Había una vez un circo que alegraba siempre al corazón

La historia de una familia que hace más de 10 años vive del circo y por la pandemia quedó varada en Batán. Nicolás, de tan sólo 10 años, deslumbra con su habilidad.

Por Redacción

domingo 16 de agosto, 2020

Por Manuel Straccia

Había una vez un circo
Que alegraba siempre el corazón
Lleno de color, un mundo de ilusión
Pleno de alegría y de emoción

La vida de circo se caracteriza por ser nómada. Viajar, recorrer pueblos y ciudades brindando shows y alegrías para grandes y chicos. Ese era el día a día de Micaela y su familia, hasta que la pandemia los encontró en Batán, sin poder irse y teniendo que empezar a sentar raíces, hasta que esto pase.

Micaela, su marido, sus tres hijos de 10, 5 y 3 años viven el día a día. Al no poder trabajar de lo que mejor hacen, se la rebuscan vendiendo pochoclos, copos de azúcar y otras golosinas. Además, reciben la ayuda de un comedor y de la Escuela Nº7. A pesar de las circunstancias, las ganas de entretener y hacer reír no la pierden.

En una amena charla con El Marplatense, Micaela contó que ella y su marido “no son de circo”, ya que se subieron hace más de 12 años y ese fue su primer contacto con ese mundo. Sus hijos son “primera generación de circo”, como se les suele llamar en el entorno.

“Nos subimos por necesidad de juntar una plata, para poder volver a Rosario, estábamos en Corrientes. Nos gustó lo que es la vida del circo, tuvimos al primer nene en el circo y seguimos hasta ahora. Es una vida sana, para nosotros y para los chicos”, explicó la madre de los tres niños.

En un principio comenzaron a trabajar en el reparto de volantes y les propusieron seguir de gira. “Fuimos para probar a ver si nos gustaba, si podíamos juntar unos mangos. Nos gustó el ambiente, viajar, conocer, la vida en el circo en sí, tranquila, las funciones, trabajar, llegar a un pueblo, armar la carpa, conocer gente. En el circo era muy tranquilo todo”, contaron.

 

Un juego, no una obligación

Nicolás, el niño más grande, ya es una estrella del circo. En la función, solía vestirse como muñecos de dibujos animados y luego fue designado como payaso. Ahora, está adquiriendo habilidades en malabares rebotes con una destreza de alto nivel.

“La nena de 5 ya está con el tema de ensayos para colgarse, hace contorsiones. La más chiquita la sigue, porque ellos ven y les gusta. A ninguno lo obligamos a que haga algo, salió de ellos”, remarcó Micaela.

Al ser un juego, un día lo hacen y al otro no, porque los padres tienen claro que “no es una obligación, son niños tienen que vivir la infancia, no los obligamos a nada” pero “les gusta porque es lo que ven, colgarse, contorsiones, es la rutina que ven”.

Sentando raíces momentáneas

La familia llegó a Mar del Plata en diciembre. Trabajaron en el barrio Libertad, Nuevo Golf, Playa Serena y en marzo llegaron a Batán. Pero los agarró la cuarentena y aún permanecen ahí. Los chicos ya fueron inscriptos en la escuela, y los grandes comenzaron a trabajar en ventas callejeras “para hacer unos mangos y sobrevivir”.

“Nos sentimos extraños porque nunca tuvimos tanto tiempo parados. Capaz nos tomamos un mes para vacaciones, pero tanto tiempo quietos nunca, ni nosotros ni los dueños del circo. Somos cinco familias. Es la angustia de no poder trabajar, nunca estuvimos tanto tiempo parados. Calcular los cuidados para salir a la calle, lo llevamos tranquilos, pero a veces es angustiante”, detallaron los padres.

Con tranquilidad, Micaela afirmó que “parece que hasta el año que viene vamos a estar acá todavía” y que serán “de los últimos en volver, porque trabajamos con la gente”. Pero eso no los desmotiva, aprovechan para pasar tiempo familiar y continuar en la lucha hasta volver a las andadas. Porque siempre va a haber un circo que te alegre el corazón, y ellos son el motivo.

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