Al andar se hace camino

Por Fernando Poó

miércoles 25 de septiembre, 2019

“Viejo, mi querido viejo
Ahora ya caminas lento”

Piero

 

El sistema de transporte no se ajusta a las necesidades de los adultos mayores. A partir de los 75 años de edad el riesgo vial se acerca al que experimentan los jóvenes, pero con un nivel de exposición menor. Dejar de conducir, algo que ocurre en esta etapa de la vida, tiene efectos negativos sobre el acceso a bienes, servicios, y vínculos sociales significativos, y empobrece el bienestar psicológico y emocional. Sin embargo, aun cuando conducir es una actividad central en la movilidad de muchas personas, no lo es para todas ellas. Al contrario, caminar es una forma casi universal de moverse en espacios públicos y privados y un pre-requisito para el uso independiente de otras formas de transporte.

Desde un punto de vista físico, caminar es el resultado del funcionamiento de los sistemas músculo-esquelético, cardio-respiratorio, sensorial y neurológico. Entre las condiciones necesarias para caminar se encuentran la fuerza de las extremidades inferiores y el balance. El funcionamiento sensorial también es importante para caminar de manera segura. La disminución en la agudeza visual o las dificultades auditivas está relacionadas con el riesgo de caídas. Cuando se combinan la falta de fuerza y de tono  muscular con una o varias dificultades sensoriales el riesgo es mucho mayor. Las caídas, a su vez, pueden acelerar las dificultades para caminar, al provocar lesiones que generen inmovilidad temporal. Entre las personas mayores, estas situaciones tienen el peligro potencial de que no logren recuperar los niveles de  movilidad previos a la lesión.

Las barreras ambientales pueden incrementar las dificultades percibidas por los adultos mayores, algo que es más marcado cuando experimentan limitaciones en su movilidad. Sin embargo, las malas condiciones ambientales como largas distancias, falta de lugares para descansar, pendientes pronunciadas, mal estado de la infraestructura urbana, o tránsito intenso pueden ser previas a las limitaciones experimentadas. Las barreras ambientales incrementan las dificultades para caminar, llevan a la disminución de los niveles de actividad física y aceleran el declive en la movilidad. A esto debe sumarse que las malas condiciones pueden generar miedo y, en consecuencia, la tendencia a evitar actividades en el espacio público.

La amenaza de perder la movilidad es cierta para las personas mayores. Mantenerla o aumentarla  requiere de acciones a nivel individual y comunitario. En primer lugar, es necesario medir las dificultades reales o percibidas que enfrentan. Los problemas físicos requieren intervenciones que ayuden a aumentar la fuerza y el tono muscular y la recuperación de las capacidades sensoriales disminuidas. Sin embargo, no debe descuidarse el trabajo sobre las actitudes o los estereotipos hacia la actividad física en la vejez. A la par, deben removerse las barreras ambientales y generar facilidades para los desplazamientos a pie, tanto para quienes tienen limitaciones como para quienes no. El desafío es para los profesionales de la salud, los urbanistas, los políticos, y la sociedad en su conjunto.

Fuente:

Rantanen, T. (2013). Promoting mobility in older people. Journal of Preventive Medicine & Public Health, 46 (1), S50-S54.

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