La industria de contrastes

La pesca marplatense exportó por más de 700 millones de dólares el año pasado pero una parte de sus trabajadores recibe asistencia alimentaria.  Desde que comenzó la pandemia los comedores en la zona sur de la ciudad se multiplicaron. El trabajo de organizaciones sociales en centros comunitarios donde el estado brilla por su ausencia.

domingo 16 de agosto, 2020

Por Roberto Garrone

Por qué una industria pesquera que exportó por más de 700 millones de dólares el año pasado tiene en los eslabones más débiles y precarios de la cadena, obreros que deben subsistir con una bolsa de alimentos que entrega el SOIP o las viandas que se reparten en los comedores del puerto, donde la asistencia se duplicó desde que comenzó la pandemia.

La preponderancia del langostino exportado como cola en bloque con mínimo reproceso, el crecimiento de la flota congeladora por sobre la fresquera de altura en la exportación de filet de merluza, el calamar que también se comercializa entero o reprocesado a bordo de los poteros, la corvina que países africanos demandan entera, son algunas de las respuestas a esa pregunta.

La falta de incentivos para fomentar el reproceso y agregado de valor en tierra, la alta conflictividad laboral y los altos niveles de ausentismo, completan los argumentos que explican la pregunta inicial. Claro que los gobiernos pasan y las flaquezas del sistema solo se acentúan.

Nadie intenta revertirlo y las consecuencias quedan en evidencia en estos tiempos de coronavirus. Autoridades municipales, provinciales y nacionales se apuran en realizar pronósticos para la próxima temporada de verano. Si les interesara reactivar el empleo podrían comenzar por corregir las asimetrías más allá de Juan B. Justo. Pero en el Concejo Deliberante preocupan los trapitos y el autocine.

Facundo Villalba es el coordinador del Comité Barrial de Emergencia de la zona sur de Mar del Plata. Los CBE son espacios promovidos por movimientos sociales, iglesia, clubes, sociedades de fomento, que articulan parte de toda la ayuda que se recibe desde distintos niveles para un mejor aprovechamiento de recursos humanos como de la mercadería que se recibe.

El área que coordina el dirigente social es amplía y vasta. Desde los comedores del puerto, en la zona de Lourdes y la villa de Vértiz, hasta Parque Independencia y Jardín de Peralta Ramos; Santa Rosa del Mar, Nuevo Golf y Quebradas de Peralta Ramos; Cerrito, San Martin, Juramento y más allá en Florencio Sánchez.

“Nos toca administrar la escasez y es clave la organización interna de los comedores. No para que alcance porque nunca alcanza, pero sí para llegar a la mayor cantidad de gente posible”, dice “Apache”, como lo conocen a Facundo en la militancia y en la tribuna de Quilmes, club con el que también colabora haciendo ollas populares en el barrio La Herradura, en la otra punta de una Mar del Plata que, en cuarentena y distanciamiento social, no alcanza a contener todas sus miserias, antagónicas con la postal turística. El hambre y la falta de trabajo son las principales.

Es martes cerca del mediodía y para no perdernos en la visita al barrio quedamos en juntarnos en Mario Bravo y Edison. La idea es acompañarlo en una de las tantas visitas al terreno y poder ver el trabajo silencioso que hacen las organizaciones para sustentar las necesidades de vecinos a los que la pandemia solo les agudizó problemas que arrastraba de los últimos años.

“Cuando arrancamos con esto la Municipalidad repartía 15 mil kilos de alimentos secos por mes para 300 comedores. Hoy sigue siendo la misma cantidad pero hay 355 comedores donde se entregan unas 40 mil viandas por semana. Ya pedimos 20 mil kilos porque no alcanza”, dice el coordinador.

En el barrio puerto se duplicaron los comedores; de 3 se pasaron a 6. Pero sobre todo creció el número de servicios. Comedores que entregaban viandas 3 veces por semana ahora lo hacen de lunes a sábado.

Después de pasar Rumencó, por Edison, doblamos a la derecha por un camino de tierra cuyos pozos exponen sonoramente los problemas en el tren delantero del auto de Facundo. “Lo tengo que llevar arreglar cuando esto se pare un poco; son tantos los pozos que ni sé dónde se rompió”, dice. Por el ruido creo que es un extremo de dirección. Lo anoto como puedo en el cuaderno; el zamba del camino mantiene su ritmo y nos bambolea de un lado para el otro.

El Comedor Cuac Cuac asoma en una esquina del barrio Santa Rosa del Mar. Enfrente está el jardín “Ara San Juan” donde los familiares del Repunte inauguraron uno de los primeros murales tributo a los pescadores fallecidos y desaparecidos.

Ocupa la única edificación en el extremo noreste de un amplio terreno a la sombra de árboles jóvenes. Es un cubo de cemento, a medio revocar, que también alberga al Centro Comunitario y Merendero “Los Peques”.

Cuando llegamos, afuera ya hay un grupo de personas esperando la entrega de la vianda. En dos ollas enormes, en un salón contiguo al principal, se cocina a fuego lento un guiso espeso que desprende un color naranja pálido. En el SUM hay mucho espacio vacío. Una moto cuelga del techo como testimonio de los días en que se enseñaba cómo arreglarlas. Cartulinas amarillas decoran las paredes con mensajes educativos.

Hasta que llegó la pandemia el lugar oficiaba de centro de estudios para adultos mayores, guardería, roperito, talles de apoyo escolar y de inglés. “Ahora todo pasa por la asistencia alimentaria”, cuenta Susana Figueroa. Es del Movimiento Evita y la coordinadora del centro comunitario desde hace 3 años.

Además de la Municipalidad, los comedores se nutren de alimentos que donan otras organizaciones como Cáritas, la universidad y algunos sindicatos. En el caso del CBE del Sur, también el Consorcio Portuario colaboró con artículos de limpieza e higiene personal. El Amanecer entrega 800 litros de leche por mes a cada Comité y los viernes de todas las semanas reciben alimentos frescos: carne de pollo y vacuna. Algunas empresas y sindicatos también donan pescado.

“De 120 viandas tres veces por semana pasamos a cocinar de lunes a sábados para 200 personas”, cuenta Susana la evolución del comedor en Santa Rosa del Mar. “Y va en aumento”, asegura mientras coordina los movimientos de las chicas de la cocina y las que entregan la comida a través de un hueco en una cortina de nylon que oficia de puerta de entrada.

Los vecinos del barrio entregaron los tupper más temprano. No hay desbordes; al contrario, todos los movimientos parecen calcados de tanto repetirlos. Cada recipiente tiene su cartelito con el nombre o apellido de la familia. A medida que los van llenando se acomodan sobre una mesa. La vianda incluye un pan casero. Para niños y abuelos el postre es arroz con leche que se sirve en potecitos de yogurt.

“Acá vive gente que hace changas en la quema, que queda cerca, cartonea, cirujea…. Alguno ha trabajado en el puerto pero hace mucho, en su mayoría vienen mujeres o jóvenes. Usamos lo que tenemos; nos faltan más productos frescos: carne sobre todo”, puntualiza Susana.

La quema es el predio de la basura y no esta tan cerca. Serán 30 cuadras o más desde este lugar. Pero en la periferia se borran las distancias. No son iguales a las del centro. Acá se camina y se cruzan campos, se bordean arboledas, se saltan alambrados. Y tampoco hay mayores apuros. El sentido del tiempo cobra otra dimensión.

Hilos de caminos de tierra unidos por carros a caballo, en bicicleta o en algún utilitario desvencijado. Afuera, estacionado entre un petiso blanco que se llama “Indio”, un racimo de perros tan famélicos como inquietos y una bicicleta violeta fluo estacionada sobre el alambre, un Renault 12 conserva todavía restos de dignidad, aunque haya que empujarlo para que arranque. Alcanza con ver en el asiento de atrás, tapado con cartones, de dónde vienen sus ocupantes.

Las verduras del Comedor no llegan desde tan lejos.  Atrás de la canchita de fútbol asoma la quinta comunitaria coronada con un Espantapájaros condenado a mirar siempre la norte. Al menos la indiferencia del Estado proviene de ese lado. Unas plantas de acelga, anémicas, decoran los surcos prolijos.

En otro contexto, sin virus ni psicosis, con esta mañana en que el invierno da un respiro y el sol entibia el paisaje, habría muchos chicos corriendo detrás de una pelota por esta cancha despareja. Hoy solo se despliegan bostas de algún caballo que se metió de intruso.  “Queremos poner un invernadero porque el frio no da tregua y no permite que las plantas crezcan mucho”, dice Figueroa.

Amalia tiene 48 años y no se acuerda cuándo fue la última vez que tuvo un empleo formal. Cuando le toca el turno despliega dos bolsas para que entren los tupper con la comida del día. Pregunta a una de las asistentes si vino su nuera. Como le dicen que no, suma otra porción mientras acomoda mejor unos potes de arroz con leche para que no se derramen.

“Es una gran ayuda”, dice mientras deja las dos bolsas en el suelo con cuidado. Cuenta que vende pastas y cobra el IFE, pero que ese dinero lo destina a pagar la obra de agua corriente que hizo en su casa, a 800 metros de donde viene todos los días a buscar la comida.

“Ayer fue guiso de papas pero yo separé las papas; tomamos una sopita al mediodía y a la noche hice ñoquis. Vivo con una hija y mis nietos. Va a venir otra que tuvo que dejar de alquilar. Mi hijo está internado en Bahía Blanca”, contará durante la breve charla. Tiene el pelo renegrido, con algunas canas, apenas. Piel curtida y una mirada que combina dosis similares de cansancio y resignación.

“Velqui” pregunta si somos de algún organismo público que andamos sacando fotos y haciendo preguntas. “Yo trabajé en el puerto; 17 años fui secretaria de Valastro, hasta que la compraron los españoles”, dice detrás de unos lentes de sol, con aires de diva, cuando relevamos nuestra identidad y función en este ya mediodía húmedo y pesado.

“Me obligaron a irme” acotará y no dirá más nada de su paso por Giorno. Recordar parece que la puso nerviosa o verdaderamente esta apurada por regresar a su casa con una de sus nietas. “Ahora trabajo para Grecco, el pelado, primo de Moscuzza, en Rumencó; lo conoces”, me pregunta. “Voy tres veces por semana… ayudo a limpiar la casa”, me dice Velqui, ya casi a los gritos, mientras sigue caminando hacia Edison, sujetando las bolsas con el guiso, imagino, ya frío.

En la puerta del comedor se ha esfumado la aglomeración de vecinos que había cuando llegamos. El coordinador termina de ultimar unos detalles con Susana y baja elementos de higiene para mantener la prevención en el trabajo cotidiano.

Las hornallas se han apagado hasta mañana. Ojalá pudiera hacerse lo mismo con las necesidades de los vecinos en la zona sur de la ciudad, ahí donde la pesca exporta millones pero genera poco trabajo en tierra.

Aclaración: los conceptos vertidos de quienes opinan son absoluta responsabilidad del firmante.

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