ARA San Juan: un cumpleaños, un alambrado y el dolor de la impotencia

Este viernes, Alberto Cipriano Sánchez, uno de los cuatro submarinistas marplatenses que iba a bordo del navío cumplió 48 años. El recuerdo emotivo del tripulante, desde la voz de su mamá Mirtha, su hermana Alejandra y su esposa Marcela.

Por Redacción

domingo 3 de marzo, 2019

Por Bruno Perrone

– Lo único que me queda de él es este alambrado.

Así, con ese dolor que elude y enfrenta el paso del tiempo y que sin preguntar se estanca en lo más profundo del corazón, Alejandra Sánchez sintetiza lo que representa la ausencia, aún inexplicable, de su hermano Alberto Cipriano, uno de los cuatro marplatenses que iba a bordo del submarino ARA San Juan.

Hay un único alambrado al que puede hacer referencia Alejandra, y es el que se encuentra en el acceso a la Base Naval de Mar del Plata. Desde la primera incertidumbre que marcó un antes y un después en aquel noviembre de 2017, esa fría red metálica se convirtió en una postal indiscutida de la lucha fervorosa que mantienen los familiares “de los 44” a través de la escolta de banderas incesantes que, desde su lugar, también le intentan hacer frente al paso del tiempo y, sobre todo, al fantasma del olvido.

Para ella, sin embargo, el recuerdo de su hermano está cada día más presente que nunca. Pero este viernes primero de marzo junto a Mirtha Laz, su mamá, decidió acercarse y evocarlo frente a las instalaciones del predio portuario porque no se trata de una fecha más: se trata del cumpleaños número 48 de quien se desempañaba como suboficial primero en el navío.

La angustia de la lluvia y del gris que se atrevió a confundir el cielo con el mar de la ciudad no significó tampoco barrera alguna para que tanto la hermana como la madre de “Alber” estén otro día más en la Base Naval, reparando sus banderas, para que se mantengan ahí, sobre el alambrado, tan firmes y fuertes como lo están desde el primer día.

“Es un día triste pero lleno de recuerdos, que es lo que básicamente tengo de mi hermano. Y bueno, también este alambrado: a diferencia de otros que quizás tienen el mar o un lugar para descansar, nosotros no tenemos más que un alambrado. Es lo único que me queda de él”, reconoce con emoción en un mano a mano con El Marplatense, Alejandra.

En ese sentido, la familiar del tripulante confiesa que la evocación diaria y permanente, y al mismo tiempo inevitable, la hunde en una “sensación muy pero muy triste”. “Nunca imaginamos esto pero igual para nosotros no terminó nada: seguimos luchando y lo vamos a hacer hasta saber la verdad, hasta saber lo que pasó y tener algo de él que nos ayude a entender y asimilar”, garantiza.

Alejandra, además, afirma que la pérdida de su hermano es una herida que no va a “cerrar”, que es irreversible, y que “duele toda la vida” por todos los actos “injustos” que concluyeron antes y después del fatídico hecho. “Lo que duele es el abandono, la traición, y esas son cosas que no dejan cerrar la herida; por ahí alguien te lastima y lo perdonás, pero algo que está roto, por más que lo arregles, siempre va a estar roto”, grafica.

Al compartir su mirada, la hermana del marplatense se distancia de la versión con la que ha insistido el Gobierno desde la confirmación de la tragedia y asegura que los tripulantes no “dieron la vida por la patria” y que está mal considerarlos “héroes” del país. “Morir por la patria es morir en una guerra y a mi hermano no le pasó eso; la gente que maneja la patria le sacó la vida a mi hermano y a sus compañeros. Y tampoco nadie es un héroe por quedar abandonado en el mar; eso únicamente te convierte en víctima”, sentencia.

“VIEJA, YA LLEGUÉ… UN VIAJE BÁRBARO, DESPUÉS TE CUENTO”

Mirtha tampoco sale de la emoción. Aunque la quiera evitar, la encuentra siempre en el recuerdo de Alberto Cipriano. Su llanto y su voz desgarrada sólo exhiben parte de la impotencia que siente por no tener certezas de la muerte de su hijo y mantener aún, después de más de un año, la esperanza por un retorno que no llegará.

“Hoy, él no está ni con su esposa, ni con sus hijos o sobrinos, ni con su hermana ni conmigo, y es mucho el dolor. Todos los días es el mismo dolor y la misma espera. Yo pienso todos los días cómo estará. Eso es lo que me pregunto; no puedo dejar de pensar. A veces estoy comiendo y pregunto si tendrá hambre o frío; son preguntas que no las puede explicar el que tiene el dolor solamente. Es el día a día”, manifiesta.

Por la falta de claridad que todavía advierte en la investigación de los hechos, la mamá del submarinista, al igual que otras, dice que no “puede creer” la dimensión de la tragedia y que por eso espera en cualquier momento el llamado de “Alber”, tal como solía hacer después de culminar cada navegación: “Siempre me llamaba él y me decía ‘vieja, ya llegué… un viaje bárbaro, después te cuento bien todo”.

Pese a todo, Mirtha comenta que estar en la Base Naval le da “algo de tranquilidad” por ser el lugar que transitó su hijo durante “tantos años”. “Saber que pasó siempre por esa puerta, que tocó esto o lo otro, me tranquiliza un poco. Quizás para otro no es nada, pero para mí significa mucho”, justifica.

Y si bien no esquiva las críticas a la Justicia, la madre del suboficial primero del submarino dice que conserva intactas tanto la fe como la esperanza. “Eso es lo que me moviliza. Y tengo toda la fe depositada en la jueza Marta Yáñez para ver qué hará. Esto se tiene que descubrir sí o sí”, reclama, y concluye: “Yo, personalmente, quiero el reflotamiento pero si no se pudiera hacer, lo que quiero es que bajen cámaras subacuáticas para ver qué hay adentro de esa nave. Yo quiero saber qué quedó ahí porque algo tiene que haber quedado. Hasta que no vea eso yo no me voy a convencer de nada”.

LA ÚLTIMA MISIÓN

Marcela es la esposa de Alberto, con quien tiene dos hijos: Juan Ignacio, de 9 años, y Julián, de 15. El escepticismo sobre el hallazgo del navío a más de 900 metros de las profundidades del mar y las dificultades para sobrellevar la vida cotidiana no pueden no repetirse en sus palabras.

“La verdad que es muy duro todo. Trato de seguir como puedo pero la verdad que se hace difícil. Por un lado sé que lo encontraron, pero como no he visto algo que me demuestre nada, me cuesta creer. Me cuesta mucho todo. Lo extraño un montón: trato de que él esté conmigo cada minuto para darme fuerza y seguir”, explica.

A partir de la desaparición del submarino, con los hijos también hubo una labor “difícil”: como pudo y como supo, Marcela se cargó en sus espaldas la responsabilidad de hacerles comprender la pérdida de “Alber”. Demandó meses: al principio, la única explicación de la ausencia era que papá seguía en plena navegación pero después de lograr una lenta asimilación, según asegura, los dos chicos “ya están al tanto de todo” a esta altura.

Ellos sufren de una manera tremenda y no pueden soportar que no venga. Es durísimo. Tienen sus días y momentos. Pero los tres lo extrañamos mucho. Yo tengo todo como cuando él se fue de acá, y es imposible no recordarlo a cada lugar que vas de la casa”, señala.

Alberto nunca enviaba vídeos antes de emprender una navegación, pero en esta oportunidad había decidido compartirles un mensaje, que sin pensarlo se transformaría en su último contacto: “Este es un vídeo para Julián, Juani y Marcela. Los quiero mucho. Yo ahora en un ratito ya estoy para salir. Y bueno, les mando un beso enorme. Los quiero un montón. En veinte días, veintipico de días, si Dios quiere, ya voy a estar allá con ustedes. Esperen y pórtense bien. Acá en Ushuaia hace frío pero hay sol. Bueno, los quiero y los amo”

La esposa, incluso, revela que al submarinista ya no le correspondía hacer más viajes. En realidad, ni siquiera debía haberse embarcado en noviembre de 2017; un año antes, ya le habían dado la posibilidad de cambiar su rol en la fuerza pero, por ese azar que se entromete en el destino, decidió continuar un tiempo más con sus misiones en el mar. “Alberto ya estaba pasado de millas navegadas. Estuvo en la Fragata Libertad como un premio y hasta llegó a estar en la Argentina. Él ingreso a la Armada en 1991. Y con este viaje ya le daban el pase al comando de fuerzas de submarino”, precisa.

Tanto Alejandra, como Mirtha y Marcela coinciden en su descripción: priorizaba la familia, el trabajo, era inquieto, responsable; también algo “rezongón”. Así es el recuerdo de la personalidad de Alberto Cipriano que cada día lo mantiene vivo entre sus seres más queridos.

Además de desempeñarse en la Armada Argentina, el submarinista marplatense tenía otro trabajo que consistía en la reparación de teléfonos celulares, tablets, dispositivos electrónicos varios y compresoras. Todo lo hacía desde un “tallercito” que montó en una habitación de su casa y que todavía permanece intacto.

“Siempre tenía como prioridad el trabajo. Por ejemplo: si había mate, primero hacía el trabajo y después se daba un tiempito para tomar mate. Era muy responsable: primero quería hacer lo que tenía que hacer”, rememora su esposa, quien también resalta su actitud para “pelear por su gente” en las fuerzas: “Era muy justo en todo: si tenía que decirle algo a alguien que estaba en un escalón más que él, se lo decía igual y delante de quien sea. Nunca se callaba la boca”.

Su hermana también enfatiza en el “fanatismo” que tenía por los autos y no evita la sonrisa cuando recuerda alguna de las travesías que supo hacer de chico en el barrio Jorge Newbery: con tal de satisfacer el gusto de la mamá, “cortaba cuánta flor había por la zona para llevarle todo a ella en una bolsa”. “El vecino de la esquina se molestaba porque tenía una planta de jazmines y Alber jamás le dejo ver uno porque se los cortaba. Hoy, a veces, cuando camino por ahí, lo sigo viendo con su bolsita”, afirma.

 UNA SEMANA CLAVE

Desde el martes, en el Servicio de Hidrografía Naval que depende del Ministerio de Defensa de la Nación, la jueza de Caleta Olivia junto a los abogados querellantes dio el puntapié inicial del análisis del último de los tres discos que aportó el buque Seabed Constructor de Ocean Infinity, que contiene parte de las 67 mil imágenes que se recopilaron tras el hallazgo del submarino, ocurrido el 17 de noviembre del año pasado.

Se trata, según lo que había explicado a este medio la letrada Lorena Arias, de registros sonares y no ópticos pero que “servirán mucho para el estudio de la causa” y para determinar las eventuales razones de la tragedia. De no surgir inconvenientes, el examen ya debería estar finalizado “en tres o cuatro días”. “Esto es como cuando uno ve una ecografía, uno ve imágenes pero no son ópticas pero sí sirven a los especialistas y técnicos para ver cuestiones de profundidad y otras dimensiones. Se conforma por millones de puntos y por distintos colores y demás y muestra cómo está el objeto encontrado”, detalló.

Sin embargo, para las familias, todo el interés está depositado en el primer disco, que es el que contiene otras fotos del navío, y el cual ya fue observado por la jueza en el transcurso de diciembre. Una vez que se culmine con este último análisis, se llamará a una audiencia con familiares para que tengan acceso a parte de los registros. “Queríamos tener primero acceso al 100 por ciento de la información para después brindárselas. Pero queremos llamarlos lo antes posible, por lo que ya sería en este mes. Es algo que tenemos que definir en estos días”, confió una de las representantes legales de las querellas.

En este marco, la esposa de Alberto también se mostró esperanzada con que los resultados de esta etapa permitan avanzar con imputaciones para definir responsables. “Espero que ya imputen a alguien y vayan presos todos los que tienen que pagar por esto. Nos arruinaron la vida a todos”, expresó Marcela, quien consideró: “El presidente Macri y el ministro (NdeR: Oscar Aguad) son los primeros responsables, así como todos los que firmaron para que el submarino sabiendo que no estaba en condiciones. Espero que paguen todo”.

A la fecha, la investigación de la tragedia que tiene a su cargo Yáñez sigue caratulada por “averiguación de ilícito”. De las 44 familias, sólo 26 decidieron presentarse como querellantes, y su representación se divide entre los estudios de los abogados Valeria Carreras y Fernando Burlando, Lorena Arias y Luis Tagliapietra, quien también es papá de uno de los submarinistas del ARA San Juan.

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