Supermanzanas

Por Fernando Poó

martes 25 de febrero, 2020

Según el urbanista español Salvador Rueda el mal uso del automóvil arruinó el espacio público de la ciudades. Esta afirmación sintetiza un diagnóstico: el uso masivo del automóvil hizo de la movilidad (ir de un lugar a otro) la actividad preponderante en el espacio urbano. De hecho, su predominio es tan marcado que cualquier persona que camina en la ciudad se ha convertido en un transporte de sí mismo. Todos somos peatones. Sin embargo, dice Rueda, para que una ciudad sea algo más que una urbanización debe permitir que confluyan en ella multitud de actores, intereses y actividades. El lugar para que ocurra esa confluencia es el espacio público. La ciudad se convierte de ese modo en un sistema complejo.

Si un sistema se define por las interacciones mutuas entre un conjunto de elementos, cuando alguno de ellos está vivo suele decirse que se trata de un ecosistema. No hace falta forzar mucho el sentido del término para definir a las ciudades como ecosistemas urbanos. Concebir a la ciudad de este modo ha dado lugar al enfoque conocido como Urbanismo Ecosistémico, del que Salvador Rueda es un representante. Este punto de vista permite mirar los desafíos y potencialidades de una ciudad desde una perspectiva ecológica. De ese modo es posible vincular aspectos como el consumo de recursos (suelo, energía, alimentos), la cantidad de personas que la habitan y la complejidad urbana (en términos de interacciones). Bajo las condiciones actuales esa ecuación indica que las ciudades son insostenibles porque el uso de los recursos es siempre superior a la capacidad disponible para generarlos.

Una propuesta que surge del urbanismo ecológico para superar esta clase de problemas son las supermanzanas. Esta forma de re-organizar el tejido de la ciudad consiste en generar nuevas células urbanas de 400 o 500 metros de lado mediante la agrupación de varias manzanas tradicionales. Los límites externos de las supermanzanas funcionan como vías de paso y de interconexión con circulación de transporte público, automóviles, y bicicletas. Si bien estas vías permiten desplazarse a velocidad rápida, en el interior de estas nuevas unidades no se permite superar los 10 kilómetros por hora. De esa manera se recuperan los usos de la ciudad que impide la excesiva motorización, como el juego de los niños en la vereda. También se aumentan los lazos comunitarios y la seguridad vial. Esta propuesta de cambio urbano tiene como ventaja asociada que no son necesarias grandes inversiones en infraestructura para implementarla. En palabras de Rueda, “el urbanismo ecosistémico persigue un objetivo muy claro: la calidad de vida de los ciudadanos, por lo tanto, el bien común.”

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