Arráncame la vida

Por Fernando Poó

domingo 1 de agosto, 2021

Cuando Chico Novarro escribió “Arráncame la vida de un tirón, que mi razón se fue contigo”, no estaba pensando en leyes físicas, en un choque entre automóviles, o en un motivo para no usar el cinturón de seguridad.

Los boleros cuentan historias de amor o desamor. Intensas. Historias en las que se quedan la piel y la vida. De las que, si se sale, quedarán marcas, cicatrices como surcos invisibles. El amor romántico, que vive y perdura en los boleros, no goza de buena prensa en la actualidad. Cierta pérdida de libertad, algo de malestar, otro tanto de inquietud son ingredientes de una experiencia emocional que estamos revisando. El tiempo dirá si los amores leves, los amores móviles o los amores múltiples también nos harán cantar canciones tristes. Pienso en boleros porque cuando comencé a escribir esta columna comencé a escuchar en mi cabeza la canción de Chico Novarro, interpretada por Sandro y Olga Guillot.

Cuando ocurre un choque, si una persona viaja sin colocarse el cinturón de seguridad, la fuerza de la inercia mantiene la velocidad de su desplazamiento. Dicho de otro modo, el vehículo frena su movimiento, pero la persona no. Un tirón la arranca de su asiento, la golpea contra los objetos y personas que hay en el interior y, en muchos casos, la arranca del auto. La razón, opuesta a la emoción y a la superstición, es la capacidad para analizar situaciones en términos de causas y efectos. Es un atributo necesario para entender que el cinturón de seguridad es la medida de protección que frena el movimiento del cuerpo y lo mantiene contra el asiento. Aunque nos gusta presumir de racionales, esa no es toda la verdad. También nos rigen las emociones. No se trata de que las emociones sean menos valiosas que las razones, pero a veces no son las mejores consejeras. Como el amante desdichado del bolero que prefiere la esclavitud al olvido, muchos prefieren la comodidad, la ropa prolija y la libertad de movimientos a colocarse el cinturón de seguridad. Cuando no lo usamos, nos dejamos llevar por las emociones, le entregamos nuestra razón al azar, y nos exponemos a lesionarnos y morir.

El cinturón de seguridad fue inventado en la década del 40 en Estados Unidos por Preston Tucker. Sin embargo, su idea no prosperó hasta una década después, cuando en 1956 la compañía Ford comenzó a comercializar vehículos que lo incluían. El dispositivo era el que se coloca sobre la cintura. En 1959, Volvo comenzó a fabricar automóviles que incluían el cinturón de tres puntos, que es el más usado en la actualidad. A partir de 1968 en los Estados Unidos todos los automóviles comenzaron a fabricarse con este tipo de cinturón de seguridad. Sin embargo, su uso no fue obligatorio hasta la década del 80. Australia fue pionero en la obligatoriedad del uso a partir de 1970, luego de una experiencia con oficiales de policía que tuvo como resultado la reducción de lesionados y muertos en siniestros. En la actualidad unos 105 países tienen leyes que obligan su uso. En Argentina es así desde el año 1992.

La Organización Mundial de la Salud señala que en el caso de los pasajeros de asiento delantero el cinturón reduce la probabilidad de morir entre un 45 y un 50% en caso de siniestros. Cuando las personas viajan en el asiento trasero y no lo utilizan, el riesgo de que ocurran golpes mortales es ocho veces mayor que cuando lo utilizan. Si los pasajeros viajan sin utilizar el cinturón, la probabilidad de ser eyectados del vehículo es 30 veces mayor que cuando lo llevan colocado. Según algunas estimaciones, tres de cada cuatro personas expulsadas del vehículo mueren a causa del impacto. El cinturón complementa y aumenta la efectividad de otros dispositivos de seguridad como el airbag, al ocuparse de la desaceleración del cuerpo en caso de un impacto. Por el contrario, la efectividad del airbag se reduce sin cinturón, y hasta puede ser peligroso.

La educación y la concientización son fundamentales para promover el uso correcto del cinturón de seguridad, para deshacer prejuicios y desmontar mitos erróneos. Para amar, primero hay que vivir, y si decidimos partir, que sea sin ser arrancados de un tirón.

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