El transporte y el bienestar psicológico de los niños

Por Fernando Poó

miércoles 4 de septiembre, 2019

Todos deseamos sentir bienestar. Es decir, queremos estar sanos, ser prósperos, tener buenas relaciones sociales, y sentirnos a gusto con quienes somos. El bienestar es una aspiración más modesta y menos intensa que la felicidad, pero posiblemente sea más duradera y más fácil de alcanzar. Más aún, es posible que nuestro interés por sentirnos bien sea mayor que nuestro interés por ser felices. Esta afirmación puede ser polémica, pero un pequeño dato puede servir a modo de ejemplo: una búsqueda en internet con la palabra bienestar arrojó más de trescientos sesenta millones de salidas, mientras que una búsqueda con la palabra felicidad alcanzó apenas un tercio de ese total. Si aceptamos que internet es reflejo de nuestras inquietudes, no debe sorprendernos que muchas de nuestras decisiones cotidianas las realicemos con la intención de experimentar bienestar. Sin embargo, de forma paradójica, es posible que nuestras acciones hagan difícil que logremos ese objetivo. La mayoría de nosotros acordaría en tolerar algunas de las consecuencias  indeseadas de nuestras decisiones, siempre que no recaigan sobre otros, principalmente sobre los niños. Pero ¿Qué pasa cuando esas decisiones afectan su bienestar? ¿Nos sentimos igual de tolerantes?

El transporte es un ámbito, como muchos otros, donde los niños deben adaptarse a las decisiones de los adultos. En el dominio psicológico esas decisiones pueden afectar sus emociones y su salud. Un aspecto importante del transporte es permitir el acceso a recursos tanto sociales como económicos. Los niños no trabajan, pero desean encontrarse con sus amigos. En este caso, para ellos el viaje parece ser menos importante que el destino. La capacidad de moverse de manera independiente aumenta la posibilidad de compartir tiempo con amigos y disminuye los sentimientos de soledad.

Las modalidades de viaje afectan de manera intrínseca las emociones de los niños (¡y de sus padres!). Viajar de manera activa a la escuela (e.g. caminando o en bicicleta) los ayuda a generar emociones positivas como entusiasmo y alegría. A la vez, los ayuda a reducir su estrés y los predispone mejor para la jornada escolar. En sentido opuesto, viajar de manera pasiva (e.g. auto) aumenta las experiencias emocionales negativas. Por otro lado, moverse de manera independiente genera en los niños sentimientos de auto-control, aumenta su auto-estima, e incrementa su capacidad para relacionarse con otros. Por ejemplo, en un estudio realizado en Canadá, se observó que los niños que andaban más a menudo en bicicleta eran más empáticos, es decir, tenían más capacidad para ponerse en el lugar de los otros que quienes lo hacían con menos frecuencia. El contexto en el que el viaje tiene lugar también influye en las emociones. Los viajes por caminos arbolados, en trayectos cortos, o protegidos del clima en el interior de un vehículo aumentan la satisfacción de los niños.

Las externalidades del sistema de transporte tienen consecuencias sobre los niños. El ruido de los autos les genera incomodidad y puede provocarles miedo, preocupación, o dependencia. Los siniestros viales tienen mas de una consecuencia. Además del impacto en lesiones y muertes, una proporción importante de los niños que participan en un siniestro (hasta un tercio en algunos estudios) experimentan síntomas de estrés agudo y post-traumático. Luego del choque sienten ansiedad ante la posibilidad de un viaje e intentan evitarlo, tienen pesadillas y/u otros trastornos del sueño, o re-experimentan el evento hasta después de seis meses de ocurrido. Los padres también reaccionan ante estas situaciones. Tienden a volverse más protectores y a limitar la movilidad independiente de sus hijos. Eso a su vez tiene más efectos negativos, algunos que  mencionamos en el párrafo previo.

Nuestro sistema de transporte sigue girando alrededor del automóvil, así como de las necesidades y de las decisiones de los adultos. Aún cuando nos permite resolver muchos problemas, los costos asociados también son altos. Muchos de ellos los afrontan quienes toman las decisiones, pero otros recaen en quienes no tienen más opción que adaptarse. Tal vez sea tiempo de que comencemos a pensar en otras posibilidades.

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