Siempre se dice que Mar del Plata es una ciudad sin identidad, que cuenta con el mismo ADN que la Argentina, o sea ser un crisol de razas o en el caso vernáculo una ciudad llena de gente que no es nacida aquí. Y una parte de razón hay. Las bondades históricas de una ciudad receptiva como pocas hace que Mar del Plata desde hace 50 años reciba gente de todos los puntos cardinales de nuestra vasta geografía. Lástima grande que en los últimos 25 de esos años el flujo de recepción de ciudadanos haya mutado hasta convertirse en un coto de caza, en una herramienta política del peor de los recursos de nuestra política berreta. La ciudad lo ha sentido, ha cobijado la elite del turismo de la década del 50’ y en estas dos últimas décadas Mar del Plata se “conurbanizó”, miserables punteros políticos prometieron el “oro y el moro” y la ciudad explotó demográficamente de manera desproporcionada, mal, sin infraestructura, con lugares impropios para la vida humana, sin servicios, generando una andanada de villas en la periferia, parte de lo peor del conurbano bonaerense. Esa es la realidad, dura, tajante, dolorosa para el marplatense nativo. Aunque es lógico que dentro de esa migración forzada y política de la peor calaña, hay gente honorable y trabajadora que honra vivir en la “ciudad feliz”.

El Mar del Plata histórico, pujante, comercial, industrial, turístico y deportivo tiene apellidos que lo han situado en un lugar preferencial. Hombres y mujeres que han hecho grande a la ciudad. Cada cual en lo suyo, poniendo su impronta, apostando al trabajo, a la familia, siendo personas de bien, positivas, influyentes, decisivas, trascendentes, competitivas, ingeniosas, relevantes, referentes.

Mirá también:  PASO: Vidal y “el cambio dentro del cambio”

La dinastía es una especie de marca registrada, de sello, de chapa, que se hereda, que es generacional. El squash de Mar del Plata tiene mucho de dinastías, de historias, de anécdotas, de hazañas, de orgullos, de copas, de medallas, de ser competitivos, de hambre. Nombres, apellidos, apodos que han marcado caminos firmes. Los Barilari y ahora ver a los pibes de Joaquín, los Albelo y ver a los hijos de Emiliano, los Cioffi, los Burdet, los Moreno, los Quintana, los Anaya, los hermanos Valenzuela y sus hijos, los Santos, los Dip, los Questa, tantos otros.

Dentro de esa nómina hay dos apellidos que han edificado una parte grande de la historia de este deporte: Roude y Romiglio. Dos apellidos que se juntaron en un lugar que se convirtió luego de una vieja cancha de pádel en un templo del squash. Apellidos que se multiplicaron en su especie y generaron una dinastía imparable. De ese Ricardo y ese Marcelo casi contemporáneos a un mandato generacional que se dio con tanta naturalidad que parece escrito por el mejor de los libros de la vida. El Richard planificó cada instante de su existir, encaminó a cada integrante de su familia propia y acompañó como nadie a la familia que venía de fábrica: padres y hermanos. Lo que él creó lo cuidó como un diamante. Lo pulió día a día, le dio lustre, lo valorizó, le dio el tratamiento preferencial que se merecían. Su compañera, su esposa, la madre de sus hijos y Romina. Pero el squash que prendió de fuerte manera en Caito y Juan Pablo. Caito hoy en un plano artístico y de acompañamiento con el deporte heredado y Juan Pablo haciendo una carrera notable, trayendo de fábrica los genes de raquetas y pelotitas negras.

Mirá también:  PASO: Vidal y “el cambio dentro del cambio”

Los Romiglio, viniendo más de abajo, se sumaron a esta Pyme deportiva. Gente de trabajo y un Marcelo que animó los últimos años del espectro local. De su descendencia han aparecido niñas y niños. Los “hombrecitos” Franco y Leandro, con dotes como el padre. Su sonajero fue la raqueta, su cuna la cancha, su letra predilecta “la T”. Franco tuvo su cuarto de hora y alternó desempeños correctos en un deporte tan individual como sacrificado. Pero ese Leandro que pintaba para crack en el fútbol de Quilmes, también perfilaba en el squash, el día y la noche, individual y colectivo, popular y de elite. Diferencias notorias, calidad en ambos. En el momento de la decisión, el ADN squashístico predominó y la sangre no traicionó su origen. Enhebró un crecimiento tan sostenido que triunfó en España y se dio el lujo de volver a su ciudad y ser número uno, de ganar cosas importantes para él y para el país. El ciclo familiar se empezaba a afianzar.

Mirá también:  PASO: Vidal y “el cambio dentro del cambio”

Por eso cada vez que ingreso al templo, paso el umbral de vidrio y piso el parquet bendecido. La mirada tiende ir hacia arriba como un imán y el guiño que llega como un bálsamo, como una mueca de saber que él lo está aprobando a su manera, tan personalista como siempre, aún en el recuerdo, aún mediante una figura que lo inmortaliza. Sabemos que su fuerte figura sigue estando, ese ámbito lo transmite con una claridad meridiana, es un momento de comunión que no se puede explicar, la emoción trasciende la razón, la lógica.

Los hijos… los hijos y el padre presente, los hijos y el recuerdo que agiganta su figura. Romiglio y Roude. Roude y Romiglio. Dos familias, dos historias, una cancha, una pasión, un deporte, una locura, pasado y presente, pasado y futuro con los hijos de los hijos…la vida…tan sencillo como eso, tanto dolor y tanta dicha…la vida en una caja con cristal, madera y pared de 6,40 por 11,66…el squash, si el squash…tan chiquito y tan grande a la vez. Sensaciones luego del éxito, de hacer las cosas bien, de seguir por el camino trazado.

Quizás el próximo miércoles cuando un grupo de herederos de esta dinastía se junten en las viejas mesas de este mítico club a comer, beber y compartir hazañas y derrotas deportivas, esa fuerte imagen se junte a la vera de la mesa a recordar viejos tiempos.

Comentarios

comentarios