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Discapacidad, movilidad y transporte

Por Fernando Poó

miércoles 5 de diciembre, 2018

En el Informe Mundial sobre la Discapacidad que la Organización Mundial de la Salud publicó en el año 2011 se señalaba que el 15.3% de la población mundial tenía o había tenido una discapacidad severa o moderada, y que un 2,9% experimentaba una discapacidad severa (OMS, 2011). Por otra parte, en la región de América Latina y el Caribe, la incidencia de la discapacidad en la población llega al 14,1%. Las dificultades que estas personas experimentan para su desplazamiento limitan sus posibilidades de movilidad y de acceso a recursos, actividades, y  vínculos personales, de manera que se conforma un círculo vicioso difícil de quebrar sin políticas públicas que los favorezcan. No es casual que los niveles de analfabetismo y desocupación sean más altos en este grupo que en el resto de la población latinoamericana.

A diferencia de lo que podemos creer, la discapacidad no es una condición individual, sino el resultado de la interacción entre las características de las personas (o sus condiciones de salud), de las actitudes hacia ellas, y de las condiciones ambientales que facilitan o impiden su inclusión plena en la sociedad (Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, 2006).

En el caso del transporte se conjugan aspectos de infraestructura, de tarifas y de oferta que limitan la inserción social de las personas con discapacidad. En cuanto a la infraestructura, es importante distinguir entre los vehículos y el ambiente construido. Los vehículos (e.g. colectivos) no suelen estar diseñados de acuerdo con las necesidades de la población discapacitada, y es raro que existan condiciones de accesibilidad adecuada (e.g. rampas). El ambiente contruido no es menos problemático. Son raros los dispositivos que colaboren con una movilidad segura, como semáforos parlantes para no videntes. El estado de las veredas suele ser muy malo y la mayoría de las esquinas no cuenta con rampas. Peor aún, hay muchos obstáculos que impiden una correcta visibilidad, o el desplazarse sin inconvenientes, como autos invadiendo la senda peatonal. En cuanto a las tarifas, los vehículos especiales y adaptados suelen ser muy costosos, y también es costoso mantenerlos operativos. Ambos factores se traducen en tarifas elevadas que suelen ser inaccesibles para muchas personas. El vehículo privado, presenta problemas similares. Es caro, y en la mayoría de los casos su diseño no está adaptado a necesidades especiales (Stenfield, 2011). Como alternativa, aparecen ofertas informales que suelen ser de baja calidad.

Ante estos problemas se proponen modificaciones ambientales para favorecer la inserción de las personas con discapacidad. El Diseño Universal es un enfoque que proviene de la arquitectura y del diseño que reconoce que el ambiente es el que genera discapacidad y exclusión. Desde esta perspectiva, se sostiene que los ambientes deben diseñarse para integrar a la diversidad de usuarios. El Diseño Universal se basa en los principios de equidad, uso flexible e intuitivo, percepción simple de la información, disminución de las consecuencias negativas de los errores, baja demanda de esfuerzo para su uso, y adecuación a distintos tamaños de cuerpos y rangos de movilidad. Estos principios pueden aplicarse a distintos niveles y para distintos usuarios. Veamos algunos ejemplos entre muchos posibles. En el caso de los peatones se puede aplicar al diseño del ancho de las veredas, rampas y pendientes, la segregación del tránsito, el control de obstáculos a la altura de los ojos y el control del exceso de basura. En el caso del transporte público, se puede mejorar la entrega de información con cartelería adecuada, mapas dactilares, sistemas de audio, o el uso de nuevas tecnologías; también se pueden modificar las zonas de ascenso y descenso de pasajeros para personas con movilidad reducida. El nivel en esos casos debe ser cero, y si no es posible deben proveerse sistemas mecánicos a tal fin. También debe contemplarse el diseño de los vehículos para incorporar aspectos como el ancho adecuado para usuarios con sillas de ruedas, mayor apertura de puertas, agarres, y cinturones de seguridad adaptados.

De los cambios en los sistemas de transporte depende el nivel de accesibilidad de las personas con discapacidad. Se estima que el número de personas en esa condición aumentará a medida que aumente el envejecimiento poblacional, ya que es entre los mayores de 60 años que las tasas de discapacidad son más altas. Las modificaciones pueden realizarse progresivamente, con planificaciones a largo plazo y con metas parciales. Sólo un ambiente vial que contemple necesidades de forma universal logrará ser inclusivo.

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