El Descontrol alimentario y las emociones

Las dietas restrictivas y las sensaciones personales son los principales desencadenantes de este trastorno ligado al aumento de peso.

Por Gimena Rubolino

miércoles 20 de marzo, 2019

Se trata de la ingesta desmedida de alimentos que tiene como consecuencia el aumento de peso.

La doctora Mónica Katz, autora del libro “No Dieta” fue una de las pioneras en desterrar las dietas restrictivas como una forma de bajar de peso.

Según el criterio de esta doctora, las dietas no funcionan: “me cansé de ver gente que se sometía a regímenes estrictos y estaba cada vez más gorda. Eso me llevó a tomar en cuenta las emociones como un factor condicionante a la hora de bajar de peso”.

La licenciada en nutrición Agustina Murcho detalla al respecto: “Cuando estamos frente a un alimento que nos gusta mucho, se dispara la dopamina y nos dice que se viene algo bueno. El descontrol se produce por algunos factores que nos incitan a comer en forma desmedida”.

¿Cuáles son los factores?

El placer: el hecho de comer algo rico hace que sea difícil de frenar.

La restricción aumenta el deseo: las dietas que prohíben alimentos, las que no toman en cuenta el placer y son sumamente hipocalóricas nos abren la puerta a comer de más.

El hambre emocional: en algunas situaciones la comida funciona como un calmante inmediato que puede aparecer ante cuadros de tristeza, ansiedad, bronca o nervios.

Por esta razón, para terminar con el descontrol alimentario es necesario acudir a un nutricionista que ayude al paciente a comer sano y también a un psicólogo que le permita descubrir que es lo que “se está tapando con comida”, “lo que la persona no puede decir”.

Hay un problema de fondo que no se resuelve con comida. Las dietas restrictivas empeoran aún más este cuadro porque la restricción aumenta el deseo.

La doctora Mónica Katz en “No Dieta” realiza un abordaje de lectura en el que guía a las personas a comer sanamente, elegir alimentos nutritivos y desterrar la idea de que solo un día en especial voy a poder comer algo rico, que me guste y me genere placer. Esto ayuda a equilibrar el deseo porque si yo sé que puedo comerlo cuando quiero no tengo porque descontrolarme.

Por más que reformulemos los alimentos, regulemos su calidad, sus porciones, publicidad, por más que mejoremos el acceso a la actividad física y el juego como derecho de grandes y chicos, si no enseñamos que las emociones son necesarias (por eso mismo no deberíamos taparlas con comida) seguiremos sin hallar soluciones” sostiene Katz.

 

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