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El orgullo y la necesidad de informar

Por Ernesto Gallardo

viernes 8 de junio, 2018

Creo que en aquellas bucólicas tardes en la calle México 1928 del Barrio Los Andes, donde no volaba ni una mosca ya que el viejo dormía su siesta reparadora antes de ir a laburar al Casino, se forjaba una pasión. La mesa de formica blanca se aprestaba a ser un estadio en minutos. Los remedios que mi hermana tomaba en cantidades industriales por cualquier pavada, se convertirían en las estáticas, si llovía… esa mesa que minutos antes había sido usada para amasar los ñoquis, se mojaba cual chaparrón imparable, los arcos a veces eran de “Mis ladrillos” otras de fierro doblado como un arco profesional. La red eran pedazos de bolsas de cebolla que mi viejo pedía en la esquina y que en su galpón escuchando con su vitrola a Benny Goodman ó Louis Amstrong armaba con sus torpes manos las cuales eran mas dúctiles en el paño verde de la “casa de piedra” que con un martillo o una garlopa. Su obra maestra la hacía durante la mañana entre alguna canción de jazz tradicional de grandes bandas y algún vino tomado a escondidas de mi madre Esther. Mucho amor. Un chori a la plancha me esperaba en mi vuelta a casa al salir del instituto San Martín. La combi o el Chevrolet 400 cremita con tapizados rojos del papá de Fernando Palestini me dejaba para finalizar su recorrida en Rivadavia 6662. El chori estaba a punto. Era solo el prólogo del opulento manjar que la vieja estaba preparando aparte. Seguro que en la olla verde humeante la mejor balcarceña del mundo tenía infinidad de papas listas para un suculento puré acompañado con un par de bifes de cuadril aprovechando la plancha caliente. Era martes y el diarero Nicola, bostero hasta en su bicicleta, traía la biblia…llegaba “EL Gráfico” al hogar y Alberto y yo nos peleábamos para ver quien lo veía primero.Nicola se perdía por Belgrano gritando y vendiendo sus últimas “capitales” y “atlánticos”. Si en la tapa de El Gráfico ó del “Goles” salía el ratón Ayala y los títulos del “santo” con el “toto” Lorenzo el viejo tenía prioridad.Si salía el negro Galván, el Pato Pastoriza, el Pepé Santoro , el “chivo” o el “Bocha” no se iría de mis manos hasta consumirla por completo. La pulseada la gané yo, como siempre, la Libertadores ya era parte de mi vida y a San Lorenzo en aquellas épocas esa copa era lejana como llegar a Marte. Cabeza gacha y a las puteadas Alberto se volvió al galpón. Se clavó otro vino y se puso otro disco de pasta en 45 revoluciones. Le faltaban unos retoques para terminar los arcos. Tenía que ver como sostenía la tela de la bolsa de cebolla. Apeló al viejo y querido alambre. A veces los ataba en sus extremos con el mismo hilo que había atado el matambre el domingo. Todo el barrio sabía que comeríamos churrasco. Betty, Esther, Alberto y yo en la ceremonia de la comida abundante y trabajada dignamente. Mi TAB en la mesa acompañaría dos o tres raciones de ese puré denso y gustoso. Los churrascos de cuadril de Don Alfredo Corral eran anchos y grandes.

La modorra producto de una mañana intensa empezaba a hacer efecto. Al viejo le faltaba darle un toque final a su escultura futbolera. Yo sabía que podía ir armando mi estadio en la misma mesa de fórmica blanca que se usaba para todo. El alfajor PLENO que había comido antes de irme a la escuela sería la pelota. Veintidos “soldaditos” de fútbol diseminados por la fórmica eran los protagonistas. La fibra negra de la cartuchera marcaría los límites de la mesa, las áreas, el medio. El cuaderno Rivadavia del año anterior que sobró la mitad era el destinatario de crónicas posteriores llenas de pasión y ácidos comentarios. Como El Gráfico de Nicola los jugadores recibirían un puntaje generalmente generoso si eran “rojos” y duro y despiadado si eran “azules”, hoy serían operaciones de prensa pero escritos por un niño de 10 años. Las fotos de Alfieri en El Gráfico eran dibujos a color con cabriolas casi circenses y líneas de puntos para marcar la trayectoria de un tiro libre de patota Potente con bajada periodística y todo, con copete, sumario y epígrafe. Todo. Esa pasión se denotaba en esas duras hojas del cuaderno de 4to grado. Las 3 de la tarde, el mejor horario para ver fútbol según el gran José María Muñoz. Mi viejo traía su trabajo finalizado, los arcos con red!!!!.

El partido empezaba, mi viejo a su sagrada siesta. Grave problema para el futuro relator ¿Cómo relatar un partido sin gritar?. Allí se empezaba a forjar un estilo moderado y equilibrado. El partido terminaba 25 a 23 para los “soldaditos rojos” y la crónica de aquel setiembre del 72’ seguro trataba de explicar con sus textos, sus fotos dibujadas y sus holgados puntajes, lo que había sentido en esa mesa que marcaba el comienzo de una pasión. Grité unos cuantos goles, con especial énfasis en los “soldaditos rojos”. El shhhhhhhhhh retronaba desde la pieza del medio contra el vestíbulo. Nada debía alterar la siesta del viejo que laburaba de noche en el “sinoca”. Creo que hemos hecho callar al heladero de “Laponia” con su penetrante voz que decía “palito, bombón helados” para no despertar al viejo.

Ya estaba grande para soldaditos, el tiempo había pasado. El fútbol lo jugaba en el patio, en la calle, en el IMES o en el potrero de San Martín y Chile o donde viniera. Luego el rock and roll empezaba a llenar también mi alma apasionada. El Industrial de 14 de julio y Gascón marcaría mi vida. El fútbol, las chicas y el metal atormentaban mi existencia. Los viejos bancos de madera del 1ro 11 mostraban en las horas libres mis deseos de seguir relacionado al fútbol relatando partidos con el negrito Biondi. En el Mundial de España 82’ mis compañeros de aquel sexto Automotores ponían a mi criterio que les comentara a los profesores de entrada nomás si había visto Austria-España ó Australia- Camerún. El tema era zafar del examen con Jorge Didio ó Somariva. Allí ya empezaba a sentir la presión de hacer una buena crónica. Cuatro años después y en pleno enamoramiento con mi gran amor eterno Alejandra, la fosa de Rectificaciones El Inca ya era el salvoconducto para escuchar “Juego Limpio” y llamar a hurtadillas de los jefes para ganar algún concurso que proponía Juan carlos Morales, Macías, Puleo, Sergio o el gran Luis Carlos.

Ya los pistones y las tapas de cilindro me importaban poco. Quería saber que ocurriría con la Selección Argentina en el Mundial de México o lo que hacía San Lorenzo de Mar del Plata, mi otro amor. El periodismo empezó a introducirse en mi mente de otra manera, de otra forma, con otra impronta, me indicaba que ese sería el camino. Un pistón de barco de 400 kilos aceleró los tiempos y mi dañada pierna fue el final de los fierros para comenzar con la lapicera, el papel, la máquina de escribir, los grabadores, la comunicación. El maestro Eduardo Bouisson debía esmerarse para que con este muchacho ya grande y aún con grasa en sus ropas, empezara a mostrar lo que evidenciaba desde aquella mesa de fórmica blanca de México 1928.

Todo lo demás pasó muy rápido, casi como uno de los flashes que hago cada mañana desde hace casi 30 años. El mameluco lleno de grasa y aceite se transformó en otro mameluco limpio y a veces con corbata y que habla mejor que antes, ese mameluco que todos los días llevo como comparación del trabajo duro y anónimo. Aquel día que no recuerde esas raíces todo habrá terminado. El ADN del mameluco siempre tendrá que estar presente, el pesado bolso negro siempre deberá estar en mi estirado brazo derecho y la sorpresa de aquel gol que vendría en aquel picado de la mesa de la cocina y que luego escribiría en el cuaderno Rivadavia jamás deberán borrarse de mi memoria profesional.

El orgullo y la necesidad de informar, tan imperioso como amar, como sentirse vivo. Ser periodista las 24 horas del día, los 365 días del año. Y la historia continúa con una descendencia que enorgullece y avanza.

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