La plaza donde nada se pierde y todo se transforma

Reinventarse para tener un ingreso económico, al menos dos veces a la semana, a través de productos usados, pero reciclados para lograr su venta. La vida de los feriantes de Plaza Dardo Rocha, un paseo de compras al aire libre.

Por Redacción

lunes 26 de agosto, 2019

Por Germán Ronchi

La Avenida Pedro Luro es una de las arterias principales de Mar del Plata. A la altura de Dorrego, 14 de Julio y 20 de Septiembre está una de las siete plazas fundacionales de la ciudad: Plaza Dardo Rocha. Martes y viernes el paisaje lo componen cientos de personas, tablas, caballetes, mesas, algún que otro gazebo, mantas y distintos artículos usados para la venta: la ya famosa Feria Rocha, que funciona desde el año 2013. Por entonces, había una decena de feriantes, que se trasladaron desde la Plaza San Martín. “Todas las ventas se hacían por internet. No dejaban tirar una manta, hasta que un día nos encontramos con la plaza vallada porque la iban a arreglar. Entonces nos dieron la Rocha como alternativa. Acá se tiraron las primeras mantas”, le cuenta Alejandra Díaz, una de las referentes de los puesteros, a El Marplatense.

A mayor crisis, menor el espacio libre para tirar una manta y vender en Plaza Rocha.

Imposible invisibilizarlos. Casi todas las líneas de colectivos pasan por allí. Y todos miran, algunos bajan. Llama la atención, no porque sea extraño o poco común; esta es una modalidad que se utiliza en todo el país y también en el exterior. Lo llamativo es el crecimiento demográfico de la plaza. El último censo oficial realizado por el Municipio y Desarrollo Social fue hace dos años y marcaba alrededor de 500 feriantes. Claramente, hoy son más; alrededor de 1300 se estima.

“Seríamos 10 personas. A raíz que fue creciendo la desocupación, cada vez más gente se va sumando y la plaza se está desbordando” afirma Díaz. Y continúa: “Este último año creció increíblemente. Además aparecieron muchos adolescentes. Ya no hay lugar. Incluso la semana pasada en la plaza de al lado (Mercado de Pulgas) se pusieron manteros, porque acá ya no había lugar, vino Inspección y nos pidieron que les hiciéramos un lugar; habían llegado a las 15 cuando hay gente que está desde las 6 o 7 para conseguir un hueco. Nadie niega un espacio, pero hay que venir temprano como lo hace la mayoría para conseguirlo”.

Otra de las referentes es Vanesa Córdoba. Es una de las primeras en llegar. Alrededor de las 6 de  la mañana comienza a armar su puesto. Alejandra llega 7.30 y ya hay gente instalándose, y “su lugar” está a disposición. “No es mío pero hace años que estoy ahí. Cada uno respeta sus lugares, pero aparecen los “manteros golondrinas” y se ponen en donde quieren, entonces empiezan las discusiones y acusaciones: ¿quién sos? ¿cuando lo compraste?”, comenta Alejandra.

A lo que Vanesa agrega: “De todas formas hay un orden más o menos establecido por nosotros. Imaginate que si la feria está hace seis años, hace cuatro que se empezó a llenar el centro y comenzamos a armar por afuera. No somos dueños del espacio, pero hace cuatro años que trabajamos en el mismo sector, entonces creemos que a partir de eso tenemos cierta prioridad para armar nuestro puesto”.

El puente

“Son ocho días al mes que trabajamos y es muy poco el dinero que podemos llevar a nuestras casas y esperemos que todo mejore. Que la plaza sea un puente para otra cosa mejor”, reconoce Vanesa, quien tuvo que dejar trunca la carrera de Bioquímica.

“Esto es una feria de supervivencia, no venimos porque nos gusta. Somos trabajadores excluidos del plan laboral. Si nosotros tuviéramos otra alternativa, lo dialogaríamos con Nación, Provincia o mismo la Municipalidad”, amplió Alejandra.

Nada es más simple, no hay otra norma. Todo se transforma

Cuando la situación es crítica en el plano profesional y laboral, el ser humano tiende a reinventarse. Lo hizo Vanesa, como otros feriantes que están jubilados de sus profesiones; también hay maestras y profesores. “Acá hay jefas de familia, maestras, profesores, gestores, remiseros y otros tantos que tuvieron que cerrar sus locales”, afirman.

En la Plaza Rocha se pueden encontrar juguetes, ropa, herramientas, electrodomésticos. Todo usado, pero en buenas condiciones. “No tiramos las cosas por ahí. Todo lleva un proceso, comprar las cosas, lavarlas, arreglarlas, plancharlas. Todo para que la gente quiera llevar ese producto. Si tirás las cosas como vienen, no te compra nadie”.

Beneficios para (casi) todos

Es un punto pintoresco del macrocentro de la ciudad. Y se ha vuelto un paseo turístico, atractivo para marplatenses y visitantes. El feriante encontró en la Plaza Rocha un lugar para comercializar sus productos que, por ser usados, son más baratos.

“Representamos una ayuda económica para los hogares porque ya hay gente que no puede comprarse una ropa nueva, electrodomésticos, herramientas o juguetes. Yo vendo juguetes y para el Día del Niño pensé que no iba a vender nada porque ¿quién va a comprar juguetes usados? y me sorprendió. Lo nuevo ya no está al alcance. Somos una alternativa para los demás también”, destaca Vanesa Córdoba.

“Hay vecinos que se manifiestan molestos, pero por ejemplo los comerciantes de la zona están muy contentos porque trabajan más los martes y los viernes con la gente de la feria. Donde vayamos vamos a ser una molestia”, reconoce Alejandra.

Manteros golondrinas

Los esporádicos; los que van de aquí para allá; los feriantes de ocasión. Están, siempre. Pero sobre todo en verano. Etapa en la que, según le contaron a El Marplatense Vanesa y Alejandra, “se llena de gente de Buenos Aires. A veces ´pagamos el pato´ nosotros porque llegan, venden todo y se va dejando todo sucio. La otra es que a veces vienen a vender cosas nuevas y los controles no alcanzan; serán 15 los inspectores para toda la ciudad. Tiene restaurantes, la costa y otros paseos y no pueden estar acá todos los martes y viernes. Esto se llena de gente de afuera, y uno no puede echarlos porque es vivir peleando. Como se llena la Peatonal, se llena acá”.

Los inconvenientes

Más allá de las cuestiones que refieren a la Ordenanza y a las luchas constantes con el Municipio por el espacio, el posible traslado, las mesas y gazebos, también hay situaciones incómodas. Se puede decir que la Plaza Rocha es el reflejo de una sociedad entera.

Por tanto, como en cualquier sociedad hay “borrachos, drogados, robos, pero nos cuidamos entre todos. Acá convivimos martes y viernes y se hace una gran familia. Si uno va al baño, el otro se queda alerta porque siempre está alguno que manotea”, comentan las referentes de los feriantes y asimismo reconocen que “hay gente que deja la plaza sucia, no está el ´verde´ que uno quisiera. Aunque reclamar un verde no tiene mucha lógica cuando hay q gente que no tiene para comer”.

Y en relación a los robos, Vanesa Córdoba sostuvo que “tratamos de llevar un control y un orden. Cuando vemos una actitud sospechosa, lo denunciamos. El Estado está ausente y necesitamos que pongan orden porque hay más de mil personas acá. No podemos hacer nosotros el trabajo de ellos. Si hay cosas que no tienen que estar, que las controlen y lo prohíban como la venta de lo nuevo, alimentos, lo robado. Necesitamos una ayuda y no una restricción. No podemos actuar de policías, inspectores, bomberos, feriantes. Los papeles tienen que estar bien claros y cada uno cumplirlos”.

Pero al mismo tiempo, las “líderes” de la agrupación que cuenta con más de 500 inscriptos, reconocieron que “nosotros estamos de acuerdo con pagar un cánon como los otros feriantes, pero primero tienen que regularse otras cosas, porque por ejemplo a nadie le gusta trabajar en el piso”.

Martes y viernes. Plaza Rocha. Se reinventa lo laboral, se recicla lo usado por vender. Todo se transforma.

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