“Los lomos de burro apestan, es mi opinión”

Por Fernando Poó

jueves 5 de marzo, 2020

Todos tenemos algo que decir sobre la inseguridad vial, sobre los orígenes del problema y sobre las posibles soluciones. Una característica repetida de esas explicaciones es que la gran mayoría de los conductores cree que nadie conduce bien a excepción de ellos. También están los innumerables diagnósticos: falta de educación, distracciones, exceso de velocidad, motociclistas irresponsables, peatones desaprensivos, conductores alcoholizados, ciclistas impredecibles, falta de controles, baches, cunetas, falta de semáforos o lomos de burro (estos últimos de notoria y triste fama en la última semana). Además, están las soluciones que son siempre la contracara de los problemas detectados y casi siempre son unidimensionales (es muy raro que se pidan cambios que combinen múltiples aspectos a la vez). Surgen así las demandas de más educación, semáforos en todas las esquinas, castigo para los motociclistas, y más controles (¡siempre que no me toque mí!). Curiosamente, algunas soluciones también están en la lista de problemas. Pero hay una explicación que suele alcanzar unanimidad: el problema somos nosotros, los argentinos, que portamos incontables defectos como una marca de origen.

Sin embargo, en materia de seguridad vial creer que estamos peor que la mayoría de los países es una representación falsa, emanada de un prejuicio antes que de datos reales. La tasa de mortalidad por siniestros viales en el país estimada por la Organización Mundial de la Salud es de 14 muertos cada 100.000 habitantes. Ese valor, aunque es alto, nos ubica por debajo del promedio de la región de las Américas (Norte, Centro y Sur), que es de 15,6 muertos cada 100.000 habitantes. En América del Sur el único país con menor mortalidad que la Argentina es Chile. Por otra parte, existen varias iniciativas que van en la dirección correcta. En primer lugar, en el año 2008 se creó la Agencia Nacional de Seguridad Vial, que es el organismo gubernamental ocupado de guiar una estrategia nacional sobre el problema. Contamos con una Ley Nacional de Tránsito que establece límites de alcoholemia de acuerdo con estándares internacionales, regula el uso obligatorio de cinturón de seguridad, de sistemas de retención infantil, y de casco para motociclistas, y prohíbe el uso de celulares durante la conducción. Obviamente, esto no es suficiente. Entre las dificultades a resolver se encuentran la variabilidad normativa emanada del federalismo del país, la ausencia de restricciones para que los niños viajen como pasajeros de moto, los límites de velocidad altos de acuerdo con las recomendaciones existentes (algo compartido con gran parte de América Latina), el escaso control de casi todos los comportamientos viales, la falta de cobertura universal de los sistemas de emergencia en caso de siniestros, la falta de dispositivos de seguridad en los vehículos para proteger a los usuarios vulnerables, y finalmente, pero de gran importancia, las deficiencias de la infraestructura.

Este último punto merece una mención especial debido a la muerte de Brian Toledo. La infraestructura vial debe protegernos. Para que así sea debe ser predecible por diseño, indulgente con el error humano, y, en la medida de lo posible, debe adecuarse al tipo de vehículo que la transita. Los lomos de burro (como otras instalaciones) no cumplen con ninguna de esas condiciones. No son predecibles, porque son una alteración en la vía que en numerosas ocasiones no está señalizada, no son indulgentes con el error y pueden derivar en hechos fatales, como quedó demostrado, y contemplan como únicos usuarios de la calle a los automovilistas, algo falso en un país sin segregación del espacio por tipo de transporte. Hay quienes afirman que el lomo de burro es un indicador de nuestra mala cultura vial o de nuestra falta de educación. De ese modo vuelve sobre nosotros la idea de que somos un pueblo con taras insuperables. Yo prefiero pensar que los lomos de burro reflejan la interacción de muchas debilidades de nuestro sistema vial. Reflejan, entre otros aspectos, la falta de planificación a largo plazo, límites de velocidad demasiado altos, y falta de control. Cuando todo eso interactúa con comportamientos de riesgo, el resultado nunca puede ser bueno.

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