Una buena actitud todo lo puede

La licenciada en Psicología María Noel Lucano sostiene que muchas veces se presentan obstáculos o acontecimientos inesperados que dan lugar al desgano y al mal humor. Aunque no podemos manejar estos imprevistos si podemos elegir cómo transitarlos para no amargarnos y seguir adelante.

Por Gimena Rubolino

martes 2 de julio, 2019

Probablemente uno se haya despertado con energía, con una lista de cosas por hacer, con un día medianamente programado y de pronto algún problema o mala noticia aparece, que modifica los planes, que enoja y hasta inclusive puede llegar a paralizar.

Es muy común escuchar a otros e inclusive a uno mismo diciendo: “tengo un mal día”, por un evento desafortunado que ha ocurrido, algo inesperado que en principio podría torcer los planes que uno tiene.

Pero fundamentalmente lo que esta frase y esta actitud están transmitiendo, es que a partir de ese evento u obstáculo desafortunado hemos permitido que todo se empañara de este hecho y nos quedáramos estancados en esa sensación, en esa rabia ante lo que nos ha frustrado.

Si bien no elegimos que nos suceda algo malo, lo que sí elegimos, es cómo pararnos ante aquel obstáculo o mala noticia que asomó.

Lógicamente en un principio, aparecen todo tipo de emociones: estrés, enojo, desilusión, impotencia, necesarias, que deben fluir y transformarse en una energía resiliente, equivalente a la capacidad de sobreponernos a lo que nos sucede, fortalecidos y con recursos óptimos para poder continuar.

¿Qué hacer entonces, para que un “mal día” no frene tus metas y objetivos?

En primer lugar, reconocer y aceptar lo que ha sucedido,  no desde la resignación ni desde el lamento o la victimización sino desde el registro de que no somos omnipotentes y que no todo lo que nos sucede depende exclusivamente de nosotros. Lo que sí depende de nosotros es cómo elegimos transitarlo.

Si algo pasa, algún obstáculo inesperado se presenta que puede generar intranquilidad, lo importante es ver si uno va a permitir que la nueva emoción lo frene, o si va a decidir  hacer algo para volver a conectarse con la tranquilidad y el bienestar. El  simple acto de respirar profundo o salir a caminar unos minutos para descargar el enojo, tomar un rico café o hacer algo que  produzca placer.

En segundo lugar, al haber reconocido la emoción como signo de que algo de lo que ha pasado no es lo que se deseaba, lo importante es detectar que esto no “empañe” el resto de la jornada.

Esto equivale a no tomar el obstáculo como excusa para postergar, patear para adelante o boicotear lo se tenía entre manos. Aquí es donde se pone en evidencia la capacidad de flexibilidad, adaptabilidad y por sobre todas las cosas de la resiliencia, como ese poder de sobreponerse a los eventos desafortunados y salir fortalecido.

En tercer lugar, reposicionarse ante lo que ha pasado y volver a hacer foco en las metas y objetivos, en las tareas que uno tiene por delante para hacer ese día, en organizar nuevamente lo que se había planeado.

Volver a conectarse, claramente de otra forma, emocionalmente de otra manera, en la cual ya no esté presente el enojo ni la frustración sino una energía transformada y capitalizada para poder continuar con lo que se desea hacer y lo que hace bien.

Reconocer, aceptar, descargar, transformar y volver a conectarse con el día, la meta, el objetivo, desde un lugar proactivo y deseoso de avanzar sin lamentos ni quejas, sería el camino más “saludable” para el transitar de las propias emociones y la materialización de lo que se tenía proyectado hacer cuando un obstáculo inesperado se presenta.

 

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