Líneas de deseo

Por Fernando Poó

domingo 28 de febrero, 2021

Cuando éramos niños, la flor del diente de león era una excusa para pedir un deseo. Cada vez que cumplimos años pedimos tres deseos antes de extinguir el fuego que consume despacio el año que dejamos atrás. En el pasaje entre dos años, el que se va y el que comienza, deseamos cambios que quizás olvidemos a poco de andar. Una parte importante del sentido común del nuevo milenio sostiene que el camino hacia la felicidad es seguir el sendero de nuestros deseos. Se trata de saber qué queremos y no claudicar hasta conseguirlo. El sentido común suele ser problemático. En algunas ocasiones es mejor no tenerlo, o, al menos, es aconsejable detenerse a pensar sobre sus consecuencias. Algo interesante sobre todos estos deseos es que son individuales y privados. Es decir, suele ser una condición no contarlos para que se cumplan. Son, muy a menudo, ciegos a las acciones de los otros. Por el contrario, las líneas de deseo están, en principio, poco relacionadas con nuestras biografías. No son el rastro intangible de todos esos pedidos que hacemos en silencio, a solas o rodeados de testigos sordos. Son la acumulación sobre el terreno de los pasos de cientos, quizás miles de personas, que le imponen al ambiente su intención de conectar dos lugares recorriendo la distancia más corta posible. Son visibles y nos conectan con las intenciones de quienes estuvieron antes y con quienes vendrán después. Tal vez por eso, algunos las llaman caminos sociales. Otro nombre que suelen tener es el de caminos de elefantes. Los elefantes trazan y recorren una y otra vez los mismos caminos que transmiten a su descendencia. Esta analogía nos acerca a una condición del ser humano que muchas veces olvidamos, la de ser una especie animal. Hay algo de instintivo en eso de recorrer la mayor distancia, con el menor esfuerzo y en poco tiempo.

Las líneas de deseo son un concepto familiar para quienes se dedican al diseño urbano. Se aplican para describir el comportamiento de peatones y ciclistas. En el mejor de los casos, los urbanistas diseñan el espacio de una ciudad para incluir los caminos que deberán transitar vehículos, peatones y ciclistas, entre otros. Segregan de ese modo el lugar que le corresponderá a cada uno. Otras veces, el diseño se aplica a parques y plazas. La distinción de espacios puede responder a motivos de seguridad o a criterios paisajísticos y hasta artísticos. De cualquier modo, la intención del diseño es indicar por dónde debemos transitar. Las líneas de deseo son todos los caminos que las personas agregan a los que los diseñadores pensaron. Cuando el terreno no está pavimentado, son senderos donde no crece el césped, o que muestran una ligera depresión. Muy a menudo, describen diagonales o son transversales a los caminos oficiales. Sobre los caminos pavimentados y señalizados también se dibujan líneas de deseo, pero detectarlas requiere de una observación más prolongada. Para dibujarlas y verlas sobre un plano necesitamos de soporte tecnológico.

Hay quienes leen un mensaje de desobediencia civil en las líneas de deseo. Otros, menos románticos señalan sus consecuencias prácticas. El diseño del espacio debería ser dinámico antes que estable para adecuarse al uso que las personas hacen de él. Una historia, que puede ser falsa, dice que un arquitecto luego de terminar un edificio dejó el parque colindante sin caminos. Después de un tiempo, demarcó y pavimentó aquellos que la gente había establecido al usar el espacio sin restricciones previas. También hay un mensaje a descifrar para la seguridad vial. Las líneas invisibles de los peatones sobre el pavimento indican que las sendas peatonales, o el espacio que les fue destinado a los que caminan, no siempre respeta el deseo de recorrer el camino más corto. Las muertes peatonales indican de manera trágica un conflicto con los vehículos en el uso de la ciudad. La solución no parece estar en restringir cada vez más el comportamiento mediante el uso de distinto tipo de barreras que van desde rejas hasta montículos de tierra o vegetación. Los ejemplos muestran que la fuerza (y la belleza) de las líneas de deseo tienden a imponerse. Tal vez se deba a que responden a la acción de un instinto antes que a una evaluación racional. Como muchos han aceptado, una mejor solución puede ser acercar el diseño urbano a los micromovimientos de la gente. Las líneas de deseo no aparecen en los GPS.

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