La pesca y su tormenta perfecta

La industria ya atravesaba un momento complicado con caída de precios y ventas al exterior. El coronavirus paralizó los mercados internacionales y paralizó la actividad extractiva por unas semanas, factor que agudizó los problemas de empleo en tierra, donde se perdieron 500 fuentes laborales, sólo en el primer trimestre del 2020.

domingo 5 de abril, 2020

Por Roberto Garrone

La industria pesquera marplatense atraviesa una tormenta perfecta que incrementa su grado de virulencia con el correr de las semanas. El sector arrastraba una caída de precios sobre langostino y merluza, las principales especies que exporta, en el último tramo del 2019. Arrancó el año con un freno en las ventas que comenzó en China por el Covid-19 que luego se extendió a los países desarrollados de Europa y a Estados Unidos en la medida que se propaló el virus.

El reciente paréntesis extractivo que afectó a la flota cuando la pandemia determinó la emergencia sanitaria por estas latitudes y la necesidad de acordar un protocolo para generar ciertas garantías de prevención, aceleró los vientos intensos.

Para completarla, una ola de 6 metros, furiosa, llega desde el norte. Brasil, el principal socio del Mercosur, devaluó el Real un 30% y si la merluza supera las barreras sanitarias, patinadas de paraarancelarias, ya ni siquiera la pagan 2700 dólares como en las fiestas de fin de año. Con las retenciones, aún reducidas, el costo de producirla es superior.

La tormenta ya genera víctmas. No en medio del mar, por suerte, donde de a poco los barcos se aproximan a zona de pesca luego de reanudar las zarpadas esta semana, sino en tierra. Los eslabones más débiles de la cadena fresquera se van cayendo al suelo, bajando la persiana y dejando trabajadores en la calle. Pesquera Angelito, con casi 40 obreros, encabeza el último reporte de bajas.

El protocologate demostró que no era el único problema que debió resolver la flota para salir a pescar. Prefectura no es amiga del sentido común. Recién el jueves flexibilizó la orden de no dejar entrar a prestadores de servicios de la flota al muelle. Ahora ya la apura SPI, Caipa y CEPA para terminar de levantar las barreras.

Los barcos salen pero nadie tiene certezas de que la carga será comprada y reprocesada rápido. Solo un 30% de la masa laboral esta en funciones por las restricciones de la emergencia sanitaria y ese porcentaje se va reduciendo porque no hay pescado fresco hace una semana. Y el que compra el pescado no sabe a quién venderle porque las operaciones están casi paralizadas y el mercado interno en medio de la pandemia casi que no existe con restaurantes, hoteles y bares cerrados.

Las exportaciones figuran entre los daños del vendaval. En el primer bimestre cayeron un 30% en relación al 2019 y cuando se conozca la cifra de marzo será un tobogán hasta el piso. Casi nadie en el mundo está comprando pescados y mariscos argentinos y el que ya lo compró pide 4 meses de plazo para pagarlo. Solo Rusia es una luz de esperanza, tenue.

Hay algunos que están mejor preparados que otros para aguantar el mar crispado. Que no hay temporal que los haga zozobrar, que cuentan con flota diversificada y acentúan las capturas con sus barcos congeladores, en una ecuación más rentable desde lo económico, no desde lo medioambiental.

Cuando pase la tormenta, esos podrán comprar activos de los que no soporten el ventarrón cruzado, con altos costos laborales en tierra y una flota que dista mucho de ser eficiente. De hecho, ya lo estaban haciendo antes que recrudecieran los truenos y relámpagos.

En la otra punta, los más débiles. Más de 500 trabajadores perdieron su empleo en frigoríficos y fasoneras, sólo en lo que va del año, con el cierre de Arte Pesca, la reducción de Caputo en Ostramar, Taturiello y sus plantas satélites, la huída de Chuli Gómez y esta semana, la mencionada Angelito, Silomar y otra de la que el SOIP no tiene ni nombre ni dirección. Ese es el grado de informalidad y precariedad que vincula a los obreros con sus empleadores.

Este escenario dantesco es ignorado por la clase política, con o sin cuarentena. Porque ya eran más de 300 antes del virus. Porque Cristina Ledesma sigue esperando subsidios y bolsones con alimentos y todos se van en promesas. El Covid-19 esconde falta de gestión social.

Causa estupor que el Secretario General de la CGT destaque la decisión del gobierno nacional de prohibir los despidos y suspensiones por 60 días. Miguel Guglielmotti sabe que en la industria pesquera no hay un solo despedido. Una pena que elija mirar para otro lado.

Los marineros renuncian luego de terminar cada marea porque los armadores solo quieren pagar productividad, pero es otra historia. Nadie despide a nadie en el puerto. El empresario (?) solo avisa que cerrará la puerta, si no lo tiene, contrata un abogado laboral que se encarga de negociar arreglos por mucho menos de la mitad de lo que les corresponde. Ni una ni doble indemnización. Migajas y en cuotas.

En este contexto, la industria quedó fuera de uno de los últimos decretos de Alberto, en que declara la emergencia a distintos actores del trabajo y la producción. Algunos puede que no estén nunca en emergencia, pero otros, necesitan de la presencia y respaldo del Estado para mantenerse en pie.

Separar y estratificar a los eslabones de una misma cadena productiva pero con distinto respaldo, distinta realidad financiera, distinta calidad de mano de obra ocupada, para optimizar la ayuda, parece misión imposible.

Afuera, la tormenta perfecta mantiene vigencia, suma víctimas a su paso y nadie se anima a pronosticar días con tiempo despejado en Mar del Plata.

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