Investigadora de la Universidad Nacional de Mar del Plata resucitó a una especie de Rayas

Se trata de la becaria postdoctoral Valeria Gabbaneli perteneciente al Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (IIMyC, CONICET-UNMDP). El proceso es un poco menos fantaseoso que el que nos ofrecen las películas de ciencia ficción y lo conocemos con ella en esta nota.

Por Redacción

lunes 5 de julio, 2021

¿La ciencia se mezcló con la ficción? ¿Es posible resucitar una especie como vimos en la película Jurassic Park? La respuesta es sí. Es posible resucitar una especie, y la becaria postdoctoral del CONICET, Valeria Gabbaneli lo hizo. El proceso es un poco menos fantaseoso que el que nos ofrecen las películas de ciencia ficción y lo conocemos con ella en esta nota.

La becaria postdoctoral Valeria Gabbaneli perteneciente al Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (IIMyC, CONICET-UNMDP) es la responsable de haber revivido a una especie de rayas del Mar Argentino. Si bien no hay pases mágicos o milagros involucrados en esta historia, es necesario decir que la mirada de Valeria se ilumina al compartir su recorrido, que es la historia de una especie perdida y recuperada.

Gabbaneli cuenta que un tiempo antes de comenzar su doctorado había trabajado con una especie de rayas que se conocía como Zearaja chilensis. Estos organismos se distribuyen desde el sur de Brasil, hasta el norte de Chile, dando toda la vuelta al cono de Sudamérica. Pero existían evidencias moleculares que mostraban una distancia genética mayor a la esperada entre organismos de la misma especie cuando comparaban ejemplares de la costa chilena con rayas de las Islas Malvinas. Fue entonces que, junto a su director e investigador del CONICET Ezequiel Mabragaña, se preguntaron si en el Mar Argentino la especie que estaba presente era realmente Zearaja chilensis. Así encararon esta investigación dentro del Laboratorio de Biotaxonomía Morfológica y Molecular de Peces, que pertenece al IIMyC y es dirigido por el investigador principal Juan Martin Díaz de Astarloa.

Para ello se propusieron comparar organismos de ambos países comparando su morfología, en particular el clásper que es una extensión de la aleta pélvica y funciona como estructura reproductiva en los machos, la merística, es decir las espinas y dentículos dérmicos que poseen y la secuencia de un gen llamado citocromo oxidasa, más conocido como COI, que se utiliza frecuentemente para identificar especies.

¿Qué organismos comparó? El primer paso consistió en reconocer la especie que habita nuestras costas. Para ello la becaria analizó un número considerable de organismos tomados en Mar del Plata que fueron donados por empresas pesqueras. Una vez que “entrenó el ojo” para reconocer a los especímenes de nuestro mar el siguiente paso fue viajar y analizar ejemplares frescos o de colecciones de las costas chilenas y brasileras y compararlos con lo encontrado previamente.

Valeria rememora con mucha alegría los destinos que le tocaron recorrer, tanto por los hallazgos que allí realizó como por la calidez de todas las personas que fue conociendo en cada lugar. Viajó a Chile donde visitó la colección Ictiológica del Museo Nacional de Historia Natural de Chile, en Santiago y la Universidad de Valparaíso, donde pudo analizar ejemplares frescos. También asistió a las colecciones presentes en el Museo Bernardino Rivadavia en Buenos Aires, el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP) y el Instituto de Ciencias del Mar en Barcelona. Luego, y gracias al financiamiento que obtuvo de la “Ernst Mayr Travel Grant” que otorga el Museo de Zoología Comparada de Harvard pudo conocer las colecciones del Museu de Zoologia da Universidade do Sao Paulo, de la Universidade Federal Do Río do Janeiro en Macaé, de la Universidade do Estado do Río do Janeiro y del Museu Nacional do Rio do Janeiro.

En su comparación encontró tanto diferencias morfológicas en los clasper como en la distancia genética que marca el COI. Después de tanto análisis las conclusiones de Valeria y Ezequiel eran contundentes, definitivamente las rayas de las costas argentinas y las costas chilenas no eran de la misma especie. Pero entonces surgió una nueva pregunta: si no es la especie que pensaban ¿Como se llama esta especie? ¿Estaban ante una nueva especie?

Así es que el desafío se redobló y entonces la bióloga se sumergió en la historia nomenclatural de la especie. Y es que ya había existido conflicto con la forma en que se nombraba a los organismos, que se disputaban entre dos nombres: Zearaja chilensis o Zearaja flavirostris. Esto se debe a que cuando surgieron los primeros trabajos que mostraban diferencias genéticas entre los organismos de los dos océanos se decidió llamar a la especie del atlántico Zearaja flavirostris. “Hice una búsqueda un poquito más profunda y encontramos que los ejemplares denominados chilensis y flavirostris habían sido descritos a partir de animales recolectados en Chile, ¡eran los mismos con dos nombres! Por eso hoy esos nombres son considerados sinónimos entre sí, pero la especie Argentina seguía sin nombre”, cuenta la bióloga.

Así es que la búsqueda condujo a la especialista en condrictios al museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, donde se encontró con un ejemplar tomado en Quequén que era el holotipo -ejemplar de la especie- que había descripto el ictiólogo Tomás Leandro Marini en 1933. El especialista le había dado un nombre Zearaja brevicaudata, pero de la cual nunca más se encontró un ejemplar. Y para sorpresa, y no tanto, coincidía plenamente con los organismos que Gabbaneli había encontrado en las costas argentinas. Así fue que esta especie que había sido descripta hace más de 70 años y de la que no se supo más hasta ahora volvía a la vida gracias a la capacidad de observación e insistencia de una bióloga apasionada por su trabajo.

¿Cómo pudo pasar desapercibida una especie durante tanto tiempo? La especialista explica que la forma de comunicar los descubrimientos era diferente a principios del siglo pasado, hoy nos comunicamos de manera instantánea, pero antes la descripción de un ejemplar era algo que quedaba entre las cuatro paredes de un museo y el acceso a esa información no era algo fluido.

Saber que las rayas en los mares chilenos y argentinos no son de la misma especie tiene un alto impacto ecológico, porque la pesca de Zearaja chilensis, que fue vedada en los mares transandinos, ahora se encuentra en una condición más vulnerable. Ya no hay reservorio de esa especie de este lado de la cordillera. Y es por esto que la taxonomía, la ciencia de describir y nombrar las especies sigue siendo un pilar de la ciencia, una clave para proteger a las especies, o como en el caso de Valeria Gabbaneli: de volverlas a la vida.

Por Daniela Garanzini-Departamento de Comunicación CONICET Mar del Plata.

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