"La larga lluvia", lectura recomendada para la cuarentena

Estoy en el pueblo de Sicilia al que llegué hace 80 días. La última vez, cuando intenté salir a correr para despejar la mente, la policía me mandó a mi casa. No te pierdas este relato para disfrutar en casa.

Por Redacción

sábado 18 de abril, 2020

Por Juan Rapacioli

William Burroughs dijo que el lenguaje es un virus. Leyendo las noticias, redes sociales y mensajes de Whatsapp no puedo dejar de pensar en el autor de Nova Express. Incluso, gracias a Mariana Enriquez, volví a su obra. Pero no a las traducciones dudosas, sino a ese inglés desbordado que se va transformando por el uso del cut-up y la heroína. Su estilo excesivo, deformado y fragmentario se adecúa más a la realidad que cualquier intento por ordenarla. Aunque parezca extraño, de lo que menos se habla es de lo que más se habla: el orígen del COVID-19. Sopa de murciélago, guerra biológica, falla sistémica, fin del capitalismo, lo cierto es que el viejo Bill parece seguir escribiendo. Porque tenemos al virus -desconocido, invisible, amenazante- y tenemos palabras: políticas de cuidado, impulsos bélicos, fantasías de solidaridad global, raptos de control policial entre la cama y el living. El virus deviene discurso nacionalista, radar de culpables reconocibles, denuncia de otredad. El lenguaje está infectado. Pero me gusta pensar que tenemos al lenguaje también para desnudar al lenguaje. Escribo esto desde el pueblo de Sicilia al que llegué hace 80 días.

Letojanni es un pueblo chico, pesquero, no muy lejos de Catania y Messina. A la noche se pueden ver las luces de Taormina, una comuna turística donde se impone el volcán Etna. Cuando llegué a tramitar la ciudadanía, era un pueblo tranquilo. Los viejos eran paseados por sus perros en la costa, un camión pasaba vendiendo verdura, los cafés se llenaban de gente que hablaba como en su casa, o sea, a los gritos. Gente amable, confianzuda, que te retiene mucho tiempo la mirada y se ríe a carcajadas. Recuerdo leer los diarios de Renzi tirado en la arena, tomar un macchiato en Il Gabbiano y comprar una de las mejores pizzas que probé, la pizza alla norma. Recuerdo la performance de la vida civilizada: pagar la cuota mensual de un gimnasio que parece de los ochenta, comprar Birra Moretti en el mercato y reirme cada vez que veía la cara estampada de Roberto Benigni en una barbería del pueblo donde se filmaron escenas de Johnny Stecchino. Ese pueblo ya no existe. Ayer, después de una semana, fui a comprar provisiones. La última vez, cuando intenté salir a correr para despejar la mente, la policía me mandó a mi casa. Nunca pensé que el plan de hacer una salsa podría ser tan vertiginoso. Pero ahí estaba, pensando en la cebolla, el ajo, el tomate, tocando mi pasaporte y mirando de reojo a los patrulleros como quien se prepara para descartar. Finalmente pude comprar. Whisky, fruta y café. No tengo más yerba.

Acostumbrados a quedarse hablando en los lugares más insólitos, los empleados y clientes del mercado no se resignan a la distancia, intentan una risa irónica, quieren decir algo más de lo que pueden pero son apurados por las noticias que llegan del norte. Los muertos que se acumulan, los miedos que se multiplican, el papel higiénico que se termina. Un hombre me mira abatido, casi pidiéndome perdón, y me rocía las manos con alcohol. Elijo los productos sin pensar, nervioso, mirando a la cajera que se aguanta un reto. Me alejo cargando bolsas, respirando tras un cuellito que uso de barbijo. Las persianas están bajas y los autos abandonados. No hay movimiento, salvo el de los gatos que se animan a ocupar la calle. Son gatos gordos, lastimados, preparados para huir ante cualquier señal de peligro. Pero no hay señales ni personas; sí hay peligro, pero no lo saben. Aunque por el andar sigiloso y la mirada interrogante, parece que algo sospechan. Quizás sólo sea mi imaginación. Esa zona que se expande con el paso de los días, alimentándose de recuerdos, ilusiones e imaginarios catastróficos. Dije tantas veces la palabra distopía que perdió sentido. Trato de concentrarme en algo pero lo único que me sale es la dispersión. Salto de Burroughs a Twitter, de Kate Bush a Goyeneche. Me lavo las manos. Cocino (gran terapia que desconocía). Leo todo lo que sale, buscando el alivio teórico. Me divierto con Zizek, me entusiasmo con Preciado, me conmuevo con Bifo y me quedo pensando con Horacio González. Vuelvo a Piglia: “Hay que vencer la inercia, sentarse a la mesa y escribir. Eso es todo, un movimiento puro del cuerpo, una intención sin objetivo claro ni forma previa”. Busco una síntesis, ensayar algún poema. No hay caso. El lenguaje está infectado.

JordanEl estilo excesivo, deformado y fragmentario de Burroughs se adecúa más a la realidad que cualquier intento por ordenarla.

Me refugio, como siempre, en la música. Escribo sobre Bowie, el artista que mejor llevó las distopías (otra vez) a la canción pop. En Five Years, se anuncia la noticia: a la Tierra le quedan cinco años de vida; en Drive-In Saturday, el mundo como lo conocíamos terminó. La gente, entonces, intenta aprender a tener relaciones sexuales a través de viejas películas. En otra canción, advierte sobre “la mandíbula salvaje de 1984”. Me pregunto si Orwell, que escribió un libro de cada experiencia que atravesó, escribiría sobre la era del aislamiento social; me pregunto si diría, por ejemplo, que no hay peor virus que el control que nace del miedo. No lo sé, pero me gusta imaginarlo discutiendo la vocación entusiasta de vigilancia. Más allá del Alien de Brixton, me aferro al vitalismo de la música argentina. No sólo a Charly García, que construyó la Torre de Tesla hecha de encierro, paranoia y soledad, sino a voces que me sacan de la parálisis, como Lucy Patané y Matías Donatien. Pero, finalmente, la sorpresa me la da el gran bromista de nuestro tiempo, Bob Dylan, que hace 56 años dijo “los tiempos están cambiando” y ahora vuelve con noticias: “La era del Anticristo acaba de comenzar”. En fin, esbozo un sistema de referencias para domesticar los días. Es mi única estrategia ante las historias de Instagram donde veo tutoriales, platos de comida, gente entrenando y tantos memes que no parecen parodias, sino publicidad. Me presiona el motor capitalista de tener que producir algo en esta espera, pero no deja de sorprenderme la necesidad de aprovechar la pandemia, hacerla una experiencia “útil”. Me inquietan, particularmente, los que pueden sostener su ego frente a lo que se repite en todos lados: el avance de lo desconocido, el fin de la normalidad, la incertidumbre del futuro. Tal vez, la mejor respuesta la tiene Nick Cave, que no para de mandar cartas a sus seguidores. Me quedo con dos ideas. Una: “No es momento para estar enterrado en el negocio de la creación”. Dos: “Es momento de prestar atención, ser consciente, ser observador”.

Acá lo único que se mueve es el mar, inabarcable e inevitable, con esa calma que oscila entre la indiferencia y la amenaza. Cuando lo vi por primera vez, era un mar cristalino que invitaba a la vida de playa, el descanso bajo el sol y la degustación de mariscos. Ahora, como la lengua alterada de Burroughs, el clima cambió por completo. No hay sol, no hay playa, sólo las olas que, como los gatos de Letojanni, se animan a llegar a la calle. La otra noche tuve que romper el aislamiento para ver el espectáculo: las olas, furiosas, cayendo sobre la vereda, tirando los bancos, cortando los cables. La calle, durante una semana, estuvo cubierta de arena, como una maqueta olvidada. Imposible no pensar en Ballard. Las noticias se repiten, las recomendaciones se gastan, nada es tan sorprendente. Pero eso es lo más extraño: asimilar la anormalidad. Me llegan mensajes de familiares, amigos, videos de recitales caseros, violencia policial, famosos dando consejos. Trato de responder a todo y recurro a palabras que no me convencen. El grupo de argentinos varados en Italia pasa de la esperanza a la desesperación en un segundo. Veo discursos políticos, aplausos, cacerolazos, grietas dentro de grietas y pienso, otra vez, que el lenguaje está infectado. Últimamente me estuve acordando de Laiseca, el escritor que siempre volvía de una guerra con un enemigo invisible. Lo recuerdo, gigante, tras su bigote de humo, leyendo La larga lluvia, de Bradbury. Pero Lai no leía ni recitaba, Lai vivía el cuento. Puedo escuchar, mientras se termina otro día, su voz: “No sé cómo salir de esta lluvia”. Nosotros tampoco.


Juan Rapacioli (1987) es escritor y periodista. Publicó Dispersión (2015) y Vidrio (2017). Trabajó siete años en la Agencia Nacional de Noticias Télam. En Twitter es @Jrapacioli.

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