Una historia sencilla

Por Fernando Poó

martes 26 de octubre, 2021

Mi hija tiene 10 años. En mi caso, al igual que en el de muchos papás y mamás, parte de mis tareas de crianza y cuidado consisten en llevarla a sus distintas actividades educativas y de recreación. Mi experiencia como hijo fue muy distinta. Cuando tenía ocho años de edad y mi hermano siete, mi papá nos subió a un colectivo y nos enseñó a ir al club. Para llegar a la parada del colectivo debíamos cruzar una avenida que no tenía semáforo. Éramos muy bajos para alcanzar el botón del timbre y le pedíamos al chofer que nos abriera la puerta. A veces volvíamos del club en colectivo, otras veces caminando. Eran unas veinte cuadras las que separaban al club de mi casa. Explorábamos la geografía que rodeaba nuestras actividades cotidianas. Ese fue un rito de pasaje. El comienzo de una independencia en ciernes que era contemporánea a ir y volver al colegio solos o con amigos, en esas pseudo caravanas que se desgranaban con cada destino repetido a diario.

Cuando mi hija comenzó a crecer, el primer motivo de viaje con ella, que no fuera ir a controles médicos o salir en familia, fue llevarla al jardín y luego a la escuela. Ambos destinos quedaban cerca de nuestra casa. Además, mi trabajo quedaba y queda a una distancia no mayor a los diez minutos caminando. Puedo decir que durante mucho tiempo viví dentro de ese territorio que los urbanistas llaman ciudad de quince minutos. Es decir, ciudades donde las actividades y desplazamientos cotidianos que realizan las personas para cumplir con sus necesaidades no superan esos tiempos de viaje. Mis medios de transporte predominantes fueron caminar y andar en bicicleta. Juana creció y comenzó a practicar deportes. Primero gimnasia artística, en un club a treinta cuadras de casa, o más. Hice todo lo que pude para llevarla en bicicleta y en colectivo. El colectivo era muy poco confiable porque, aún con una aplicación que indicaba el horario de llegada, siempre llegaba tarde, o corregía su tiempo de arribo a cada instante. Si llovía nos mojábamos. Ir en bicicleta era cada vez más complejo porque Juana estaba cada vez más grande. Que ella fuera en su propia bicicleta tenía sus complejidades. En gran medida, el tránsito muy cargado en los horarios pico y la falta de espacios segregados para ciclistas la ponían en riesgo.

Todo eso cambió un poco más cuando Juana decidió cambiar de deporte. Ahora el club donde ella entrena y compite queda a media hora en auto desde mi casa. No hay un colectivo que vaya de manera directa, es decir, si quisiéramos ir en colectivo deberíamos combinar viajes. Eso no sería un problema, si tuviéramos garantía de llegar a tiempo. Pero ese no es el caso.

Hasta hace poco mi decisión personal era no tener auto. Una decisión que tomé después de separarme de la mamá de Juana. Tengo una bicicleta y una moto eléctrica. Compartía viajes en auto con mi novia, que sí tiene. Además, la zona en la que está el club (Banco Provincia) es muy oscura, en algunos tramos no tiene más iluminación que los faros de los autos, hay amplios sectores sin veredas y el pavimento está en muy malas condiciones. Hay más detalles en esta historia, como en casi todas las historias del mundo, sean pequeñas o grandes. Hay historias moralizantes y hay otras que son solo historias. Algunas de las mejores narraciones se basan en la teoría del iceberg de Hemingway. Es decir, la anécdota apenas permite vislumbrar todo lo que está ocurriendo. Mi historia sencilla es también la de muchas personas que necesitan realizar actividades en el contexto de la ciudad cuyas decisiones de viaje enlazan situaciones personales con condiciones ambientales. Decisiones que a veces se toman sin que todas las condiciones que las rodean sean concientes. Soy defensor de la movilidad activa, la bicicleta, la caminata y el transporte público. Las consecuencias negativas de utilizar autos son claras para mí. Frente a la necesidad de recorrer una ciudad extensa que no da alternativas de movilidad eficientes, limpias y seguras, pasaré a ser un automovilista más. Para que las ciudades cambien no alcanza la voluntad personal.

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