“¡Acelerá, no tengas miedo maricón!”

Por Fernando Poó

miércoles 7 de agosto, 2019

Eso le decía un hombre a su hijo de 10 años hace algunos días mientras el niño conducía por la ruta 101, que une las localidades de General Pico y Speluzzi, en la Provincia de La Pampa. En el video que el padre filmó se escuchan comentarios que incentivan al niño como “ATR gato, perro”, “Vamó manejando con los pibes”, o “acá manejando con el piola vago”. En un momento, entre las indicaciones que hacía sobre como mantener el control del vehículo, el hombre le pide a su hijo que salude a la cámara. Por supuesto, el niño saca una de sus manos del volante para hacer un gesto con el pulgar hacia arriba en dirección a su padre. Las imágenes no son muy claras, pero parece que ninguno de los dos usaba el cinturón de seguridad. En algunas de las notas en las que se difundió este hecho los periodistas afirmaban, de manera errónea, que el hombre le enseñaba a conducir a su hijo. El error de esa afirmación es suponer que enseñar y aprender a manejar es transmitir una serie de habilidades técnicas como mantener el control lateral del auto, o una velocidad de desplazamiento constante. Sin embargo, enseñar a conducir también es transmitir una valoración positiva de la seguridad, y, al mismo tiempo, una valoración negativa del riesgo. También implica enseñar a respetar las normas de tránsito, que a diferencia de lo que muchos pueden creer, tienen como principal función proteger a los usuarios, lo logren o no. Ahora bien, mi intención no es profundizar sobre los elementos que hacen a la educación vial, sino destacar como en esta situación se despliegan ciertas pautas típicas de la socialización masculina en el tránsito.

La socialización de género es la interiorización de valores, expectativas y comportamientos que en un determinado tiempo histórico y contexto social y cultural se le atribuyen a ser varón y a ser mujer. Este proceso, que comienza posiblemente cuando se conoce el sexo que tendrá un/a niño/a al nacer y que continúa toda la vida, conduce a la identificación con un determinado rol de género, que no es el resultado de diferencias biológicas y estadísticas entre varones y mujeres, sino de roles sociales que no son absolutos ni permanentes pero que se presentan de manera complementaria y, muy a menudo, estereotipada.

Convertirse en un varón cis y heterosexual implica un complejo proceso de construcción identitaria donde confluyen modelos y expectativas sociales. Tradicionalmente, en la conformación de la masculinidad interactúan mandatos, imágenes y acciones que alientan la conformación de un ideal de varón activo y temerario; un varón que para convertirse en un buen ejemplar de su género debe asumir riesgos, ostentar cierto grado de agresividad y sobre todo no parecer una mujer. Para ello es importante que evite comportamientos que lo ubiquen en el terreno de la pasividad o de la duda. El varón debe ser audaz, arriesgado, dominante y sin miedo. Si no lo fuera podría ser considerado maricón, una forma peyorativa de decirle que se parece a una mujer.

La conducción ha sido y sigue siendo una tarea asociada a la masculinidad, sea estereotipada o no. La afirmación de sí mismo, la independencia, la habilidad motriz y el logro económico están encarnadas simbólicamente en los automóviles. La velocidad, y, en consecuencia, el riesgo, se presentan como atributos que les son inherentes.

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