Carteles en las calles de Mar del Plata, ¿qué hay detrás de ellos?

En una ciudad que se presenta cada vez más esquiva para los jóvenes, hay un cartel que se deshace de un saber, de un malestar, de una incomodidad, que se expresa desde el anonimato, y que es justamente en ese anonimato en quien confía toda su potencia.

Por Redacción

sábado 21 de mayo, 2022

Por Branco Troiano

Hay un momento en que la filósofa francesa Simone Weil, en plena tertulia con algunos de sus pares, dice que los actos con los que realiza las potencias de hacer y recibir “no cuentan porque los haya llevado a cabo una persona que lleva mi nombre y se las arregla con mis recuerdos, sino porque, a través de mí, se vuelven patrimonio de una multitud anónima”. Quizás algo de esa línea encuentre asidero en la serie de cartelitos que se exhiben en distintas esquinas marplatenses con consignas como “Vendo mi ego”, “2x1 en personalidad”, “Amigate con la derrota”, “Compro y vendo alma”, “Me aburro”, “Disponible para nada”, etcétera. Se trata, y de esto no cabe discusión, de una intervención cuanto menos novedosa para la ciudad, sin firmas ni pistas que insten a pensar en posibles artífices.

Con estética inalterable (fondo celeste y letras en rojo), la performance callejera parece haber logrado algo que, en ciertos casos, ni la política es capaz: poner a dialogar a un malestar juvenil (la acción es, a todas luces, proveniente de manos juveniles) con el resto de la población. Un fenómeno que no se tardó mucho en mutar de una acotada atracción en redes sociales a tema de charla en cualquier esquina de barrio.

Le pregunté a uno de mis sobrinos, porque él está muy metido en esas cosas de arte y cosas en la calle, si sabía quiénes están haciendo todo esto, y no, no sabía. Igual, más allá de eso, me parece súper lo que hacen, porque es un mensaje claro pero a la vez es medio raro… como ambiguo, ¿no?”. Mariela, cuarenta y dos años, profesora de letras y vecina del barrio Don Bosco.

“Yo vi alguno que otro, en el centro más que nada, y me llamaron la atención. Los más jovencitos hacen sus locuritas, ¿viste?, pero está bueno; con algunos hasta me río”. Julio, setenta y dos años, jubilado bancario y vecino de Parque Luro.

“Me encantan. Mis amigas y yo, a veces, les sacamos fotos y las subimos a nuestras redes. Nos parece una movida copada porque, no sé, te lleva a preguntarte algunas cosas. Y tampoco sé por qué, pero con algunos me siento media identificada”. Lola, diecinueve años, estudiante de económicas y vecina del barrio Caisamar.

“Yo me río, porque tienen su gracia, pero, posta, el que puso estos carteles no la está pasando muy bien que digamos. Tampoco nos hagamos los boludos”. Martín, veintiocho años, productor de seguros y vecino del barrio La Perla.

En una Mar del Plata que se presenta cada vez más esquiva para los jóvenes, hay un cartel que se deshace de un saber, de un malestar, de una incomodidad, que se expresa desde el anonimato, y que es justamente en ese anonimato en quien confía toda su potencia. La eficacia de la ambigüedad, de la consigna que sabe que, desde una apertura despojada, todo lo que viene no puede ser otra cosa que ganancia; que toda línea que acabe u obture un sentido nació para morir entre pocos, entre pocas, y que solo aquello que se arriesgue a quedar en la nada tendrá la posibilidad de trascender.

La pregunta que queda por hacernos, entonces, o quizás una de ellas, es: ¿estamos preparados para abrazar la inquietud de un nadie?

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