Roberto Alfaro, el nadador de 85 años que encuentra su felicidad en el mar

Oriundo de Mar del Plata, encontró entre las olas una forma de vida, una parte infaltable de su día a día: "yo siempre digo que se lo debo todo al mar", aseguró.

Por Redacción

domingo 6 de febrero, 2022

Por Camila Barros Palma

El mar tiene un efecto terapéutico y relajante, cicatriza heridas, transmite calma y fascina a quienes lo contemplan. Su inmensidad hipnotiza, evoca recuerdos, guarda felicidad, despedidas y añoranzas. Para el marplatense Roberto Alfaro, el mar es todo eso y más: es un estilo de vida.

A los 12 años se despertó su curiosidad por el mar en Tapalqué, un pueblito donde sus tíos tenían campos. Su deseo por explorar las costas marplatenses era tan grande que comenzó a practicar natación en las piletas de Punta Iglesia para tener más confianza.

De esta forma, a los 14 años ya nadaba en mar abierto con dos amigos, hermanos, que tenían entre 20 y 25 años. "Íbamos nadando hasta el torreón cuando todavía no estaba la escollera. Al principio lo llevaba bien, pero a la vuelta colgaba y me sacan 100 metros. Un día me dicen si querés volver a la par de nosotros vas a tener que comparte patas de ranas. A partir de ahí empecé a ir y volver con ellos todos los días", contó Roberto, animado.

Los años pasaron y su interés por el agua nunca desapareció. Sin embargo, por los estudios y los múltiples trabajos que tuvo, no pudo dedicarle el tiempo que deseaba. "Cuando agarré continuidad fue cuando me jubilé en el año 95. Ya tenía libertad absoluta así que me dedicaba totalmente".

El mar le regaló varias amistades como Ariel "Cuca" con quien hace 22 años que salen a nadar cada vez que viene a visitarlo desde Escobar y Martín, guardavidas de Las Toscas donde siempre entrena.

"Tengo muchos amigos del norte y del sur que vienen a nadar conmigo, porque suelen nadar en el rio y no conocen las trampas del mar. Entonces Martin siempre me dice 'Roberto, acompañá a esta familia, explicales cómo encarar las rompientes'".

Las anécdotas no paran de surgir con Roberto, cada historia da pie a otra que cuenta entre risas. "Una vez, con otro amigo, íbamos volviendo de Varese con 28 grados, corriendo porque quemaba la arena, y  donde veíamos unos tachitos con agua metíamos los pies. En un momento, una señora nos gritó 'eh sinvergüenzas que es el agua del perrito' y terminamos con unas ampollas en los pies terribles".

Sin embargo, el mar también presenta desafíos y  Roberto se encontró con el peligro más de una vez: "Yo soy muy arriesgado  y salgo mucho a pelearle al mar cuando está bravo. Ese día me metí más adentro porque así tengo posibilidades de ver cómo salir, ya que hay tanta escollera que cuando está el mar malo puede tirarte a las piedras. Cuando llegué a una de las playas de la Perla, yo venía nadando perfecto, pero había unas olas terribles y tratando de salir, cuando voy a pasar esa espuma blanca gigante, me lleva una ola y me da los revolcones de mi vida. En un momento pude sacar la cabeza para respirar otra vez y después otra ola me metió adentro de los fierros de donde está el club de pesca, estaba todo lleno de ácidos, de almejas, todo", comenzó.

"Me lastimé por todos lados, menos mal que tenía un traje enterizo, pero se me abrió en el estómago, después tenía las manos, las piernas todas cortadas. Alcancé a agarrarme de una columna y ahí estuve 40 minutos. Gracias a dios que físicamente estaba bien y pude aguantar, porque entraba el agua y yo era como un barrilete sin cola, me llevaba de ida y de vuelta. Las olas me pasaban por arriba, eran tremendas de 3 o 4 metros", siguió. 

"El caso es que yo estaba más cerca de Punta Iglesia porque el agua estaba tirando para ese lado, pero bueno traté de acercarme a la orilla de donde estaba más cerca y una vez que pasó una ola gigante, habré dado 12 brazadas y vino otra ola, revolcón y yo esperaba otra vez el golpe con los fierros, dije 'acá soy boleta', pero tuve la suerte de que paré con el agua en las rodillas, a 10 cm de los fierros así que ahí nací de nuevo", relató. 

"Cuando salí de ahí me curaron y después me acompañaron hasta donde estaba mi amigo Martín,  lloraban todos porque pensaron que no estaba más", explicó.

También contó que a los 45 años cuando estaba compitiendo en Playa Grande una tabla de surf le golpeó la oreja izquierda y de a poquito fue perdiendo la audición. Ahora usa audífonos en ambos oídos, por lo que si sale a nadar queda totalmente incomunicado, inclusive en las competencias.

A pesar de todo, no hubo impedimentos para reencontrarse con las olas, "Yo me meto al mar y soy otra persona, necesito meterme al mar", aseguró. En el mes de julio cumple 86 años y asegura tener la salud de una persona de 56, "yo siempre digo que se lo debo todo al mar".

Cuando comenzó la temporada quiso entrenar para la competencia de 3 kilómetros que se organizó en la ciudad, la cual ya ganó en otras oportunidades, pero una operación por cataratas en los ojos y el coronavirus impidieron que pudiera llegar en condiciones al encuentro. Sin embargo, estos obstáculos sólo lo motivan más para enfocarse en las próximas carreras, que según él, espera que sean muchas.

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