INFORME ESPECIAL

Arte de protesta: el IPA y Polivalente por dentro

Los estudiantes del Instituto del Profesorado de Arte piden, desde hace tiempo, que se les asigne un edificio único. En la actualidad, lo comparten con los alumnos del Polivalente. Entre escombros y techos que caen a pedazos, algunos sacan belleza del desorden. La historia.

Por Redacción

sábado 31 de agosto, 2019

Por Stephanie Barrientos

El debate siempre ha sido el mismo. ¿El arte imita a la vida, o la vida imita al arte?

No se sabe, pero sí es cierto que muchas veces el arte utiliza aspectos de la realidad y los manipula, los rediseña, los pasa por un filtro especial hasta presentarlos frente a los espectadores como algo completamente nuevo, completamente diferente. El arte ha cambiado mucho a lo largo de los años, pero su esencia es siempre la misma. Siempre debe transmitir algo.

Tal vez es eso lo que los estudiantes del Instituto del Profesorado de Arte pensaron cuando decidieron acompañar sus reclamos con fotos perfectamente estéticas del edificio que comparten con el Polivalente de Arte, ubicado en Diagonal Alberdi entre Santa Fe y Santiago del Estero. Las fotos fueron tomadas por Sofía Izquierdo y Magalí Ulloa y se pueden apreciar en Facebook, bajo el hashtag #ElIPAPorDentro.

En diálogo con El Marplatense, Ignacio Román, alumno del profesorado de música popular, explica que la iniciativa buscaba brindar visibilidad a un viejo reclamo del centro de estudiantes. “El problema más grande es la infraestructura, en un principio pedíamos que el edificio tuviera salida de emergencia y que se hiciera algo con los balcones que dan a la calle, porque tenían desprendimientos y existía peligro de derrumbe”, detalla.

Actualmente, esos dos pedidos ya encontraron su solución, el año pasado tras jornadas de toma de instituciones y del Consejo Escolar. “Tenemos filtraciones históricas dentro del instituto, que al principio eran goteos que se solucionaban poniéndole algún balde, pero que después terminaron rompiendo el cielorraso”, dice.

 

El cielorraso es mayoritariamente de color blanco o, al menos, así lo había sido en sus mejores años. Se desprende de a pedazos, como lluvia, como escarcha. Esos pedazos cuelgan, apenas agarrados entre sí por hilachas de material. Los agujeros, algunos grandes, otros pequeños, dejan entrever una estructura de madera y una oscuridad aparentemente infinita. En la luz violácea, el blanco resalta. El techo cae, como nieve.

El edificio recibe no sólo a alumnos del terciario, sino también a los adolescentes del polivalente de Arte. “En un principio tenía sentido, porque fue la primera carrera terciaria de música, impulsada desde el ámbito popular, pero ahora ha crecido mucho y la situación es insostenible, no entramos“, expresa.

Las aulas de música se convierten en aquellas que son utilizadas para la danza, con sus pisos de madera especiales. A la mañana, esas aulas se llenan de bancos que se arrastran de aquí para allá para meterlos y sacarlos al comienzo y al final de la hora. Es un ir y venir que termina arruinando la superficie y, con ello, dificulta las clases.

Cerca de 1200 alumnos llenan el lugar todos los días. En una sola banda horaria, recorren escaleras y salones. “No entramos”, dice Ignacio y el resto del centro de estudiantes le da la razón. Por eso, piden que se les asigne un edificio propio y que se añada otra banda horaria con el objetivo de que todos puedan asistir, algo que no está garantizado ahora. “No hay posibilidad de ir si trabajás o tenés que cuidar a tus hijes”, comenta.

Todos los días, en el mismo horario, los 1200 alumnos inundan la institución. Caminan para aquí y para allá, con bolsos y fundas de instrumentos. Se pierden en los pasillos.

 

Los pasillos del Instituto llevan a lugares extraños. A través de las rejas, desde dentro puede observarse un recoveco oculto entre paredes de cemento. En el suelo, los escombros se entremezclan con botellas de plástico y restos de basura. En el medio, una silla escolar descansa de cabeza, rota. Es naturaleza muerta, en plena modernidad.

“Hay más problemas”, dice Ignacio. Sus cursadas varían entre el edificio de Alberdi y el anexo que funciona en el Mariano Moreno. “Tenemos que ir corriendo de un lugar a otro”, explica.

Las clases muchas veces tienen horarios cercanos, lo que añade otra dificultad. El gasto en transporte y el tiempo perdido significan otro conflicto. Por eso, el pedido siempre es el mismo. Un edificio único para el IPA, para que todos los alumnos puedan estar juntos y no deban ir de aquí para allá, de allá para aquí, corriendo por las aulas y los patios.

 

El patio es gris, pero el filtro violáceo hace que sus detalles azul resalten. Azul son los pedazos de pared que resisten al paso del tiempo, azul es la etiqueta y la tapa de una botella de agua, azul es parte de los escombros y basura que se acumulan en un rincón. El patio es desorden, es caos. El desorden y el caos siempre ha sido un tema llamativo en el arte. La protesta, de alguna forma, también.

Que si el arte imita a la vida o la vida imita al arte. En el IPA, la respuesta se encuentra un poco en las dos.

 

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