El Aleph

Por Fernando Poó

domingo 12 de septiembre, 2021

Nicolás Castell.

Tuve mi primer celular a los 30 años. Para ese entonces tenía un teléfono de línea en mi casa y no me parecía necesario estar disponible en todo momento ni comunicarme con alguien mientras estaba en la calle (y si hacía falta había locutorios). Mi celular de ese entonces no hacía mucho más que recibir y enviar llamadas y mensajes de texto, que eran la última revolución de las comunicaciones. Desde hace algunos años no tengo más teléfono de línea en mi casa y aunque el teléfono celular tiene la posibilidad de enviar mensajes de texto, no creo usar más de dos o tres por año. El pequeño, casi insignificante, fragmento de libertad que surgía de que nadie supiese dónde estaba, que no pudieran encontrarme de forma inmediata, o que no se preocuparan si no me comunicaba por largas horas, se desvaneció en el aire.

No es un lamento por los tiempos que se fueron y no volverán. Se trata, sobre todo, de constatar la velocidad de los cambios. Esto que parece ser la prehistoria de la tecnología, fue apenas hace unos 15 años. Ahora los teléfonos están llenos de aplicaciones que llaman nuestra atención, que nos buscan, que nos inquietan y que se siguen multiplicando en la palma de nuestras manos. Puede decirse que un celular es, de una manera menos poética, el Aleph que Borges imaginó.

Nuestra especie, el homo sapiens sapiens tiene unos 120.000 años de existencia. Entre muchas de las cualidades que nos caracterizan, una que se destaca es la de generar cultura. Definir qué es la cultura es muy difícil. Digamos que está conformada por elementos materiales y simbólicos que transmitimos con modificaciones y que tiene una relación compleja con nuestra biología, con la que interactúa, pero que puede alterar hasta cierto punto. Esto quiere decir que nuestro cuerpo le impone algunos límites a nuestros deseos y a nuestra imaginación. Por ejemplo, aunque nos gusta creer que no es así, somos malos para atender a dos tareas complejas de manera simultánea. Esto no quiere decir que no podamos hacerlo, sino que las haremos mejor si nos ocupamos de ellas de a una a la vez.

Cualquier acción que implique derivar la atención necesaria desde tareas críticas para conducir de manera segura hacia una tarea secundaria se considera una distracción. En consecuencia, las fuentes de distracción durante la conducción son muchas, desde comer hasta hablar con un acompañante. Una de las fuentes de distracción que más preocupa a los expertos, y al público en general, es el uso del celular mientras se conduce.

La investigación científica, a diferencia de lo que muchos pueden creer, no avanza siempre al ritmo de grandes descubrimientos, sino, a través de la acumulación incesante de pequeñas evidencias. En el caso del uso de celular durante la conducción los resultados de numerosos estudios indican que empeora el desempeño del conductor, no importa si usa o no usa algún dispositivo de manos libres.

Utilizar el celular al conducir se relaciona con distinto tipo de distracciones. En primer lugar, genera distracción física, que ocurre cuando el conductor necesita utilizar una o las dos manos para operar el teléfono. En segundo lugar, provoca distracción visual, que surge cuando el conductor quita su mirada del camino, así como el fenómeno llamado “mirar pero no ver”, que consiste en mantener la mirada en el ambiente vial, pero no percibirlo. Otra forma de distracción es la auditiva. Cuando el teléfono suena, o cuando sostenemos una conversación, la atención se concentra en esos sonidos y no en los que provienen del ambiente vial. Por último, utilizar el celular genera distracción cognitiva que ocurre por realizar dos “tareas mentales” al mismo tiempo. En ese caso, la capacidad de realizar juicios de forma correcta se ve afectada negativamente. El efecto negativo de usar el celular mientras conducimos incluye mantener más tiempo la mirada fuera del camino, perder el control lateral del vehículo, disminuir la capacidad para sostener constante la velocidad de circulación, cometer más errores, perder capacidad para percibir los elementos del ambiente circundante, que empeoren nuestros tiempos de reacción y que el contenido emocional de las conversaciones afecte nuestra capacidad para estimar riesgos.

La biología de nuestra especie no cambia desde hace cientos de miles de años, pero nuestra cultura se modifica constantemente y nos genera demandas nuevas todo el tiempo. Solemos creer, casi darwinianamente, que el que no se adapta pierde. Esta, como tantas otras creencias, puede ser falsa. Una gran demanda contemporánea es estar conectados a todo, con todos, todo el tiempo. Existe el término FOMO que significa Fear of Missing Something (miedo a perderse algo) para referirse a la ansiedad de quedarse afuera, no importa de qué. La falsa respuesta a esa ansiedad imaginaria está en la pantalla del celular. Si no podés evitarlo, asegurate que cuando decidas abrirlo no estés manejando.

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