La última batalla de Mourelle

Hernán Mourelle dejó de ser el secretario de Hacienda de la municipalidad. Un hombre que llegó como “enviado” y terminó siendo del riñón del Intendente. El ahora ex funcionario fue protagonista de todas las disputas con casi todos los sectores que tuvo la gestión. Hasta que se metió con la familia de Arroyo. Crónica de un final anunciado (y necesario).

miércoles 18 de septiembre, 2019

Inmerso en rumores eternos de intervenciones, el gobierno de Carlos Arroyo había recibido la llegada de Hernán Mourelle como uno más de los enviados salvadores que venían de otras latitudes. Todos los anteriores ya se habían ido, sin gloria pero también sin pena, porque como diría “El arriero”: “las penas son de nosotros”.

Para recordarles algunos, les doy tres nombres: Toty Flores y su revolución fantasmagórica, que el propio intendente echó por “ñoqui”; Agustín Cinto y su tablero de control; y el Grupo RIL, para organizar lo desorganizado. Y así, podríamos mencionar a otros salvadores. Por suerte se fueron, pero pasará, pasará y Mourelle fue quedando.

El hombre de Hacienda, terminó echando un ancla más local que desde donde supuestamente lo mandaron. Para eso, se había “abrojado” (término literal que me decían entonces) a Arroyo, quien con su bonhomía y confianza lo sostuvo.

Así fue que el “Gran Mou” tomó potestades prácticamente de un Intendente, manipulando incluso las voluntades del jefe comunal, y se envalentonó convirtiéndose en una especie de SuperSecretario, al estilo Guillermo Moreno (en casi todos los sentidos).

Hizo prácticamente todo lo que quiso durante su gestión, incluso cuestiones que excedían lo correcto. Se peleó con todo aquel que se le cruzara por el camino. Se valía de una falla típica de esta gestión municipal, pero muy marcada en él: desestimar el rol político del cargo.

Sus defensores a sueldo proclamaban que sus batallas, de formas incomprensibles para un funcionario público, se justificaban en conseguir mejorar las cuentas del municipio. “Estamos superavitarios”, gritaban con la euforia digna de un adolescente que termina el secundario. A tal punto fue eso que hasta se usó de bandera a la hora de los logros de esta gestión.

Pero el superávit realmente no existió y, como máximo logro en el área, solo se consiguió llegar a pagar los sueldos todos los meses. Pensar que un municipio como el nuestro tenga como logro de gestión pagar los sueldos es, al menos, de una mentalidad pequeña y chata.

Pero eso no fue todo, el Estado superavitario del que se regocija Mou y los cada vez menos amigos, tuvo que poner un plazo fijo para llegar a pagar los aguinaldos. Raro, ¿no?, tan bien que nos va gracias a la gestión en Hacienda.

Además de ser dudoso, el presunto superávit se consiguió a base de subejecutar el presupuesto. Es decir, como la manta corta, para bajar el déficit se cortó en lo social, educativo, de infraestructura, etc. Generando así el otro déficit, el de una ciudad plagada de necesidades y sin avanzar un centímetro en varios años.

Alguna vez, Nelson Castro publicó una columna de opinión sobre Nicolás Dujovne en el diario Perfil, la cual se titulaba “Los que fallan”. Me quiero quedar con un párrafo de esa nota porque me sirve de paralelismo con aquello que podría describirse de Mourelle.

Decía Castro en su texto: “El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, habla como si fuera un comentarista de la realidad, su anterior oficio. La tarea de un ministro es otra. Debe para ello tener solidez técnica y volumen político. De esto último carece absolutamente…”

Casi textualmente podría copiar y pegar la definición que Castro hacía de Dujovne para hablar de Hernán Mourelle. La única diferencia es que nuestro SuperSecretario no tiene experiencia en medios.

Esa falta de volumen político, que no era por ignorancia sino por la soberbia de creer que no hacía falta, lo llevo a un desenlace tan esperado como necesario.

Si repasamos los últimos problemas de Mar del Plata veremos que todos tienen su sello inconfundible. Voy a enumerar los últimos grandes conflictos de gestión que tuvo Arroyo, desde la llegada de Mourelle. No quisiera olvidarme de ninguno, pero de ser así sepan disculpar, es que son muchos… todos.

Al menos los más notorios que se me vienen a la mente son:

  • La basura y el predio de disposición final que nos dejó sin recolección en promedio una vez por mes, durante el 2017 y el verano 2018.
  • El conflicto con los municipales: denuncia judicial con conferencia de prensa acusando a la cúpula del sindicato de quedarse con 34 jardines municipales en dinero no trabajado.
  • Conflicto con las sociedades de fomento.
  • Conflicto con guardavidas: protestas, paritarias suspendidas y piquete a Vidal.
  • Pago a Obras Sociales y prepagas, principalmente a OAM con una deuda millonaria.
  • La casi suspensión del fútbol de verano por negociarla en diciembre. Eso hizo que el verano pasado no tuviésemos Boca-River, aunque hayan excusado el motivo en problemas de agenda de los clubes.
  • La quita de exenciones de tasas a teatros y al sector turístico y productivo en general.
  • Aumento del 500% de tasas al sector rural.
  • El aumento de tasas en general a todos los sectores.
  • Conflictos con las cooperativas y organizaciones sociales en la puerta del municipio. Protestas, campamentos, marchas, etc, todas desestimadas por él.
  • Conflicto con los clubes de básquet, con la publicidad en el piso del Polideportivo.
  • Conflicto con los docentes municipales, escrache en el café incluido.
  • Conflicto con los asesores de los concejales, a los cuales no les pagó en reiteradas oportunidades, dejando al deliberativo sin actividad durante un largo tiempo.
  • Conflicto con el radicalismo: los acusó de todos los males del municipio.
  • Conflicto con los secretarios de su propio gobierno, en algún caso al límite de los golpes de puño.
  • Y la última batalla: la propia familia el Intendente, con el hijo y el yerno como objetivo de sus durísimas críticas.

Estos son solo algunos de una infinidad de frentes de conflictos abiertos y protagonizados por Mourelle. Estos son, quizás, los más resonantes.

En síntesis, este buen hombre se enfrentó y postergó a los trabajadores del estado municipal, a la educación, a los barrios, a la cultura, a los sectores sociales, a la seguridad, a la producción, al turismo, a la convivencia política, a la institucionalidad y hasta a su propio gobierno. No le quedó nada. Sí, le quedaba la familia de Arroyo, el límite del jefe comunal… Esa, fue su última batalla, la que se la hizo a sí mismo.

Confiado en su propia confianza, encerrado en su torre de marfil sin contacto con la realidad, un carísimo recortador serial sin pensar en las consecuencias, ni siquiera en lo contraproducente de sus medidas. Con aires de intendente o interventor, sin el apoyo de quienes lo trajeron y “abrojado” a Arroyo para no caer.

El cambio se hacía altamente necesario en el lugar más crítico que tiene la municipalidad. Lamentablemente, Arroyo no lo vio antes, hasta que le tocó la familia.

El perjuicio para una ciudad como la nuestra de tener un funcionario como lo fue Mourelle es casi total. Ojalá que quien ocupe el lugar de intendente desde diciembre tome nota de estas cosas. Al menos para no cometer los mismos errores, porque ya no quedan más por cometer.

Por Nicolás Mondino

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