus herramientas, la madre la sigue luchando y ver a su hijo en estas condiciones, le hace bien. “Está un poco mejor, no dejó de consumir, pero la pelea, con sus recursos. Ella notó el cambio que tuve yo y eso le hace bien, la llena un poco”, dice con una pequeña sonrisa.

Hoy, Braian Gómez tiene una vida diferente. Está en la última etapa (Fase C) del tratamiento en Posada del Inti, sale el lunes y vuelve el martes a la tarde, sale el miércoles hasta el jueves, el viernes viene a entrenar, vuelve a dormir, y el sábado a la mañana ya sale hasta el domingo a la tarde. A la noche, vuelve a dormir a lo de su mamá, aprendió pedir hasta donde le van a poder dar y busca un trabajo para poder independizarse, dejar el barrio, empezar una nueva vida porque “cambiar significa cambiar”. Dentro de una catarata de frases fuertes, hay una que caló hondo. “Recuperé las ganas de vivir, las ganas de proyectar, tengo muchos sueños, muchas cosas por las que quiero pelear”. Y de eso se trata la vida. Nuevamente está dando clases de boxeo recreativo, entrena con los Villalobo y próximamente volverá a pelear de manera amateur, con el objetivo fijo de ser boxeador profesional. Su otro sueño, tiene que ver con el estudio, con unir pasiones y poder ayudar a los que más lo necesiten. “El año que viene no porque priorizo el tratamiento, pero después voy a empezar el profesorado de educación física, es un lugar que me va a abrir las puertas para trabajar en el ámbito social, ayudar a muchos chicos que no tengan recursos, que no tengan un lugar en el cual sentirse contenidos, escuchados. Y creo que el ámbito deportivo va conmigo, yo siempre hice deporte y me gusta mucho, poder dar una mano a la sociedad de ese lado”, afirma convencido que lo va a lograr. Pero sabe que, como arriba del ring, no debe bajar la guardia. Por eso, asegura que “hacer el tratamiento no es una hazaña, Posada del Inti es una escuela de vida y la hazaña va a ser el día que yo llegue al final de mi vida limpio, habiendo peleado por mis sueños”.

Mientras tanto, pone manos a la obra en su segunda casa: el Club Alvarado. El techo del gimnasio estaba con humedad y se ofreció a arreglarlo. Cuando le ofrecieron cobrar por el trabajo se negó, más allá de que sabe que todo lo que el club le ha brindado, fue sin pedirle nada a cambio. “No le cobraría a Alvarado porque esta es mi casa y la casa de uno se hace a pulmón. Yo sé como es la gente del club, muy sacrificada, que trabaja y hace un esfuerzo muy grande, y cómo le voy a sacar algo al club que me ha dado tanto. Me da un lugar, me da un trabajo, me da lo mejor, me da amistades, vínculos  buenos. No le quiero sacar nada a Alvarado, no quiero repetir errores”, repite Braian. A su vez, rehace su vida en cuanto a as amistades. Se alejó de los amigos del barrio, porque tiene que resguardarse de no darle lugar a las tentaciones y que algún momento de debilidad tire por la borda tantos meses de esfuerzo. Sí, cuando puede, les cuenta lo que está haciendo y los motiva a que busquen su propio cambio. Y, a su vez, trata de afianzar los vínculos que siempre tuvo y no veía. Del deporte, de la escuela, mucha gente buena que lo acompaña, muchas familias que lo apoyan y están a disposición para tenderle una mano.

Justamente la gente que lo ayuda, es la que más lo emociona. Hoy puede ver que siempre estuvieron y él no los aprovechó, eligió otros vínculos. Y no para de agradecer a muchos que han sido claves en este momento. “En especial al Club Alvarado, a esta Comisión Directiva por todo el espacio que me brindan, al Gimnasio Alvarado, a Roberto y Lucio Villalobo. Párrafo aparte para el “Turco” Roura, que es de fierro, me enseñó muchísimo para que crezca como persona. A la familia Pueblas que están ahí siempre, son pilares ahí en mi vida. Siempre están, para una charla, para brindarme su casa, alimento, lo que necesito ellos me lo brindan, sentimental y económicamente. La familia Farías, la familia Muñoz, son muchas familias las que me contienen, no hay nada mejor que eso, es gratificante; Posada del Inti me dio una mano gigante, cada uno de los operadores, Gustavo Capeletti que es el coordinador, Matías Carnero, un grande, fue el operador que me recibió, me enseñó muchas cosas. Cuando me tuvo que retar me retó, cuando me tuvo que abrazar me abrazó, nos identificamos mucho entre los dos, hay mucho cariño y es una persona muy especial. A Julián y Laura Barragán que me brindaron todo de ellos, a todos. Y no terminaría más, porque la verdad que hay mucha gente que me ha ayudado y les voy a agradecer de por vida, porque para estar viviendo este momento y seguir con esta batalla, no alcanza sólo con el deseo de uno, sino con el apoyo que tengas alrededor”.

La historia de Braian Gómez, un pibe que pasó la mitad de su vida transitando caminos equivocados, pero que no se rindió, no se quedó con eso y se animó a cambiar. Pidió ayuda y hoy lo puede contar, con una sonrisa en la cara, sin olvidarse del pasado, con muchos sueños por delante. El más grande, ser campeón del mundo. Pero sabiendo que “no sé si voy a llegar a ser campeón del mundo, pero sí voy a ser un campeón de la vida”.

FUENTE: PRENSA ALVARADO

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