Todos somos iguales, pero todos somos distintos

Por Fernando Poó

miércoles 31 de julio, 2019

Es una afirmación obvia, pero que esconde sutilezas que no son visibles si solo se destaca su trazo grueso. Es a la vez una afirmación política que está en el centro de los debates que conforman la perspectiva de género. Poco a poco, esos debates han generado cuestionamientos y preguntas en todas las ciencias sociales. La Psicología del Tránsito no ha sido una excepción. Dentro de esta sub-disciplina los trabajos que se ocupan de examinar las diferencias entre los géneros pueden clasificarse en dos grandes líneas. En la primera, y de mayor volumen, se analizan diferencias en comportamientos viales que se asocian con el sexo biológico, es decir, con la condición anatómica de varón o de mujer. La segunda línea, mucho menos visitada por los investigadores, incluye el análisis de la relación entre los comportamientos viales y los roles de género percibidos, los estereotipos de género y el sexismo.

La evidencia disponible dentro de la primera línea de trabajos señala que los varones son más hábiles a nivel perceptivo y motor que las mujeres. Sin embargo, las habilidades motrices y perceptuales se asocian con exceso de velocidad, un mayor número de choques y de multas por infracciones, y una mayor mortalidad por siniestros. Por el contrario, las habilidades seguras se asocian con la conducción prudente y cordial, un estilo que es más predominante entre las mujeres. Por otra parte, los varones, especialmente los jóvenes, obtienen puntajes más altos en los estilos de conducción riesgoso y agresivo. Algo que se refleja en comportamientos como conducir a alta velocidad, no respetar las distancias entre vehículos, conducir bajo los efectos del alcohol, y/o no utilizar mecanismos de protección como el casco o el cinturón de seguridad.

Los resultados que se inscriben dentro de la segunda línea de investigación señalan que la identificación con el rol de género masculino se asocia con un mayor número de choques, comportamientos desadaptativos y mayor cantidad de infracciones, mientras que el rol de género femenino se asocia con comportamientos más seguros. Más aún, la identificación con formas más estereotipadas de masculinidad se relacionan con exceso de velocidad, y agresión durante la conducción. Estos trabajos, al igual que los señalados en el párrafo previo, se limitan a establecer relaciones entre atributos y comportamientos, pero no implican un vínculo causal. Los estudios experimentales son los únicos que permiten referirse a causas para los comportamientos. En un trabajo de este tipo, se expuso a un grupo de varones a palabras con contenido típicamente masculino y a otros dos grupos se los expuso a palabras con contenido femenino o neutro, respectivamente. El resultado fue que quienes fueron expuestos a palabras masculinas excedían la velocidad durante la prueba mientras que los otros no lo hacían.

Los estudios sobre estereotipos señalan que las diferencias de género están vinculadas con pautas de socialización que definen entre otras cosas que conducir es una tarea masculina y no femenina. Esos mensajes sociales sostienen que las mujeres no tienen las habilidades necesarias para manejar entre las que se cuentan estimar distancias o reaccionar con velocidad. El reverso de estos mensajes es que los varones sí poseen esas habilidades. Cuando las pautas de socialización son explicitadas en contextos de investigación su influencia se hace presente. Por ejemplo, en un estudio en el que las mujeres fueron expuestas a condiciones experimentales con énfasis en las diferencias de género durante la conducción cometían el doble de errores que las mujeres que eran expuestas a condiciones equitativas. En otro estudio, se observó que si bien el desempeño de varones y mujeres en una tarea de estimación de distancias era equivalente, las mujeres evaluaban su rendimiento de peor manera comparadas con los varones.

Los estudios en psicología del tránsito con perspectiva de género no son abundantes, sin embargo, tienen la potencia de señalar como las pautas de socialización condicionan comportamientos que naturalizan la exposición al riesgo por los varones, o peyorativizan el desempeño de las mujeres. En ambos casos, los resultados no son buenos, van desde la posibilidad de lesionarse y morir para los varones, al malestar emocional en el tránsito o la limitación de la movilidad para las mujeres.

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