El rey de los virus

Por Gabriel Baraglia desde Barcelona

sábado 25 de julio, 2020

Si han llegado hasta aquí siguiendo los primeros artículos puedo decir sin duda que ya nos vamos conociendo. Como lectores han aceptado -con sus reticencias o sin ellas- el estilo impetuoso que tengo para dirigirme a la gente, y yo sé de ustedes que no son personas que se amedrentan fácilmente o les derrote una crítica. Dicho esto creo que nos toca tratar ese tema del que ya estamos bastante cansados pero que, sin embargo, no podemos omitir por razones obvias. Claramente me refiero a… redoble de tambores… la CoVid19. Si a alguno le ha llamado la atención que dijese “la” y no “el”, es porque quizás no sepa (peligro de delito) que Covid19 es el nombre de LA enfermedad y SarsCov2 el del virus que la provoca.

Tenemos muchas dudas al respecto o, lo que es casi lo mismo, pocas certezas. Algo comprensible teniendo en cuenta que la propia OMS, el organismo que vela por los asuntos de salud internacional, se ha contradicho en repetidas ocasiones. Esto nos hace dudar sobre si las motivaciones de esta organización son primordialmente de salud o responden a intereses comerciales y de producción. De no ser así, imagino que la comisión de investigación dizque independiente que ha abierto la propia OMS tras el batacazo con USA tendrá que explicar, por ejemplo, el porqué en un principio se desestimaron las medidas de separación interpersonal y las restricciones de vuelos internacionales, o las ya famosas discordancias sobre el uso de los barbijos[1] que, a día de hoy, se sabe probadamente que ayuda a disminuir la propagación del virus vía aérea.  Ni hablemos de las vueltas que le han dado al uso de la Hidroxicloroquina o las controversias en torno al tema de los asintomáticos.

Ahora… ¿qué se supone que debemos creer? Muy pedante de mi parte sería poner una “verdad” sobre la mesa y quedarme a esperar que ustedes se la coman. Lejos estoy de ser un vendedor de evangelios o un constructor de certezas. Mi objetivo, si tengo que arriesgar una razón que me impulsa a escribirles, es despertar una conciencia social crítica y al tiempo práctica.

Esto nos conduce a un punto fundamental que tiene que ver con la manera en que gestionamos los datos en una era donde lejos de faltar, sobran. Indiscutiblemente sobran, y en ese guirigay se esconde de manera muy abierta la verdad para que no podamos negarla pero tampoco aferrarnos a ella, para que la historia y la realidad puedan ser reescritas cuantas veces haga falta y en función de los intereses de unos pocos. El gran George Orwell ya nos advirtió de este fenómeno es sus sublimes “Rebelión en la granja” y “1984”. Lectura obligada, por favor.

Nadie discute que uno es más feliz eligiendo entre dos sabores de helado que entre cincuenta. Esto es porque nuestra mente, al escoger, no valora lo que gana sino lo que pierde, y claro… No es lo mismo perderse de un sabor que de cuarenta y nueve. Me dirán: ¿entonces qué, Gabriel, tenemos que exigir que nos reduzcan el menú? ¡Má qué menú ni menú! -hubiese dicho mi abuelo-. A ver si se van a creer ustedes que la vida es un restaurante: “¡Vamos vamos, marchando una de felicidad para el hedonista de la mesa 4!” Las opciones, amigos, son parte de nuestra libertad, pero acabarán con nosotros si no aprendemos a administrarlas. La ansiedad y la frustración suelen provocar que valoremos la información por la emoción que nos produce su contenido en detrimento del sentido común. ¡PELIGRO! Esto nos deja en calzones frente a quienes usan ese saber como arma de manipulación. Nos toca así sacudirnos la pereza, ir más allá de los titulares y atacar la noticia entera. Aunque nos cueste, debemos acudir a varias fuentes y contrastar, evaluar y comparar la información que nos brindan. Ese es el precio de la libertad, estimado lector, pues no se la puede pretender desde el sofá de casa, con la mano en la buchaca y mirando Netflix. Ya lo decía Mariano José de Larra: “gran persona debió ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza […] La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra cosa; esa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas”. Caer en este pecado -que perdonará Dios pero no su tercer jinete (El Hambre)- es sumamente peligroso para nosotros y altamente rentable para quienes valoran el progreso en función de su agenda comercial. Nos hace vulnerables y… ¿por qué no decirlo?... también estúpidos. Provoca que mezclemos el tocino con la velocidad, que no seamos capaces de discriminar los datos como se merecen.

Ejemplo de este problema lo encontramos en personas que tienden a negar la Covid19 solo porque les incomoda usar barbijos o porque odian que otro les diga lo que tienen que hacer. Piensen… ¿Qué exigimos realmente cuando nos quejamos del confinamiento? Sobre este asunto hay mucho que demandar pero al mismo tiempo hay otro tanto por sacrificar. A estas alturas nadie discute que tan malo es exponerse al virus como detener la producción de bienes y servicios. Después de todo tenemos que comer, ¿verdad? Lamentablemente nos vemos obligados a exponernos a la enfermedad en pos de seguir trabajando para traer pan a casa. No obstante, no hay que mezclar las cosas. El SarsCov2 es un peligro real -por algo lleva corona-. Yo mismo, en este punto caliente como lo es Barcelona, sufrí la pérdida de amigos y gente cercana. El ritmo de contagio es alarmante y se vuelven absolutamente necesarias las medidas de contención, de confinamiento y, sin ningún tipo de duda, del uso de barbijos. Esto no debería estar reñido con las necesidades laborales sino que más bien vuelve necesario exigir al Gobierno mejores medidas de contención que nos permitan seguir desempeñando nuestra actividad profesional. Queda claro que no todos los rubros podrán ser salvados pero es ahí donde, reducido al mínimo el campo de trabajadores afectados, el Gobierno tiene la obligación de aplicar las ayudas pertinentes para que ese trabajador pueda reciclarse (qué palabra más fea y no por ello menos cierta). Situaciones como esta pandemia requieren esfuerzos extraordinarios por parte de todos, y también de una nueva conciencia social. Hay que aceptar que el mundo ya no volverá a ser lo que era y que en su lugar, robando las palabras del presidente español Pedro Sánchez, nos adentramos en una “nueva normalidad”.

En esta “nueva normalidad” se vuelve indispensable un confinamiento parcial inteligente que acote en franjas horarias las prácticas deportivas (paseos, gente que sale a correr, etc.), por supuesto, en función de la densidad poblacional por metro cuadrado de cada región -no podemos lavar a todos con el mismo cepillo-. También es necesario prohibir las reuniones sociales de ocio para garantizar que el tráfico se limite a la actividad laboral y estudiantil hasta hallar una vacuna. Imprescindibles son también nuevas leyes que obliguen al teletrabajo en los casos que sea posible llevarlo a cabo. Debe reducirse el impuesto sobre el empleo para poder aflojar la corbata del monotributista; destinar plata al mantenimiento de las pymes -antes que regalar ayudas a discreción-; demandar a los bancos que flexibilicen los pagos de hipotecas sobre la primera vivienda. Es urgente que se exija a las rentas altas, a las multinacionales que han estado obteniendo beneficios fiscales para el ejercicio de su actividad, que vuelquen parte de esos beneficios en la construcción de nuevos modelos de industria orientados al futuro. A ellos les digo: no es momento para meter la plata debajo del colchón y esperar a que pase el huracán, porque la gente que trabaja para ustedes es la misma que consume sus productos y hace girar la rueda de la economía; la responsabilidad que ustedes adquirieron en el momento de hacerse poderosos les exige ahora hacer todo lo posible por mantener a sus trabajadores activos, proveerles de las herramientas de seguridad pertinentes, y crear políticas que flexibilicen la labor productiva. Ganar menos hoy, en pos de mantener empleos, es una inversión para el futuro financiero del país. Si estas multinacionales no toman esa iniciativa, es ahí donde el Gobierno debería tomar las riendas para garantizar nuestra seguridad. No hablo de comunismo (que tampoco la convirtamos en una mala palabra) sino de reciprocidad. Sin reciprocidad, sin justicia, el capitalismo no es más que una oligarquía disfrazada de democracia. De nada sirve aplazar los pagos de los insumos básicos cuando la economía del trabajador empeorará el mes que viene. Podría sugerir que se estudiase eliminar los impuestos mínimos sobre las facturas de luz y gas, y que se abonase únicamente el consumo a poco más del precio de coste hasta que la situación se normalice. Sería interesante sugerir leyes de excepción que garanticen una bajada en el precio de las comunicaciones de uso personal (después de todo se le ha permitido a este sector especular con los precios durante décadas). Este es un momento para la solidaridad y para demostrar que el capitalismo -si es lo que quieren vendernos- funciona para el conjunto de la sociedad y no solo para unos pocos. Por otra parte, la coherencia en las acciones de gobierno es fundamental en la práctica y, por descontado, también para infundir credibilidad y confianza. Si escucho a los expertos afirmar que en el humo del tabaco pueden viajar diminutas gotas con carga vírica, ¿cómo es posible que los intereses del lobby imperen sobre las responsabilidades sanitarias?

El mundo no va a cambiar -en futuro-, el mundo ya ha cambiado aunque nuestra mente siga marchando por la inercia de lo pasado. Preguntémonos, además, si nuestros chicos están teniendo la formación adecuada para desarrollarse en la sociedad que eventualmente se revelará cuando se nos acabe esa inercia. El país que no tenga chicos preparados para ese mundo será un país esclavo de los que sí hayan invertido en ello. ¡Que no nos vendan motos de agua para cruzar la ruta 2! ¡Hacen faltan ruedas, carajo! Esta es mi última petición y una de las más importantes: destinemos pesos -aunque cada vez pesen menos- a la formación de los chicos y a las universidades. Ahora sí, ya no daré más sugerencias para no condicionar la creatividad de nuestros sultanes de turno.

Como broche final, ¿cuál es la moraleja? Ahondar en las razones de nuestra queja es fundamental para no caer luego en aquello de “ten cuidado con lo deseas porque al final… puede que lo consigas”. Seamos responsables. Usemos siempre el sentido común en favor de proteger la libertad. Procuremos el bienestar del vecino porque al arriesgar su salud debilitamos la nuestra. Nos vemos en la próxima, amigos…

[1] “No existe evidencia específica que sugiera que el uso de máscaras por parte de la población en masa tiene algún beneficio potencial. De hecho, hay alguna evidencia que sugiere lo contrario en el uso indebido de una máscara”. Doctor Mike Ryan, director ejecutivo del programa de emergencias sanitarias de la OMS https://n9.cl/dyoc (artículo CNN del 31 de marzo de 2020)

La OMS pide a las naciones alentar el uso de mascarillas para combatir el covid-19” https://n9.cl/jawx (artículo CNN del 5 de junio de 2020)

Aclaración: los conceptos vertidos de quienes opinan son absoluta responsabilidad del firmante.

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