Una cuestión de prioridades

Por Fernando Poó

martes 7 de enero, 2020

El tránsito es cuestión de prioridades. Pero, a diferencia de lo que podríamos imaginar, se trata (o debería tratarse) de la prevalencia de las necesidades de los otros antes que de las necesidades personales. Parafraseando una frase política podríamos decir que El Tránsito es el Otro. Sin embargo, muy a menudo se impone el cálculo egoísta.

La primera de las prioridades que hay que recordar es la de los peatones. Si bien es una obviedad decir que todos lo somos, es importante tener en cuenta que para algunas personas, sea por elección o por falta de alternativas, caminar es su principal medio de transporte. A pesar de su preponderancia (y prepotencia) solo alrededor del 40% de los viajes se realiza en automóvil. Peatones son los niños y los adolescentes cuando se desplazan de manera activa y autónoma; los adultos mayores cuando ya no pueden o no quieren conducir; y muchas mujeres y varones que tampoco lo hacen. Todos ellos conforman uno de los grupos más vulnerables en el tránsito, ya sea porque no tienen protección en caso de ser atropellados, o porque son las principales víctimas fatales en el contexto urbano. Respetar su prioridad es aumentar su seguridad.

Otra prioridad a tener en cuenta es la de quienes circulan por la derecha. A diferencia de lo que a veces se afirma, no es un comportamiento que emane de nuestros usos y costumbres, sino que está establecido en la Ley Nacional de Tránsito (N° 24.449), y por lo tanto, es obligatorio. La razón para ceder el paso es simple y potente. En caso de una colisión lateral entre dos autos, el impacto para el que circula por la derecha sería en el lugar que ocupa el conductor. De ese modo, el riesgo de que sufra lesiones graves es mucho más alto. Darle paso es una forma de proteger su vida.

La última prioridad que vamos a mencionar es la que debe contemplarse en las rotondas. Todos sabemos (o deberíamos saber) que quienes circulan por una rotonda tienen prioridad sobre quienes ingresan en ellas. Sin embargo, nos encontramos aquí con un ejemplo perfecto de que el conocimiento no siempre se traduce en comportamiento. Además de distribuir el tránsito, las rotondas sirven para apaciguarlo. Es decir, permiten bajar la velocidad de circulación para hacerlo más seguro. En Mar del Plata sucede todo lo contrario. Es muy posible que casi ningún conductor quiera verse en la situación de cruzar una rotonda. Allí reinan la incertidumbre y la velocidad.

Cuando nos desplazamos de un lugar a otro queremos hacerlo rápido y sin interrupciones. El paisaje imaginado es el de las publicidades de autos. Circular en soledad en escenarios abiertos, limpios y suavemente musicalizados. Pero se trata de una promesa falsa. Cuando salimos a la calle entramos en un mundo compartido que nos desafía: hay muchos vehículos, ruido incómodo, y el tránsito no fluye. Apelar a la solidaridad y al deber para guiar el comportamiento parecen lo correcto, pero no siempre es realista. Para los que descreen de esa posibilidad hay otra opción. Llamemosla altruismo recíproco. Es simple: ceder una porción de nuestras necesidades y deseos y esperar que los demás cedan parte de los suyos como retribución. Se trata de tomar la iniciativa y comenzar a probar.

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