Biblioteca municipal: entre la nostalgia de los amantes del papel y el avance tecnológico

Una recorrida por las instalaciones del edificio emplazado en la esquina de Catamarca y 25 de Mayo, donde se mezclan niños, estudiantes de secundaria, universitarios y adultos mayores. La actualidad del lugar encargado del cuidado de los libros y la cultura de la ciudad, a pesar del paso del tiempo y en plena Era Digital.

Por Redacción

viernes 6 de septiembre, 2019

Por Germán Ronchi

Sábado por la noche; cocino para mis hijas. La mayor, Maitena (9 años), está leyendo un cuento en el sillón y me grita: “, ¿qué significa verosímil?”

“En la biblioteca tenés el diccionario”, fue mi respuesta como invitándola a descubrir un mundo nuevo. Pero no. “¿El qué? Dame tu celular que lo googleo“, formulación típica de los nativos digitales (Marc Prensky).

Incluso muchos de nosotros que superamos los 30, inmigrantes digitales, hacemos lo mismo. Nos hemos alejado un poco de los diccionarios y los libros físicos. Antes debíamos ir a la biblioteca del barrio e incluso a la municipal. Y ahí surgió el interrogante: ¿Qué es de la vida de aquel edificio ubicado en Catamarca y 25 de Mayo, al que acudíamos antes del avance tecnológico?

En un principio la biblioteca estaba instalada en una sala del Concejo Deliberante y en el año 1979 fue trasladada a la Casa de la Cultura Haroldo Conti, donde funciona en la actualidad. Después de muchos años, quise responderme esa pregunta y un martes por la mañana me encuentro transitando el ingreso; aparece un grupo de niños de un jardín de infantes con maestras y padres que salen tras una visita guiada.

Una mirada en la renovada y colorida fachada, y adentrarse a la puerta giratoria que divide el cambio de ambiente: del ruido de los coches al silencio casi absoluto por la cercanía a la “sala silenciosa”; del aroma de los arboles al inconfundible perfume del cuero con el que se forran las más antiguas enciclopedias, al olor que se desprende por la degradación de sus hojas y el adhesivo, y hasta la tinta empleada en la fabricación de los nuevos libros.

Ese espacio de lectura mantiene su estructura y disposición de estanterías; prácticamente las mismas mesas. Un paisaje nostálgico que en un momento se interrumpe por un hombre en situación de calle que aprovecha la calefacción del ambiente para dormir ahí. Más allá, un sector bloqueado por filtraciones en el techo. Nadie levanta la vista, están dentro del libro.

De camino al primer piso, la sala infantil, la que hace una suerte de contraste a través de sus coloridas tapas de libros con el sector semioscuro. Como si fuera un jardín de invierno, lleno de plantas y flores.

En el primer piso ya no se encuentra el catálogo de fichas que se dividía por título, autor y temática. Fue reemplazado por un sistema digital, algo precario (el viejo D.O.S). Sin la concurrencia de hace 20 años atrás, el hall del primer piso es también un espacio de encuentro para los estudiantes, que alquilan los libros de estudio o simplemente utilizan el lugar con sus computadoras, aprovechando el WiFi libre. Pero también se encuentran adultos mayores, que tras visitar el sector de novelas (en planta baja), se disponen a leer en el recinto.

La sala de novelas, precisamente, comenzó siendo un carro de transporte con cuatro estantes. La literatura recreativa fue creciendo y a mediados de los ´80 se creó su sala en el primer piso, delimitada solamente por las estanterías de madera. Para el día de hoy ubicarse en un espacio vidriado a la calle, donde en los últimos 22 meses se han prestado casi 50 mil textos.

Una mujer busca en la computadora de la mesa de entrada un título; a su lado está el libro de quejas, recomendaciones y agradecimientos. En la página inicial, el comentario firmado está fechado al 14 de agosto de 1998; las recomendaciones, quejas y agradecimientos que nacieron hace más de 20 años finalizan en la página 98.

Detrás del mostrador, entre las estanterías de textos escolares y los empleados, se destaca la presencia de Alicia, quien lleva 36 años al servicio de la biblioteca Leopoldo Marechal. “No puedo seguir pensando a la biblioteca como cuando entré. Hay que ir aggiornándose para mejorar el servicio. Viene menos gente que tiempo atrás, pero no significa que no viene nadie. La tecnología y las bibliotecas propias de escuelas y la Universidad, la han disminuido”, cuenta ante la consulta de El Marplatense.

Ya no hay fotocopiadora. También se quedó en el tiempo por el simple recurso de la cámara de fotos del celular. Aunque no se debe soslayar que la biblioteca no podía hacer uso del aparato por el famoso Copyright, que prohíbe la reproducción total o parcial de un libro.

La diversidad de público en ese primer piso es cautivadora. Grupos de adolescentes tomando apuntes; lo mismo con un  joven universitario y su computadora, junto a una enciclopedia; más allá un adulto mayor que interrumpe de a ratos la lectura para contemplar el paisaje de cemento que se le ofrece a través de la ventana.

“Esta es la sala de escritores marplatenses”, Alicia me sorprende apoyado en una puerta. Esto tampoco estaba. Era el espacio de las novelas. Ahora está cerrado con libros de autores de nuestra ciudad. Una mesa en el centro y sillas, dado que ahí también se dictan talleres.

Con el permiso de los empleados, paso tras “bambalinas”. En una oficina, detrás de la parte administrativa, los bibliotecarios sonríen: están dándole ingreso a los nuevos textos. Se catalogan por autor, título, editorial y temática para ser encontrados más rápidamente a través de la computadora en la mesa de entrada.

Los libros actuales y nuevos, como los que disfrutaban los bibliotecarios, se consiguen a través del acuerdo entre el Gobierno comunal y las librerías, el cual determina que el impuesto municipal se puede pagar en especias, es decir, con libros.

“Permiso, buenos días”. El paraíso de cualquier amante de los libros: el depósito. Subsuelo desde donde parten los textos pedidos hacia el primer piso. Entre las estanterías sobresalen lomos de libros antiguos y otros sin estrenar. Un total de 157.600 ejemplares conviven allí: es que seguirán siendo la primera y más importante fuente de conocimiento, consulta y difusión de información.

Y en esta última reflexión recuerdo las palabras de Alicia en mi “visita de médico” para ver qué es de la vida de la biblioteca municipal. “Nosotros somos un puente entre los textos y el lector. Nuestra tarea es que encuentre el material que necesita, para que no se vaya con frustración. Acá hay de todo”.

“Podríamos estar mucho mejor”, fue la frase que más escuché al hablar con empleados  como Alicia y Ana Laura, e incluso Pablo Jacobo, director general de la Secretaría de Cultura de la ciudad.

La biblioteca municipal llegó a superar los 100 mil socios. Actualmente está arañando los 9 mil. Algo pasó en el medio, en estos últimos 25 años. El avance tecnológico, la enciclopedia “Encarta”, internet, e-books, celulares al alcance de cualquiera y un sistema de bibliotecas que logró aggiornarse, pero “hasta ahí”.

Hace años vienen declarando la desaparición del libro físico, su inminente entierro, pero resiste y las bibliotecas no deberían ser su cementerio. Resignarse a ello, sería en parte detener el progreso cultural de las nuevas generaciones. Por eso se reclama un funcionamiento a la altura de las necesidades, con los títulos requeridos, agilización en el sistema de préstamos y un edificio en mejores condiciones; que de gusto pasar el rato recreativo o de estudio en la “Leopoldo Marechal”.

Si bien es una crítica, nadie debería ofenderse. O sí: los libros. Porque, sí el libro electrónico llegó para quedarse, pero el papel no irá a ninguna parte. Entonces hay que preservarlo, cuidarlo y promoverlo. Con ellos hay cultura, imaginación, recreación y progreso. Hay quienes le atribuimos un valor sentimental al verlos ordenados en una estantería y a tener un recuerdo tangible de una experiencia que los más chicos también deberían tener, más allá de la inmediatez que propone el avance de la tecnología. Y ahí es donde la biblioteca debe cumplir una tarea fundamental: ser el puente entre los amantes del papel y el avance tecnológico.

¿Cómo asociarse?

Asociarse a la biblioteca municipal o a cualquiera de las 25 restantes comprendidas en el Partido de General Pueyrredon es totalmente gratis, para mayores de 14 años, con DNI y un impuesto para certificar el domicilio.

Consulta de catálogo

A través de la web https://catalogodelibros.mardelplata.gov.ar se pueden consultar los libros que se requieran en el completo sistema de bibliotecas de la ciudad.

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