La ciudad como espectáculo

Por Fernando Poó

domingo 20 de junio, 2021

Nunca pensé tanto, ni existí tan vívidamente, ni experimenté tanto, nunca he sido tanto yo mismo –si puedo usar esta expresión- como en los viajes que he hecho solo y a pie

El 16 de junio de 1904, Leopold Bloom recorre las calles de Dublín desde la mañana hasta la noche en la novela Ulises, de James Joyce. Joyce tomó la Odisea de Homero para estructurar su obra y creó analogías entre el regreso de Ulises a Ítaca y un día en la vida de un hombre común. En el libro, que es considerado una de las obras maestras del siglo XX, el autor desarrolla muchas estrategias y técnicas narrativas, entre las que se incluyen el drama, el catecismo, la poesía y la corriente de conciencia. El héroe que va a la guerra y retorna victorioso, deja su lugar al hombre que sale de su casa y vuelve a ella. El escenario no es el mar sino la ciudad. El primero navega, el segundo camina. Y es esto último lo que importa aquí. Creo que Leopold Bloom puede ser pensado como un paseante, o en francés, un flâneur. La figura del flâneur es enigmática porque parece ser el efluvio de un pasado breve que dejó huellas duraderas. Suele decirse que su esplendor no fue mucho más allá del siglo diecinueve, quizás los primeros años del siglo veinte.

Los paseantes están presentes en otras obras literarias. Un cuento de Edgar Allan Poe es citado a menudo cuando se describe la flânerie, sin duda un estado de ánimo y una actitud antes que meramente una acción. El cuento se llama El hombre de la multitud. Mediante el uso de la primera persona el narrador cuenta cómo siguió a un hombre mientras deambulaba por la calles de Londres. Escribe Poe, casi al final de su relato:

“Y cuando se acercaron las sombras de la segunda noche, me sentí mortalmente cansado, y, deteniéndome de frente ante el errabundo, lo miré fijo a los ojos. No me advirtió, sino que reanudó su caminata solemne, mientras yo, dejando de seguirlo, quedaba absorto en la contemplación”.
El Paseo, una novela breve que Robert Walser publicó en 1917, describe los encuentros y cavilaciones de un paseante. Walser, quien unos años después murió mientras caminaba, escribió:

“Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso por la calle”

Charles Baudelaire es quizás el flâneur más ilustre, sin embargo, entre nosotros, Jorge Luis Borges fue un gran paseante. Solía aventurarse en caminatas solitarias, pero también tuvo como gran compañera de paseos a la escritora Silvina Ocampo. Ella escribió:

“Durante años nos hemos paseado por uno de los lugares más sucios y más lóbregos de Buenos Aires: el puente Alsina. Caminábamos por las calles llenas de barro y de piedras. Allí llevábamos a escritores amigos que venían de Europa o de Norteamérica, y hasta a argentinos a los que también queríamos”.

Dos libros recientes rescatan la figura de los paseantes. Uno de ellos, de Esteban Feune de Colombi se titula Creo en la historia de mis pasos. Allí el autor recupera la figura de Robert Walser y el espíritu del flâneur a través de sus propios paseos por varias ciudades del mundo. El otro libro, de Edgardo Scott, recopila textos de paseantes, vagabundos, peregrinos, walkmans y flâneurs. Brinda, a través de fragmentos y citas, una tipología de quienes caminan la ciudad.

Quien pasea se entrega, su deseo es caminar, contemplar y descubrir. La relación que tiene con el tiempo no es la de la eficiencia sino la de la lentitud y el detenimiento. Por ese motivo para el paseante la repetición no es un problema, antes bien un requisito. Para descubrir es necesario mirar más allá del primer plano. Tal vez esas sean las claves para entender la derrota del espíritu del flâneur en el siglo veinte. La cadena de montaje puso al caminante en el lugar del peatón. El turismo puso al caminante en itinerarios prefabricados. Será por eso que para Walter Benjamin, es incompatible con la flânerie. Curiosamente, o no tanto, todos los 16 de junio desde el año 1954, los fanáticos del Ulises de Joyce replican los pasos de Leopold Bloom por la calles de Dublín en una jornada que se conoce como Bloomsday.

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