La verdad cuántica

Por Gabriel Baraglia

domingo 1 de noviembre, 2020

“Convénceles en tu primera mentira y te seguirán en todas las demás; permíteles dudar de tu única verdad y nadie, jamás, te creerá nada” Paralelo; Samuel Crow (2020; Neverland Ediciones)

 

Pienso. Hago una pausa y suspiro. Giro la cabeza hacia uno de los ventanales de mi casa: el cielo está despejado y el sol mira a la calle de refilón. Veo los árboles del otoño ibérico con sus hojas anaranjadas y marrones a medio desprender. Vuelvo a mirar la pantalla desde donde les escribo. ¡No sé qué decirles, amigos! No es que me haya quedado sin palabras sino que, por el contrario, tengo tantas que se me atoran en la garganta. Hoy más que nunca he de hacer el esfuerzo de no vomitar sobre ustedes ideas desordenadas, pero es difícil; complicado porque tengo mucha información -tenemos tanta información- que armar con ella una verdad palpable es tarea inútil o quizás imposible. ¿Y saben qué es lo más frustrante? Es muy probable que ese exceso de información no sea la consecuencia natural del progreso tecnológico de nuestra raza sino de un diseño inteligente destinado a confundir a las masas, de volcarlas hacia el impulso emocional para convertirlas en eternos consumidores de lo absurdo, de lo no esencial, del miedo, de la ignorancia.

Vivimos en un mundo en donde cada persona puede ver confirmados sus miedos y deseos en cada vuelta de esquina, en cada clic de internet que nos sirve exactamente lo que queremos comer, que nos dice precisamente lo que queremos oír y nos sumerge en una burbuja de realidad particular que inevitablemente nos lleva al conflicto con otros, nos divide para que no podamos organizarnos. “Burbujas de realidad”. Eso he dicho. Submundos, dentro del mundo, que nos separan incluso de nuestras familias para que no contemos con ese importantísimo vínculo sentimental que nos hace fuertes.  Estamos condenados, sí, pero… ¿y si siempre lo estuvimos?

¿Alguien sabe decirme qué es la COVID19? Seguramente todos tendrán sus teorías, algunas más convencionales, otras del tipo conspiratorio, y algunas directamente descabelladas. Pero esto no es culpa de ninguno de ustedes. Creo que por primera vez no me hago responsable, ni les haré responsables, de haber caído en la completa ignorancia. Hay sin duda (al menos sin duda para mí) un movimiento global y masivo de desinformación. La palabra “experto” ya no nos dice nada, porque cada vez que un tonto patea una piedra sale de debajo un experto a contarnos algo distinto. ¡Y todos son eminencias! ¡Vaya! Ahora parece que dan título de “eminencia” en las universidades. Me hace gracia porque todos y cada uno de ellos corre con una antorcha olímpica hacia su propio pebetero. Ya ni siquiera compiten por la verdad porque hay mercado para todos, porque hay clientes para todos los gustos. Ustedes y yo somos esos clientes, que quede claro: consumidores de la patraña, y digo “patraña” porque cuando la verdad se pluraliza, cuando todas sus versiones coexisten dentro del mismo espacio en superposición cuántica, la verdad pierde su sentido y se convierte en poco más que un cuento. ¿Nos confunden a propósito? ¿Cómo voy a saberlo? Les diría que sí, pero tengan en cuenta que están hablando con un creyente y defensor de la inteligencia humana (en general, no me refiero a las Kardashian). Descreo, por tanto, que en un mundo globalizado donde contamos con personajes como Sor Juana Inés de la Cruz, Orwell o Dostoievski, en nuestra historia, pueda existir la inutilidad como sistema. Estamos, pues, frente a una inutilidad fabricada, digo yo. De verdad no me extraña que la gente esté apostando sus destinos en personajes como Rappel, Horangel, la bruja Lola o incluso Nostradamus -que parece seguir escribiendo profecías nuevas desde el más allá-.

Por este motivo hoy no voy a volcarles más datos. Imagino, estimado lector, que eso es lo último que usted desea esta tarde de domingo en la que solo quiere darse al único placer que aún no le han quitado por ley: rascarse sus partes nobles en el sofá mientras mira al vacío (o a la tele, que viene siendo lo mismo). ¡No! Hoy voy a especular a lo grande. Voy a soltarles ideas absurdas porque no quiero sumarme al colectivo de los sabios (que ya nos tienen hasta las narices) sino al de los locos, los artistas, los poetas que sin decir nada nos devuelven a lo esencial. ¡Cuánta necesidad hay de lo esencial! ¿O no? Acabo de ver interrumpido mi soliloquio (porque este artículo no es más ni menos que eso) por un mensaje al costado de mi pantalla que me ofrece mantenerme informado sobre la situación de la pandemia… ¡No hace falta que me cuentes nada más, Google! ¡Ahórratelo! A ver si te enteras, pedazo de cagarruta digital: ¡no hace falta que me señales lo que debo pensar! Me basta solo con observar y comparar. ¿Y quieren ustedes saber lo que yo observo? Que cada país utiliza a los otros países como ejemplo de lo que se debe y no se debe hacer, de lo bien o mal que han conseguido enfrentar la problemática de la  Covid. ¡Mentira! Todos, a su manera, lo están haciendo igual de mal. Estaba a punto de decirles que los ladrillos del mundo se están cayendo a pedazos allá donde mire, pero no… no son los ladrillos del mundo los que se caen sino los hilos de nuestros bolsillos: alguien viene tirando de ellos hace tiempo para que no se nos aguanten las monedas -¡que ya no digamos billetes!-. Nos encaminamos hacia una sociedad donde solo los grandes capitales podrán resistir el tornado, donde las economías individuales, que otrora sobrevivían a duras penas, ahora perecerán para siempre. ¿Inutilidad de tu gobierno o del mío? No, amigos míos. Estamos ante una nueva cara de la esclavitud y el despotismo, donde lo que se persigue no es apresar únicamente tu cuerpo sino también tu mente. Denme un momento, por favor… es que de la emoción se me cayó al suelo el gorro de papel aluminio que llevaba en la cabeza. Les decía “apresar tu mente”. Exacto. Mermar tu capacidad de razonamiento para que no seas capaz de cuestionarte lo que falta ni lo que sobra; acotar tu campo de visión para que no te cuestiones lo que es la libertad, para que no veas los barrotes de tu prisión.

Ya no sé cómo decirlo… Tampoco sé si importa... La auténtica conspiración está en los orígenes de la información que sale al mundo para que medios de comunicación y expertos se hagan eco de ellas por el mero placer de escucharse la propia voz -algunos- o por la ambición de vender -los otros-. Y así, muy de a poco y de manera inocente, se construye la red de saberes que llegan a nosotros como marcas registradas de la verdad.

¿Y esto a quién interesa? Se preguntarán. De existir una conspiración para convertir al ciudadano en un eterno consumidor -y un eterno esclavo del sistema- ¿quién estaría detrás? Para empezar yo no he asegurado tal cosa. Tampoco la niego. No se olviden que ustedes y yo estamos sentados, conversando, en una cafetería -the wonder years-. Estamos especulando, arreglando el mundo de manera virtual para no sentirnos tan solos, tan perdidos, o bien para evadirnos un momento de la dura realidad de afuera, del sol que nos pega directamente en los ojos, del barullo de la ciudad y el ruido sordo de los ánimos ajenos. Así que decíamos…  De ser, por ejemplo, esta pandemia fruto de un proyecto -como piensan muchos- ¿quién estaría interesado en propiciarla? ¿Los chinos? ¿Los detractores de Trump? ¿Los Iluminati? ¿La reina de Inglaterra? ¿Los reptilianos del planeta Nibiru? ¡Y yo que sé! Quien diga que lo sabe se merece el gorro de aluminio más que yo.  Quizás los culpables sean todos o ninguno. Podría argumentarles a favor y en contra de cualquiera de ellos utilizando datos oficiales. Y lo mismo podría darles ciento veintitrés teorías que expliquen este nuevo virus como consecuencia de una fuga de laboratorio o de una desafortunada (para nosotros) evolución natural. ¡Qué mierda! Si hasta podría traerles eminencias que confirmen la existencia de Dios y del alma. A los argentinos no les haría falta irse muy lejos para encontrarlas: salgan a la calle y súbanse al primer taxi que encuentren. Me juego lo que quieran que el conductor es un licenciado en todo lo que existe y lo que está por inventarse. Mis respetos a estos filósofos callejeros.

Pero hablando en serio… da igual si la pandemia es fruto de la naturaleza o de la conspiración, porque el mal no es la propia enfermedad -que también- sino el desconcierto en el que nos tiene sumidos y que provoca lo que explicaba al principio: que dejemos de razonar en favor de tomar las decisiones por impulso. ¡No perdamos de vista lo esencial! Y lo esencial es que estamos perdiendo, como quien no quiere la cosa, ese acotado espacio en donde antes podíamos levantar nuestra propia empresa (soñar con crear algo nuevo de la nada) y que ahora pasará a formar parte del algún gran conglomerado de empresas multinacionales o de Don Burgo.

Discúlpenme, lo digo de corazón, porque en mi afán de encontrar un motivo de conspiración me fijo en el único móvil que un plebeyo como yo puede concebir: el dinero y el poder que se desprende de él; aunque debo decirles que en el fondo entiendo, y es algo que ustedes deberían considerar, que el dinero solo es móvil para alguien que no ha dominado el mundo material, alguien que no lo tiene o que lo posee a niveles… digamos mundanos. Barajo la posibilidad de que los macro-capitales, las economías que mueven la economía mundial, tengan otra clase de intereses, ambiciones que personas como nosotros no concebimos porque no forman parte de nuestra realidad, igual que las matemáticas no entran en el mundo de un perro, ni la poesía en el universo del reguetón. Por cierto -y hablando del reguetón- ahí tienen ustedes un ejemplo de cómo nuestro mundo se encamina hacia la simpleza intelectual, hacia el pensamiento de telenovela que idiotiza a las masas y hace mermar nuestras libertades. Siento mucho si ofendo a algún fanático de este género musical, pero no deja de ser verdad que tiene poco de arte y mucho de manufactura.  ¡Eh! Que yo en secreto disfruto del country, que es casi lo mismo pero en gringo. “¡NO PROBLEMO AMICO”! Aunque no es menos cierto luego me hago una limpieza psicológica leyendo clásicos de la literatura universal y cómics de DC.

Ya ven ustedes…  Llegamos al final de este artículo sin haber dicho nada (como en cualquier comparecencia del Gobierno). Aunque todo puede que les haya dicho, queriendo o sin querer, lo único que los master of puppets no quieren que sepan: ustedes pueden elegir. El gobierno quiere que elijas. Las multinacionales quieren que elijas. Todo el mundo quiere que elijas. Pero eso sí: quieren que lo hagas desde la individualidad y en base a la información que hay dentro de tu burbuja de conocimiento. Así, el conjunto del pueblo es más fácil de manipular. Más claro no puedo decirlo.

¿Moraleja? No pienses. No te comuniques con los demás. No empatices. Preocúpate solo de tus propias necesidades. Desea. Teme. No compartas. No intentes entender a los demás. No escuches nada fuera de tu círculo de intereses. No olvides iniciar sesión antes de navegar por internet. Así ellos podrán saber qué productos deseas, qué te interesa ver en Youtube para que no puedas aprender de la diferencia, para que nunca te sorprendas con nada, para que tu mente no se expanda.

Si me siguen vendiendo tinta, nos vemos en la próxima…

 

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