Machismo al desnudo

Por Gabriel Baraglia desde Barcelona.

sábado 22 de agosto, 2020

“Aquí yace encadenada Diana, el alma de la feminidad atada en una red de signos arcanos para que la mujer abandone sus vanos sueños de libertad…”

From Hell (de Alan Moore y Eddie Campbell)

Podría empezar hablándoles de los muchos pendientes que hay en la lucha por la igualdad de género y contra la violencia machista, temas evidentes que todos conocemos de sobra: facilitar la burocracia ante la denuncia de un maltrato; penas más duras para los agresores; protección REAL (no virtual) a la mujer maltratada (una de cada tres mujeres es víctima de algún tipo de violencia, sea sexual o de otra índole); igual sueldo por igual trabajo (a fecha del 2019 las argentinas cobraban un 20,2% menos que los argentinos); mismas oportunidades de acceso a puestos de liderazgo (la diferencia a la hora de ocupar un puesto jerárquico es del 30% en perjuicio de las mujeres); protección de la maternidad; derecho a decidir sobre el propio cuerpo; mayores oportunidades de acceso al empleo privado; y una larga lista de etcéteras. Lo dicho: podemos hablar de todo eso pero dudo que llegásemos a alguna parte. Las acciones de los movimientos feministas luchan arduamente contra estos problemas que muchas veces parecen retroceder ante su embate, y vuelven a avanzar al primer descuido. Las mujeres no pueden dormirse durante esta lucha; esa es la triste realidad.

Por ese motivo me dispongo a tratar el problema desde otro ángulo (ni mejor ni peor, solo diferente). Vamos a poner al machismo bajo la lupa y ver por qué demonios hemos llegado a este punto. Lo primero que me gustaría aclarar (porque muchos aún lo desconocen) es que el término “feminismo” no es el opuesto al “machismo”. Feminismo es el término que describe la lucha por la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, y machismo es… ufff… ¿por dónde empiezo?

Si yo les digo que agredir y menospreciar a una mujer es machismo, todo el mundo lo entenderá. ¿Fácil, no? Si redujésemos el problema a esos dos asuntos (gravísimos, por cierto) la solución estaría tan a nuestro alcance que sería imposible ignorarla. Pero lo siento: el problema ya echó tantas raíces que le está tocando el útero al planeta. El machismo viene asentándose en el inconsciente colectivo hace milenios (y pienso demostrar que no exagero), a través de tradiciones patriarcales que la mayoría de veces no somos capaces de ver incluso queriendo, y que anidan, por si fuese poco, tanto en hombres como en mujeres.

Una historia sumeria (más de 3500 años de antigüedad) nos cuenta que el dios Enlil violó a una joven diosa llamada Sud mientras ésta se bañaba desnuda en el río (claro, porque si una mujer se pasea con las domingas al aire ¿qué otra cosa puede hacer un hombre sino abalanzarse sobre ella?), y producto de dicha violación nace el dios Sin. ¿Es esa la primera muestra de machismo en el mundo? No. Esa es la primera muestra de barbarie, de la actitud simiesca que define a un hombre incapaz de controlar sus impulsos y deseos. La primera muestra de machismo viene cuando luego de violara, en compensación, su agresor la toma por esposa obligándola así a ver su careto de subnormal salvaje para toda la vida. Esto, entiéndase, era una recompensa para la muchacha, o al menos es lo que vendieron los promotores del relato. El “castigo” de Enlil apenas pasó por exiliarse una temporada en una especie de paraíso exclusivo de los dioses, el Dilmun, al que por supuesto se llevó a su recién estrenada esposa para que le acompañase en el calvario. ¡Vamos! Es como si hoy en día castigaran a un rey corrupto a retirarse a un paraíso de vacaciones. Inimaginable… ¿o no? Que poco cambia la historia y que importante recordar los cuentos para no olvidarnos de lo esencial.

Volviendo al tema del machismo, en ese cuento podemos observar las primeras raíces del árbol putrefacto del que hemos caído todos nosotros. La idea fundamental del cuento, para mí, es la POSESIÓN, que a su vez es el pilar del machismo. Como el hombre puede, el hombre toma.

Encarguémonos pues -dijo el varón- que la mujer no pueda jamás, no vaya a ser que su naturaleza y la nuestra sean similares y se le dé también por tomar lo que desea. Particularmente no es algo que dudo: la mujer no es mejor al hombre, y el hombre no es mejor que la mujer, y por eso ambos merecen el derecho de ser igualmente egoístas (en el peor de los casos) o igualmente altruistas (porque descreo que la naturaleza humana sea perversa).

En pos de mantener esa POSESIÓN, de reducir a la mujer a poco más que un objeto sexual, el hombre ha creado una serie de mitos que hoy día son parte integral de nuestro sistema de creencias y, aún peor, de valores. La mujer se transforma así, por repetición, en un ser físicamente débil al que hay que proteger; un animalito guiado por las lunas, los cambios de humor repentinos y la ya famosa histeria. Y claro, siendo tan emocional es deducible que sea, además, menos inteligente que el hombre, menos racional (“a ver… -me dirá el iluminado de turno- tontas tontas no son, pero yo mi coche no se lo dejo porque ya sabemos que su visión espacial no es muy fina”). ¿Y cómo explica estos defectos la pseudociencia machista? ¡Fácil! El cuerpo y cerebro femenino están configurados en función de su “razón biológica”: procrear y cuidar de la prole mientras nosotros salimos a cazar. Aquí los machos ya podemos empezar a darnos palmadas con los ciruelos, porque este es el sumun de nuestra creatividad. De una sentada nos hemos llevado la parte más divertida de la vida, o al menos la que nos permite salir de la cueva y ver mundo. ¿No me digan que no es así? A ver... convengamos que cuidar bebés es muy bonito cuando eres el tío fiestero que viene de visita cinco minutos y luego se pira, pero ser madre full time… a largo plazo será gratificante pero el día a día es más cansador que subir al Everest haciendo la media luna.

Es importante derribar estos mitos porque, como dijo la neurocientífica cognitiva Gina Rippon: “Un mundo de género produce un cerebro de género”. Al final los prejuicios cumplen un rol fundamental en la configuración de nuestro cuerpo. Desmitifiquemos, pues, la historia. Primero: la mujer no es en absoluto un ser débil (si yo tuviese que apretar para parir, les aseguro que la criatura me sale a los diez años desgarrándome el abdomen como Freddy Cruger). Pasa que enseñamos a las niñas -con palabras y actitudes- que su única fuerza es la astucia, menospreciando así su potencial físico. Empecemos por inculcar a nuestras hijas la idea de que son físicamente fuertes, confiemos en ellas, dejemos que se curtan en todo tipo de deportes y veamos luego cómo cambia el cuento. Segundo: las mujeres tienen cambios de humor, es cierto, pero aquí el sesgo es no poner los cambios de humor del hombre bajo la lupa. ¡Somos igual de lunáticos! Tercero: las mujeres son igual de brillantes que los hombres (o igual de tontas en muchos casos), pero tengan ustedes en cuenta que cuando una mujer alcanza un puesto de jerarquía ha tenido que ser treinta veces más capaz y constante que un hombre; treinta veces más inteligente que sus subordinados y su homólogo macho en la empresa rival. ¿Qué cómo es eso? Lo ejemplifico: 84% de enfermeras, 16% de enfermeros, ¿y a quién eligen presidente del Consejo General de Enfermería? A un viejo de mil años que apenas se sostiene en pie (ejemplo real de un país anónimo, olé). Esto prueba la fuerte oposición contra el empoderamiento de la mujer. ¿Cuántas mujeres brillantes morirán sin que su potencial haya salido nunca a la luz? ¡Gran pérdida para ellas y para el conjunto de la humanidad! Cuarto: la mujer no tiene un cometido evolutivo. El hombre tampoco. Hemos evolucionado lo suficiente como para poder distinguir en nosotros la inercia de las conductas primitivas y entenderlas como lo que son, vestigios de un yo animal que a falta de razón se servía del instinto, que a falta de motivaciones más elevadas se daba a los placeres básicos que garantizaron nuestra supervivencia como especie. Alegar que el hombre y la mujer modernos tienen como propósito la procreación es como decir que un ordenador cuántico tiene como función hacer sumas y restas. Dejemos a la mujer ser lo que desee ser y, sobre todo, no ser aquello que rechaza. Aquí otro punto importante: dejen a sus varones ser también lo que quieran ser, no los limiten a encajar con la silueta del hombre convencional porque si esto va en contra de su naturaleza acabará convirtiéndose en un tirano. ¿Qué habría sido de Hitler de haberse curtido en las artes plásticas que tanto amaba?

Hay un discurso peligroso que se repite en la machosidad moderna: “Ya no sé qué hacer con las mujeres: si les digo un piropo, mal; si soy caballero mal; si soy un cabrón mal también; ¡ya ni hablemos de tocarlas!”. A esos tipos les pregunto: ¿ustedes se escuchan a sí mismos con interferencia, verdad? Objeto, objeto, objeto. Miren… Yo confieso que desconozco como utilizar una sex doll, pero sé perfectamente que una mujer no es ‘algo’ de lo que pueda ni deba hacer uso. No es un objeto ni un objetivo. Yo no soy un cazador y ella no es mi presa. Si bien la seducción es parte del juego de la vida (no es la vida entera), hay también un contexto en donde darle rienda suelta. Hay señales sutiles que brindan a una persona luz verde para avanzar, y señales claras que le dicen cuando hay que detenerse: el NO es un señal clara de detenerse y quien no la entienda es poco más que un simio alelado. Que una mujer se paseé por el campo en pelotas mientras hace twerking NO le da derecho a nadie a tocarla. Que una mujer te dé cabida, hombre, NO te da derecho a ir donde ella no quiere llegar. ¡NO es NO! ¡Quiero hasta acá y no más! Y tengo derecho a explorar mis límites con la seguridad de que mi pareja (casual o habitual) no me va a forzar a cruzarlos.

Por último, los puestos de poder -como dijo mi tío Ben- conllevan una gran responsabilidad. Una de ellas es resistir toda tentación de relacionarte sexualmente con tus subordinados. Lo contrario es poner en un serio aprieto al empleado que, por miedo a las represalias, no quiere decirte que preferiría dormir colgado de las orejas antes que tocarte con un palo de selfie extendido.

Las mujeres NO SON OBJETOS, son sujetos, y tiene miedos, días malos, días buenos, necesidades, ambiciones y desesperanzas, igual que sus homólogos masculinos. La única fórmula que puede un hombre aplicar con ellas es -atentos al dato- tratarlas como a iguales.

Que pasen ustedes un buen día.

PD: si buscan a la diosa Sud, no lo hagan por su nombre original sino por el epíteto (Ninlil) que le fue otorgado luego de casarse con su violador. Así es como todos la recuerdan…

Aclaración: los conceptos vertidos de quienes opinan son absoluta responsabilidad del firmante.

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