La historia de amor que se sobrepone a las fronteras y el racismo

La marplatense Luciana López Mazzini viajó en 2015 a China para dar un “cambio” a su vida y se topó con el amor que no había encontrado en más de 30 años. Pero en su paso por el país asiático también debió soportar una fuerte discriminación.

Por Redaccion

lunes 15 de abril, 2019

Por Bruno Perrone

Necesitaba un cambio, y Mar del Plata no le permitía ver ningún camino distinto en el horizonte: era profesora de inglés y su vida se veía hostigada por una rutina cansina, que ni siquiera daba margen para evadir el trabajo durante los fines de semana. Estaba harta, claro, y no quiso – o no pudo – esperar y el remedio más natural que tomó fue el de forjar su propio camino en otro país.

Que terminaría en un continente ubicado al otro lado del mundo, que debería convivir con una idiosincrasia totalmente distinta a la argentina y que se toparía con el amor que no pudo encontrar en más de 30 años, fueron circunstancias que evidentemente excedieron la suerte que podía imaginar Luciana López Mazzini al tomar su decisión de escapar de la ciudad.

En 2015, la marplatense primero pensó como destino Canadá pero un conocido que tenía en ese país y otra compañera de facultad terminaron por convencerla para que en marzo viajara a China, a partir de la importante demanda de profesores extranjeros que había para el dictado de cursos de idiomas en establecimientos educativos.

Apenas tres meses después de estar plenamente asentada, a través de una amiga, Luciana conoció y se dejó cautivar por el ghanés Douglas Amponsah, quien también es profesor de inglés y ya estaba radicado en el país asiático seis años antes que ella. Así, en ese junio, sin pensarlo pero con la misma fuerza del destino, se gestó el inicio de una relación que sería inquebrantable.

En agosto de 2015, Luciana debía volver a Argentina y lo hizo, pero con la firme decisión de regresar para estar con su amor. “Al poco tiempo, renuncié a todos los trabajos que tenía acá y me volví a China. Más allá de que hablaba muy poco el idioma, la verdad es que nunca terminé de adaptarme a la vida allá. La gente es muy cerrada; cuando me volví, lo hice sólo por el”, revela, en un mano a mano con El Marplatense.

En su primer viaje, cada uno vivía en las ciudades donde trabajaba pero después, con su retorno, decidieron convivir en Xian, famosa por tener el templo de los llamados “Guerreros de Terracota”. Lo único “fácil” que recuerda la docente de su paso por el país asiático es la estabilidad económica. “Estábamos muy bien pagos. El salario promedio de un chino son 3500 yuanes, que equivalen a 500 dólares. Y nosotros ganábamos 9 mil yuanes, que son aproximadamente 1500 dólares. Era muchísima la diferencia”, grafica.

“El negocio para ellos era que te diera clases de inglés un extranjero. La gente iba y pagaba por eso. Y teníamos más beneficios, como que el empleador nos pagara el alquiler. Cuando nos mudamos, la casa la pagaba mi empleador. Nunca tuve que preocuparme por eso”, destaca.

EL CASAMIENTO, Y LAS INNUMERABLES “LUNAS DE MIEL”

Los padres de Luciana quisieron compartir en primera persona la vivencia de su hija y fue así que en mayo de 2017 la visitaron. Durante algunos días, pasearon por Beijing, la capital del país, y ella aprovechó para presentarles a su pareja, que también entendió que era la oportunidad para proponer el casamiento.

“Estábamos en casa, terminamos de cenar con ellos y no me acuerdo exactamente lo que dijo porque yo ya tenía una idea de lo que iba a hacer y estaba emocionada pero les planteó a mis padres que se quería casar conmigo. Fue muy lindo”, rememora.

La marplatense asegura que sus padres también “lo aman” a Douglas y destaca que, pese a tener inexorablemente otras raíces culturales, siempre se supo adaptar “súper bien” a las costumbres argentinas: “Es una persona muy facil de llevar”.

Así fue que aprovecharon el verano de 2018 para vacacionar por Argentina: recorrieron las Cataratas del Iguazú, Buenos Aires y Mar del Plata, donde consagraron la boda que tanto anhelaban en el transcurso de febrero.

En China, Luciana y Douglas sólo podían compartir el almuerzo y la cena durante la semana, debido a la distinta carga horaria que tenía cada uno por su trabajo. La marplatense reconoce que su esposo es “medio quedado” y que tiende a evitar cualquier tipo de viaje, pero asegura que su insistencia casi siempre terminaba por persuadirlo.

“Yo siempre le pedía de salir y de hacer algo cuando teníamos tiempo y le decía que todos los viajes que hacíamos eran como una ‘luna de miel’. No sé cuántas tuvimos. Pero siempre le ponía esa excusa; lo tenía que agarrar de algún lado porque sino no salía. Y así aprovechamos un montón”, afirma, entre risas.

UN RACISMO DIFÍCIL DE SOPORTAR: “SIEMPRE NOS MIRABAN RARO”

La “constante” discriminación que acusa en China nunca le hizo poner en duda el amor que siente por su esposo ghanés pero sí fue una de las razones que impidieron que la docente de inglés pudiera acostumbrarse a la vida en el país asiático, según asegura. Las diferencias se planteaban en todo tipo de aspectos básicos y esenciales: desde dificultades para acceder a puestos de trabajo hasta situaciones incómodas en la calle o cualquier lugar cotidiano.

Cuando Douglas empezó a trabajar como docente, los chicos lloraban al verlo y los padres amenazaban con sacarlos de la escuela. Se hizo muy difícil para él”, revela Luciana, quien agrega que esa situación motivó a su marido a crear una empresa de importación y exportación de productos para poder subsistir en un principio.

Luciana asegura que los chinos “los miraban raro todo el tiempo”: dice que, sin pudor, llegaban a “codearse entre sí” para señalarlos, o que incluso se retiraban cuando se sentaban en una mesa próxima de un restaurante. “Mi esposo habla perfecto el idioma. Una vez me acompañaba al hospital por unas vacunas y había dos chinos parados que cuando nos vieron dijeron ‘mirá, los negros también se enferman'”. Yo no lo entendí pero el sí y le cambió la cara completamente. Después me comentó la situación”, agrega.

Sin embargo, la marplatense remarca que su marido no protagonizó situaciones de violencia por las actitudes racistas que lo tenían como víctima y destaca que siempre evitó todo tipo de conflicto. “Después de tantos años, Douglas se había acostumbrado a que lo discriminen y a esas diferencias, y en algún punto estaba cómodo en China”, señala.

En China, siempre que hay un problema la culpa es del extranjero. Para todo lo que uno propone es no. Nosotros nos adaptamos a ellos pero nunca ellos al extranjero. Ellos siempre tienden a poner en la misma bolsa a todos. Y trabajar con gente tan cerrada es muy difícil”, cuestiona la profesora.

Por esta cultura racista que acusa Luciana es que ambos ya tenían su decisión tomada de continuar con su vida en Argentina. Sin embargo, una inesperada acusación del Gobierno chino contra su marido mantiene sumergido su plan en un mar de incertidumbre.

Desde el 17 de diciembre de 2018, la docente perdió toda comunicación con el ghanés de 40 años. La última información que tuvo sobre su paradero daba cuenta que se encontraba en Wenzhou, que está a casi 500 kilómetros de Shangai, pero desconoce si las autoridades decidieron algún traslado en estos meses.

Douglas Amponsah fue detenido por Migraciones cuando tramitaba la documentación para poder viajar. La administración del país asiático sospecha que habría utilizado la empresa que fundó para vender visas a otros extranjeros.

Luciana visibilizó su situación a través del sitio gogetfunding.com, donde lleva adelante una colecta internacional para recaudar fondos y poner así un punto definitivo al drama que vive por estos días.  Desde entonces, para hablar con el ghanés, debe mediar algún representante de la Embajada argentina o un abogado, y por eso para la marplatense resulta imperiosa la búsqueda y contratación de un letrado en el caso.

 

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