Chivo expiatorio

Por Fernando Poó.

lunes 20 de diciembre, 2021

El chivo expiatorio es lo inmundo y lo puro a la vez, el mal que hay que expulsar y, al mismo tiempo, el elemento trascendente.

                                  Ramón Cota Meza

El chivo expiatorio es elegido y señalado por un grupo para dar fin al desorden, para terminar con un estado de crisis, para que la culpa no sea colectiva. El chivo expiatorio tomó la forma de sacrificios animales y de sacrificios humanos. Para el antropólogo René Girard el sacrificio del chivo expiatorio es la base de la cultura: un asesinato colectivo planificado que evita que la violencia mimética acumulada entre los integrantes de un grupo se vuelva contra sí mismos y los destruya. En el pensamiento de este antropólogo las religiones forman parte de la evolución del sacrificio ritual del chivo expiatorio. Las religiones monoteístas están en el final de esta evolución, la historia de Cristo en la cúspide, al reconocer la inocencia de las víctimas.

Nuestra era, aun con la existencia de distintos cultos y de personas que viven y practican su fe, es el resultado de un largo proceso de secularización. Dicho de otro modo, los preceptos religiosos no son los únicos que ordenan la convivencia entre las personas. La autoridad no emana de dios, sino de las decisiones colectivas expresadas en acuerdos, a veces tácitos, a veces explícitos. Algunos de esos acuerdos están codificados en la forma de leyes, otros en la forma de usos y costumbres. Dar una respuesta a preguntas como por qué cumplimos con las leyes, por qué nos mantenemos dentro del marco de nuestra cultura, cambiándola apenas, a veces de manera imperceptible, en lapsos breves de tiempo, excede los límites y las pretensiones de esta columna. Sin embargo, la figura del chivo expiatorio sigue teniendo su función.

De pronto, cada vez que un joven (suelen ser varones) protagoniza un choque la espectacularidad de los eventos y sus protagonistas son sinécdoque de la inseguridad vial. El espectáculo es noticia. La figura del joven se vuelve abyecta cuando hasta ese instante representaba todos los valores que la sociedad contemporánea alaba: audacia, belleza, riesgo, diversión, libertad, e independencia, entre otros. De manera casi unánime hay un culpable. Aquello que todos, de un modo u otro, queremos ser, pero solo algunos pueden, sirve para expiar las culpas de un sistema que no funciona.

El último informe del Observatorio de Seguridad Vial del Municipio de General Pueyrredon compara la cantidad de siniestros ocurridos en el primer semestre de los años 2019, 2020, y 2021. En el año 2019 hubo 733 siniestros con víctimas entre enero y junio; el 2020 año de pandemia, aislamiento y distanciamiento, ocurrieron en el mismo período 432; y, finalmente, en el año 2021 ocurrieron 699. Con un sub-registro del 74% con respecto a la edad de los lesionados, el 49,81% fueron jóvenes entre 15 y 29 años de edad, pero principalmente varones. La mayoría de los y las conductoras que participaron en siniestros tenían entre 20 y 45 años.

La pregunta que debemos hacernos es si los jóvenes son culpables, son víctimas, o si necesitamos otra categoría para entenderlos. Si como sociedad los incitamos al riesgo, si les vendemos alcohol bajo promesa de diversión, si los alentamos a buscar emociones intensas como forma de sentir y disfrutar de la vida, si les damos vehículos inseguros que circulan a alta velocidad, si no les damos alternativas seguras de transporte, si no los acompañamos desde la construcción de ambientes más seguros, ¿no los estaremos señalando como culpables de una responsabilidad que se distribuye entre todos nosotros?

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