Educación Vial Integral: más allá de la conducción de autos

Por Fernando Poó

domingo 6 de diciembre, 2020

“El problema del tránsito es la falta de educación”. Es habitual escuchar afirmaciones similares en conversaciones cotidianas. Pero, ¿qué es la educación para el tránsito? ¿cuáles son sus contenidos? ¿quiénes son sus destinatarios?. Ensayemos una definición breve y amplia a la vez. La educación vial puede entenderse como la transmisión y adquisición de conocimientos y de habilidades para un uso seguro, responsable y sustentable del transporte y la movilidad a lo largo de todo el ciclo vital. Concebirla de esta manera la aleja de los enfoques tradicionales que se focalizan principalmente en la conducción de automóviles. Una educación vial, que podríamos llamar integral, debería iniciarse en las primeras etapas de la infancia y continuar a lo largo del ciclo vital enfocada en las necesidades específicas de cada momento evolutivo. Su éxito requiere de la participación de diversos actores, provenientes de los campos de la educación, de la salud y del transporte, tanto de sectores públicos como privados.

La diversidad, antes que la homogeneidad, es la norma en el tránsito, aunque a veces quede invisibilizada. La elección y el uso de distintos medios de transporte está afectado por muchos factores. La edad, el sexo/género, el nivel de ingreso mensual, o las preferencias, son algunos de ellos. Es habitual que relacionemos diferentes etapas de la vida con diferentes modalidades de transporte. La bicicleta, la moto, el auto, suelen ser hitos de la adolescencia, de la juventud y de la vida adulta. Varones y  mujeres difieren en los motivos que configuran sus viajes cotidianos y en el acceso al vehículo privado. También suele ocurrir que ante la ausencia de un transporte público eficiente y de calidad, las personas con menos recursos recurren a la moto como medio de transporte familiar. Las preocupaciones ambientales pueden generar que alguien prefiera el transporte activo frente al automóvil.

Los datos epidemiológicos reflejan que las estadísticas de siniestros y lesiones se modifican como función de la edad, del medio de transporte utilizado, y del trabajo. Por ejemplo, mientras que en la primera infancia son más comunes las lesiones como peatones o pasajeros de autos, entre los 9 y los 14 años aumentan las lesiones como ciclistas. A partir de los 17 años las lesiones como conductores o pasajeros de autos se convierten en las más prevalentes. En el otro extremo, pasados los 75 años, las personas enfrentan el mismo riesgo de morir en el tránsito que los jóvenes que tienen entre 15 y 29 años, el grupo más expuesto al riesgo vial. Los motociclistas, además de ser uno de los grupos más vulnerables del tránsito, presentan, más a menudo que otros, lesiones en la cabeza y en las extremidades. Las primeras suelen ser fatales o dejar secuelas para el resto de la vida.

La diversidad de usuarios, sus necesidades y su exposición al riesgo vial son los aspectos que debería atender cualquier acción educativa, sin embargo, la gran mayoría de las veces este tipo de acciones se realiza bajo el supuesto de que todas las personas son o serán conductores de automóviles. De este modo, son muchas las intervenciones que preparan a los niños para la tarea de conducir cuando sus necesidades de movilidad son muy distintas, y sus capacidades cognitivas y motrices no son equivalentes a las de los adultos. Un resultado indirecto de estas intervenciones es inducir la creencia de que ser adulto va de la mano con tener un auto. Sin embargo, entre muchos comportamientos, los niños necesitan aprender a cruzar la calle o a andar en bicicleta y saber que siempre que viajan en un auto la ubicación más segura es en el asiento trasero usando el sistema de retención adecuado para su edad. Cuando se trabaja con los jóvenes, es común que se haga hincapié en los comportamientos que generan riesgo, pero en muchas ocasiones se desconoce que eso puede actuar como un estímulo y no como un mecanismo de disuasión. Para ciertos grupos de edad el riesgo es atractivo, en consecuencia, apelar al miedo no siempre da como resultado el aumento de conductas de cuidado. En el caso de los adultos mayores, es raro que se trabaje para prepararlos en su transición de ser conductores a dejar de serlo, o para que tengan un mejor reconocimiento de cómo se modifican sus capacidades con el paso del tiempo y cómo eso puede afectar acciones tan simples en otro momento vital como cruzar una calle. Es aún más raro que la educación vial tenga como objetivo incentivar el uso de transporte activo como una de las formas posibles y deseables de moverse en la ciudad para todas las edades.

Las acciones de concientización y las campañas en medios de comunicación pueden colaborar con la educación vial, siempre que su enfoque no replique los mismos errores. En síntesis, una educación vial integral debe contemplar las necesidades de los distintos usuarios, mejorar sus condiciones de seguridad y favorecer la elección de formas de movilidad equitativas, activas y sostenibles, a la par que mantiene el importante objetivo de lograr que los conductores se comporten de forma prudente y cordial.

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