SENSACIONES EN LA FIESTA DEL CINE

La emoción llegó al Festival de la mano de Coco

La óptica de Mex Faliero sobre el film de Pixar, una de las joyitas más esperadas de esta edición, y un breve recorrido por los largometrajes más trascendentes que se proyectaron durante el miércoles.

Por Redacción

miércoles 22 de noviembre, 2017

Por Mex Faliero

La nueva película de Pixar, Coco, finalmente se estrenó en el 32° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Y la presencia del film dirigido por Lee Unkrich y Adrian Molina se completará con la visita de Gastón Ugarte, el argentino que trabaja en esta compañía de cine animado y que el viernes brindará una charla magistral para todo el público.

En Coco, Pixar hace una suerte de resumen de su filmografía: podemos ver aquí elementos de Monsters Inc en cómo se pone en escena a puro movimiento un universo con sus propias reglas, y de Up! y Ratatouille en la manera en que el protagonista se enfrenta a los recuerdos y la memoria, y también a un contexto que le impide llevar adelante su sueño.

El protagonista es Miguel, un niño que quiere convertirse en cantante ante la negativa de toda su familia. Y por un elemento mágico, que hace recordar al cine de los 80’s, termina perdido en el mundo de los muertos donde irá a buscar a su tataraabuelo, lo que sirve para construir un homenaje gigante a México y su cultura. De paso, Coco es también una película sobre la cultura, sobre cómo nos hermana y construye memoria.

Y como nunca en Pixar, se cruza aquí una mirada spilbergiana por la forma en que Miguel descubre ese universo fantástico, y por cómo la cámara se instala desde su propio punto de vista. Esto, obviamente, incluye la emoción, en uno de esos finales demoledores y redondos que ingresan entre lo más perfecto de la compañía.

Dejemos de lado nuestro fanatismo por Pixar y abordemos la Competencia Internacional de hoy: dos películas que sin sobresalir no dejan de ser interesantes, como la portuguesa A fábrica de nada de Pedro Pinho y la alemana Western de Valeska Grisebach.

La primera tiene como tema central el cierre de una fábrica y la situación a la que se enfrentan los trabajadores: aceptar la indemnización o resistir con la posibilidad de formar una cooperativa y autogestionarse. El film de Pinho dura tres horas y, hay que decir, la duración no se siente gracias a un trabajo de montaje notable.

A fábrica de nada funciona cuando se centra en los trabajadores, en las discusiones que lleva adelante, con una cámara que se pone cerca de los personajes y que registra cada debate con enorme precisión y tensión. Hay otras subtramas que se abren, pero ninguna tiene la potencia del relato central. Sobre el final, la película se convierte en un musical en lo que es una ironía contra tanto cine que gusta de regodearse en la miseria ajena.

En el caso de Western, estamos ante un drama que narra el choque cultural entre un grupo de alemanes que viajan a un pueblo de Bulgaria para realizar una obra hídrica y los locales. El título, remite a esa lucha territorial que el padre de los géneros cinematográficos expuso entre civilización y barbarie. Y el protagonista se mueve con la estampa impávida de un Wayne o de un Eastwood, mientras busca distanciarse de los otros alemanes en su actitud soberbia y arrogante.

 


 

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