“Malvinas es la única causa nacional que une a todos los argentinos”
El ex combatiente Miguel Ressia recordó los días previos a la guerra, durante el conflicto bélico y cómo fue el regreso a la ciudad. Y ofreció su mirada acerca de cómo sigue la causa en el presente.
“No quiero victimizarme”, dice firmemente Miguel Ressia, un ex combatiente marplatense que a 43 años de la Guerra de Malvinas mantiene los recuerdos intactos, como si el tiempo se hubiera congelado en aquellas islas de clima áspero. Y uno no puede dejar de pensar que es imposible vincular su experiencia, y la de tantos otros jóvenes como él que fueron a la guerra, con la idea de la victimización. Nada más alejado de esa vivencia innecesaria que ordenó una Junta Militar en decadencia como manotazo de ahogado para intentar sostener su poder. No es victimizarse, es contar para sobrevivir, es relatar para recordar y que no vuelva a pasar.
“Meses atrás estábamos brindando en la fiesta de egresados y de repente nos convocan para una posible guerra”, cuenta Ressia en diálogo con El Marplatense como marcando un contraste sobre cómo se vivían aquellos días de espíritu beligerante: “Llevábamos un mes en el servicio militar, era plena instrucción. Se empezó a hablar de un posible traslado al sur, pero no sabíamos ni qué ni a dónde ni cómo. Eramos muy jóvenes, no teníamos instrucción real. Estábamos muy verdes”.
Tras pasar el 12 de abril con su familia y luego de un viaje a Comodoro Rivadavia, finalmente Ressia llegó a Malvinas el 16 de abril de 1982. Para él y su grupo aquella travesía fue “una aventura, un viaje. No sabíamos ni a qué íbamos, ni si iba a pasar algo. El espíritu nuestro era más de adolescentes recién salidos del secundario. Era como un viaje de egresados. Íbamos contentos, pero no imaginábamos lo que iba a pasar”. Y asegura: “No creo que haya un compañero que diga ‘Yo iba por sentimiento patriótico’”.
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El arribo a las Islas fue de noche. Inmediatamente la batería de Ressia acampó en el aeropuerto, que fue el lugar que tuvo que defender durante el combate. Sin embargo, por esas horas, todavía no había conciencia real de a lo que se enfrentaban. Eso, asegura el ex combatiente, ocurrió el 1 de mayo con el primer bombardeo: “Ahí tuvimos que pensar distinto. Nos dimos cuenta de que esto iba en serio, que no era una broma. Había que estar atentos y conscientes de lo que estábamos viviendo para poder salir adelante. Y salir adelante era no sólo intentar sostener la soberanía, sino cuidar nuestras vidas”.
-¿Y cómo fue durante esos días el contacto con las familias? ¿Llegaban las cartas?
Sí, hubo un tiempo que hubo comunicación, pero no todas las cartas llegaron, ni de nosotros a nuestras familias, ni de ellas a nosotros. Las cartas eran un alimento para nosotros. Había compañeros que no recibían cartas, entonces compartíamos las nuestras. La leía y se la pasaba a un compañero, y él la leía como si fuera propia. Era fundamental la noticia, la palabra de aliento, saber que nuestra familia estaba bien y que ellos supieran que nosotros estábamos bien. Igual, en mis cartas no contaba la realidad de la situación. Ponía que estaba en un lugar macanudo, para no preocupar. La imaginación es muy cruel. Nosotros estábamos en el lugar real de combate, yo sabía dónde estaba y lo que vivía. Mi familia tenía que imaginarlo, y cuando imaginás, imaginás peor de lo que es. Entonces trataba de hacer cartas aliviadas. A veces las leo y digo: “No, le estaba macaneando”.
-¿Viajaste a Malvinas con amigos?
Sí, nos juntamos en una misma batería varios conocidos de antes, del colegio, de la playa, de la adolescencia. Un grupo interesante de amigos de antes de la colimba. Incluso compartimos pozos juntos. Yo estuve con Lambertini, que hoy es presidente de nuestra entidad, y con el nos conocemos de tercer grado. Gustavo de Rosa, que hoy es mi hermano del alma, mi hermano por elección. Éramos un lindo grupo, pero lamentablemente perdimos un compañero. El 25 de mayo, al mediodía, una bomba de retardo le quitó la vida a Ricardo Gurrieri. Le quitó la vida física, porque pasó a la inmortalidad. Está en todos nosotros, siempre lo hacemos presente, siempre lo nombramos. Hoy tiene calles, colegios... Hacemos que Ricardo sea inmortal. Somos las piernas, la voz, los brazos de él. Cada cosa que hago, voy al Monumento y hablo con él mirando la placa. Lo tengo muy presente. Ese 25 de mayo fue muy triste, muy doloroso para todos nosotros. Fui convocado al entierro junto a otro compañero. Fue muy duro, pero él está en todos nosotros y está en nosotros que él sea inmortal.
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“NO ME TUVE QUE RENDIR, NI LEVANTAR LAS MANOS, NI NADA DE ESO”
Ressia recuerda que al momento de la recuperación de las Islas, él estaba todavía en el cuartel y que cuando se los informaron, “fue una alegría realmente”. Sin embargo, cuando les dieron un día franco y fueron para sus casas, mirando en televisión el discurso de Galtieri en la Plaza de Mayo, vivió una experiencia extraña con su padre: “El estaba enojado. Decía: ‘Esto es una gran macana’. Veía más allá. Nosotros estábamos mirando la situación del momento, pero él ya sabía lo que se venía. Porque los ingleses no se iban a quedar tranquilitos que izáramos la bandera. Lo que viví en mi casa fue extraño, porque me enojé con mi papá, pero tenía razón”.
-¿Cómo recordás la rendición ante los ingleses?
Yo no me tuve que rendir, ni levantar las manos, ni nada de eso. Donde yo estaba, en la posición que tenía, nos llegó la orden del alto el fuego. No podíamos seguir disparando. Sabíamos que había un alto el fuego que estaban negociando. Nos hicieron abandonar esa posición y replegarnos al pueblo. Tomamos una casa abandonada y nos quedamos ahí. Los ingleses ya habían bajado y andaban por ahí, nos cruzábamos todo el tiempo, pero había un pacto de no agresión. Estuvimos un día más y al otro día nos hicieron volver al aeropuerto. En el camino, nos hicieron tirar las armas. Nuestros jefes nos pidieron que las desactiváramos, que sacáramos piezas y las tiráramos por el camino para que no fueran utilizables. Acampamos esa noche en el aeropuerto y al otro día volvimos al pueblo para embarcar. Ahí nos hicieron tirar los cascos. Cuando llegamos al pueblo, nos pusimos en una cola y se hizo de noche. Y al final como el barco se llenó, tuvimos que esperar dos días encerrados en un galpón. Luego nos embarcaron en el Norland Hüll. Antes de subir al barco nos hicieron entregar todo lo que pudiera ser utilizado como arma, desde los cordones hasta algún cuchillo. Estuvimos en un viaje de dos días y llegamos a Madryn el 21 de junio. Esa fue mi vida de prisionero, esos días en el galpón y después los días en el barco. No puedo quejarme, no vi maltratos. No era Disney, pero era normal, respetuoso. Estaba la Cruz Roja también, que controlaba todo.
-¿Pasaste hambre durante la guerra?
Sí, pasamos bastantes penurias con respecto a la alimentación. No quiero victimizarme, pero faltó mucho alimento. Lo que mandaron de acá, nos enteramos después. Allá no lo recibíamos. Cuando nos replegamos al pueblo encontramos unos galpones que estaban hasta el techo de comida. Empezamos a comer desesperadamente. Era un mordisco y agarrar uno nuevo. Y decían que era por si la guerra se prolongaba más tiempo, que estaban reservando esa comida. Yo tenía hambre hoy ¡Dame de comer hoy! Hubo lugares que había bastante comida y sin embargo no se repartió. También había cuestiones con la comida, es decir, a los soldados nos daban cierta ración y no era toda pareja. Nuestra superioridad comía mejor que nosotros. O había cosas que llegaban y sacaban lo rico y nos daban el resto de lo que quedaba en la bolsita.
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“UNA GUERRA DEJA SECUELAS MUY DURAS”
Quiso el destino que Ressia volviera al continente el 21 de junio, que justamente era el cumpleaños de su padre. En Puerto Madryn esperaba reencontrarse con una tía, pero no fue posible. De allí los trasladaron hasta El Palomar y de ahí a Campo de Mayo, donde escuchó los gritos de alguien que lo buscaba. Era su tío, quien finalmente anotició a sus padre que había vuelto sano y salvo de la guerra.
“Me quedó la tranquilidad de saber que ellos ya sabían que yo había vuelto, porque hasta ahí nada. Lo más cruento de la guerra fue el final, los últimos dos días. Ya no había noticias, no había cartas, no había nada. Los padres, hermanos y familiares que estaban acá no sabían si volveríamos, en qué condición estaríamos. Cuando llegamos aquí el 23 de junio hubo una ceremonia en la estación de tren, nos dijeron ‘rompan fila’ y cada uno se fue para su casa. Ese reencuentro fue fantástico, fue abrazarme con mi gente y poder ir a casa, compartir con ellos unas empanadas. Hay una foto que tengo ahí donde estoy con una empanada en cada mano. Se ve que estaba desesperado”, rememora el ex combatiente.
-¿Y cómo fue volver a la vida normal?
Por suerte yo tenía una familia bien constituida y tuve mucho apoyo posterior a esa vuelta. Eso es lo que por ahí algunos no han tenido y ha costado tanto, incluso vidas de compañeros que no han podido superar esa cuestión por no tener ese apoyo que no nos dieron al volver. Hubiera sido fantástico un apoyo psicofísico. Nos dieron la baja y “arreglate como puedas”. Veníamos de una guerra y una guerra deja secuelas, secuelas muy duras muchas veces. Secuelas que uno intenta minimizar o esconder. Yo decía “No, yo estoy bien”, pero no estaba bien. En algún momento detonó algo en mí y tuve que pedir ayuda.
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-¿En qué momento te hizo ese click?
El click te hace generalmente cuando hay algo duro en tu vida, una pérdida, fallecimiento, pérdida de trabajo, separación. En mi caso, luego de mi separación tuve como un detonante. Hasta ahí había tapado todo lo que venía acumulando. Yo soy fundador del Centro de Combatientes y siempre milité e hice cosas. Ese hacer, hacer, hacer era un poco también ocultar lo que sentía. Me encantaba ayudar al otro, hacer por el otro, pero no me ayudaba a mí mismo. Era evadirme de mi propio barullo. Y cuando fue ese detonante no sabía para qué lado salir, tenía miedo y estaba confundido. Pedí ayuda para hacer terapia y eso solucionó la mitad de mis problemas. La otra mitad la tuve que trabajar durante un tiempo. Aliviané la mochila esa que llevaba un 50% pidiendo ayuda, por eso animarse a pedir ayuda fue fundamental. A nosotros nos costaba porque veníamos de una guerra. No había conciencia de lo que era una guerra. No éramos un país guerrero. No había capacitación en los profesionales tampoco. Si ibas a un psicólogo confirmaba que eras “el loquito de la guerra”. Queríamos evadirnos de eso. Y para salir de eso no pedíamos ayuda. Algunos caían en adicciones, otros en suicidio. Cosas feas por no animarnos a pedir ayuda. Hoy, después de eso, yo trabajé mucho en el tema salud porque a mí me fue fundamental eso, me dio calidad de vida.
“SENTÍ EL DOLOR, EL MIEDO, EL OLOR A PÓLVORA”
La historia posterior a Malvinas tuvo que ver con la forma en que cada uno afrontó esas imágenes terribles alojadas en la memoria. Ressia remarca que siempre fue “de soltar, de sacar para afuera todo”, pero que también hubo compañeros que “sí eran muy de guardar”. Incluso señaló que algunos se casaron y la familia de su pareja no sabía que eran ex combatientes: “En el contexto inicial, decir que uno era ex combatiente no era fácil. Te marcaba de una manera que no te favorecía. Perdías hasta trabajos. Hoy es fácil decir ‘Soy un combatiente’. Está bien visto. Ya nos conocen, saben quiénes somos, saben lo que hicimos. No somos ni loquitos, ni bichos raros. Es más, hasta los que no lo son se dicen ser ex combatientes”.
-¿Eso es en referencia a la disputa que hay entre los que fueron a las Islas y los que se quedaron en el continente?
Los que estuvieron acá también se querían considerar ex combatientes, y yo digo: “Si no saliste del cuartel…”. Tendría que haber habido grados de participación. En la guerra sos combatiente, estuviste en el continente o estuviste en la retaguardia. Y ahí se hubiera acabado el problema. Nosotros no somos jueces para estar diciendo: “Vos sos, vos no sos”. Yo crucé la isla, yo combatí, yo enterré a mi compañero, yo sentí el dolor, el miedo, el olor a pólvora, el dolor de la sangre, y eso no me pueden decir que de este lado es lo mismo. Habrán pasado la suya los de este lado, pero tiene que haber habido grado de participación, y al no haberse dado eso, llega hoy la gran confusión que se genera, que dice: “Ah, pero vos sos combatiente de las Islas”. Y sí, si no, no soy ex combatiente. Hay una gran confusión.
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-Y otra situación que genera cierta tensión es la acción que lleva adelante Julio Aro para identificar a quienes fueron enterrados como soldados desconocidos en las Islas…
Yo a Julio lo conozco desde hace muchos años. Hemos caminado juntos mucho tiempo. El incluso fue presidente de nuestra entidad en algún momento. Después prefirió salirse del Centro de Combatientes, creó la Fundación “No me olvides”, hizo cosas muy buenas, pero no tengo nada que decir de él más que lo que todo el mundo sabe. Es una persona que yo aprecio, quiero, y si tengo que hablar con él, lo hablo personalmente. Siempre lo hemos hecho. Es una persona que respeto, me respeta. La Fundación es la Fundación y el Centro es el Centro. No son cuestiones que vayan por un mismo fin, salvo lo de malvinizar, eso sí, estoy de acuerdo, pero funcionan distinto.
-¿Cómo ves la realidad política actual en función de la causa Malvinas?
Está difícil hoy. Hubo años que había un compromiso mayor. Me da temor a veces. Ahora tenemos que estar más firmes nosotros, porque volvimos a la guerra y hubo un combate posterior que fue el de la palabra, el de los hechos. Y hoy tenemos que estar bien firmes para que no se pierda todo esto de lo que es el tema Malvinas, porque a mí no me digan: “Malvinas ya fue”. No, al contrario. Malvinas tiene que estar todos los días. Malvinas es ayer, hoy y siempre, pero no por nosotros, por nuestros hijos, por tus hijos, tus nietos. Pensemos en el futuro que se viene, y no se puede olvidar Malvinas. Fue algo difícil que, en mi caso, me tocó vivirlo. Mi familia tuvo que vivirlo, pero le puede pasar a cualquiera. Si nosotros nos olvidamos de esto, o le quitamos importancia a esto, perdemos la memoria. Y estas cosas vuelven a pasar a futuro. Si uno mete la pata así, al perder la memoria, los errores los volvemos a cometer. Y no me gustaría que hubiese otra guerra, otro conflicto. Hay que estar bien atentos a eso. Y no olvidarnos de esa soberanía que tanto costó, no olvidarnos de esta democracia que tanto costó. No podemos tomar con liviandad el tema Malvinas. Es importante para todos, es la única causa nacional que une a todos los argentinos.
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